domingo, 30 de octubre de 2011

Cuando torne a salir el sol

Creeríais ya a esta hora de este domingo que no os iba a enviar mi cuento semanal, pero ¿cómo no hacerlo?
Como siempre os digo, que os guste y disfrutéis de una nueva semana, ésta especial, con un recuerdo, siempre eterno, a esos seres queridos que partieron al lugar de los sueños, y con un rico dulce, en forma de buñuelo, hueso de santo o panellets, compartido con alguien especial.


Una palabra. Un hombre solo. Una senda sin aparente final. Silencio.
El disco solar rojizo del amanecer de una mañana cualquiera de un día sin nombre en el calendario contempla esas realidades.
La palabra impresa en una hoja blanca traída por el viento.
El hombre solo que se para con los ojos perdidos mirándola.
Y la senda que transcurre sinuosa entre árboles umbríos.
La estrella, inexorable, traza su destino de luz ascendente y en esa acción refleja su foco en unas manchas negras. ¿Podrían ser palabras?
El hombre solo se arrodilla, palpa la tierra, sus manos le guían al encuentro con esa hoja, cálida ahora al estar siendo lamida por los labios de ese joven sol.
La mirada del caminante se posa en unas líneas que son mensaje: “Sigue tu destino. Mira siempre al infinito, y llegarás”.
La admonición queda esculpida en su mente. Ahora, deberán ser sus piernas y su espíritu los que le conduzcan a la meta.
Las pisadas empiezan a dibujar huellas sobre una tierra húmeda. Caminan, avanzan, continúan.
Un ave canta a esa mañana. Su plumaje es de vivos colores y su trino de alegres melodías. El caminante detiene su movimiento para escuchar. Cree reconocer el mensaje ya leído en la hoja blanca. ¿Cómo puede ser? El pájaro extiende sus alas y vuela al encuentro del sol.
Un arroyo de aguas cristalinas bordea el sendero hasta que en un punto lo interrumpe. ¿Qué podrá hacer? ¿Saltar? ¿Retroceder? ¿Buscar un rodeo? Porque debe hacer caso, llegar al final.
Opta por lanzarse al abrazo de tres piedras dispuestas en el lecho. ¿Y al otro lado de la orilla? ¿Con qué se encontrará?
Una cabaña de troncos, con la puerta entreabierta, como invitándole a pasar. Entretanto, el tiempo ha ido transcurriendo y el ocaso anuncia la partida de ese sol que le ha acompañado.
Tiene miedo. ¿Qué habrá tras esa puerta entreabierta cuyo marco se desdibuja al amparo de las sombras? Eleva sus ojos. Un humo gris negruzco sale de la chimenea y se confunde con las estrellas, dueñas ya del firmamento, como queriendo besarlas.
Con un impulso hijo de la voluntad, hace que sus manos terminen de dejarle franca la entrada.
Una anciana, encorvada, acaricia el cuerpo de un pájaro como si le susurrara algo al oído, un pájaro ya conocido por el caminante. Una pluma dentro de un tintero se impregna del líquido que portará el aliento de su mensaje, junto a un montón de páginas en blanco. Y enfrente, una ventana que, abierta, dejará salir a pájaro y a páginas conducidas por el viento.
La anciana vuelve su cabeza. Mira fijamente, con mirada de luz.
-¿Llegas?
-¿Acaso podía hacer otra cosa?
-Pudiste elegir.
-¿Pude?
-El pájaro, la hoja, el sol, el camino, el arroyo, las piedras, sólo eran testigos. Tú quisiste llegar hasta aquí. ¿Querrías aprender mi oficio?
-¿Tu oficio? ¿Cuál es?
-¿No lo sabes aún?
-¿Saberlo?
-Pues si llegaste hasta aquí deberías. Mi tiempo se acaba. Necesito a alguien que me suceda. El mundo lo necesita.
-¿Será difícil aprender?
-Tan solo deberás escuchar, sentir y querer. Lo que tú dictes será destino para quien lo reciba, y ese quien elegirá o no.
Una y otro se dedican a la tarea. Cuando torne a salir el sol, ya sólo habrá un Maestro.

1 comentario:

Momentos dijo...

Como siempre encantada de leer tus relatos de domingo, aunque hoy lo haya leído en martes.

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