domingo, 21 de agosto de 2016

Cuentan

Cuentan

Que a la mariposa nadie la quería cuando era gusano pero cuando se hizo mariposa todos envidiaron la suavidad de sus alas y el colorido de su cuerpecillo.
Que del cisne todos se burlaban cuando a todos les parecía el patito más feo del mundo mundial de los patos, pero que luego todos deseaban su elegancia y prestancia.
Que del patizambo negro todos huían, pero luego, cuando fue campeón olímpico de las pruebas de velocidad y batió récords, todos aseguraban conocerle y ser amigos suyos.
¿Y qué más cuentan?
Que no importa lo que uno es cuando se es pequeño, por mucho que te desprecien o se sea objeto de burla. Lo que verdaderamente importa es es lo que uno está destinado a ser y que dan igual los desprecios o los rechazos de quienes no saben ver.

Leer más

miércoles, 10 de agosto de 2016

El destino de Ekaitz



Buena noche:
Dedico, con todo cariño, este pequeño cuento a Ekaitz, ese niño que siente curiosidad por mi mundo, hijo de gente buena. Ojalá le guste y resulte premonitorio de su felicidad.
Un abrazo.

El destino de Ekaitz

La Gran Madre Mari sabe que ya no le queda tiempo, que su tiempo ya ha pasado. Los hombres la olvidarán, las mujeres dejarán de honrarla. Se avecinan lunas de desprecio y oscuridad.
Su hogar de siglos está en peligro. La mentira, la injusticia y la calumnia imperarán en ese nuevo tiempo.
Los bosques y montes arderán arrasados por el fuego de la guerra y la muerte.
Los humanos se entregarán al odio y la traición, renunciarán a las raíces de la Tierra. Mari lo sabe pero siente que su poder se agota.
Ha visto el futuro, un futuro de máquinas, desierto, frío y soledad.
El trueno suena, la lluvia y el viento la acompañan en su desolación.
-Mami, mola este parque. Está guay.
-Sí, sí; cariño. Es bonito. ¿Sabes? Tu padre y yo nos conocimos aquí y aquí supimos que siempre nos querríamos.
La tormenta arrecia. La Gran Madre Mari siente que tal vez aún no esté todo perdido. Puede que si coge un puñado de tierra y exala su aliento sobre él surgirá una piedra misteriosa. Una piedra a la que sólo acudirán los elegidos para guardar su memoria. No importará entonces los siglos que pasen, la piedra siempre estará allí y quien la merezca la encontrará sin tener que buscarla.
-¿En serio? ¡Uaaaaaala! ¿hace mucho de eso?
-Mucho, hijo mío. Era un día de verano, vinimos con una excursión de la escuela a pasar el día. Hasta entonces yo no me había fijado en aquel muchachote recio y tímido. Nos lo estábamos pasando bien, recorriendo el parque, descubriendo sus leyendas y sus plantas y dándonos chapuzones en la poza.
-¿No teníais entonces móviles?
-Ni móviles ni maquinetas de marcianos. Jugábamos al escondite o a la soga o al corro.
Junto al roble, la Gran Madre Mari deja la piedra que ha surgido de su aliento. Pronto quedará enterrada por la maleza y las raíces. Un potente trueno acompaña su gesto lo mismo que unas fuertes rachas de viento la arrastran. La Gran Madre desaparece, disuelta entre el granizo y la tormenta. Y entonces todo es silencio.
Será silencio durante muchos siglos. Hasta que quién sabe quién regresará y se prendará del lugar. Y entonces ese quién que nadie sabe quién pueda ser decidirá que es hora de hacer de lo agreste, un vergel. Y se empeñará en despejarlo y acondicionarlo como parque magnífico al que, a saber por qué, le pondrá por nombre Paz.
-Faltaba poco para regresar a casa, yo quise llevarme unas ramitas de romero y laurel. Me aparté un poco y entonces le vi. Se apoyaba en el tronco de un hermoso roble, parecía estar fundido con él. Nos miramos, nos sonreímos, nos comprendimos.
-Nunca me lo habías contado, mami. ¿Sabes? Yo os quiero mucho aunque, a veces…
Aquel alguien que quién sabe quién era no ahorró en esfuerzos para lograrlo. El día de la inauguración no faltó nadie de los importantes del pueblo. Se felicitaban por lo oportuno de la idea. Aquello que, siempre parecía estar maldito, tan lleno de zarzas y espesura que daba miedo, se convertía ahora en ese parque tan hermoso, poblado de fuentes y flores, de paseos y bancos. Alguno de los que encuentran cualquier ocasión para hacer negocio, vio claro que allí podría instalarse un merendero y hasta un zoológico que le producirían sus buenas ganancias.
-Ay ay, Ekaitz, cariño. Te estás convirtiendo en hombre. Cómo has crecido. Déjame que te acaricie la mejilla. Déjame sentir que aún eres niño.
-Mami, no te rayes, no seas pesada. Tarda mucho papá.
-Tenemos nosotros que ir en su busca. Estará preparando la comida.
-Ah, ¿entonces qué hacemos aquí?
-No sé. El corazón me trajo hasta aquí después de tiempo que no venía. Mira, ése es el roble. Está viejo, pero sigue en pie. Es… no sé… es valiente. Tú serás como él.
-¿Yo como un roble? Qué raro, mami.
-Firme, valiente, apegado a lo profundo y lo auténtico porque tus raíces nacen de la justicia y la honradez.
-No sé, mami. Mira, qué chulo.
-¿Qué?
-Una piedra. Es bonita.
-No la veo.
Que sí, mami. Que está ahí, debajo de esa raíz gorda, entre las hojas y la hierba.
Nadie la ve, pero la Gran Madre Mari se asoma por entre las ramas del árbol. Y lo hace con una sonrisa luminosa.
-Que pasada. Qué piedra tan chula. Es fina y suave. Le pediré a papá que me haga un llavero con ella.
-¿Un llavero? No será demasiado grande? Mejor un colgante, como si fuera un amuleto. Sí, un amuleto que te ayudará en tu porvenir.
-¡Papá, papá! Mira qué me he encontrado!
-Sí, hijo. ¿Tú también lo has encontrado?
-Yo también ¿qué dices?
-Sí, hijo. ¿No te lo ha dicho tu madre? El día que nos conocimos ella y yo, yo también descubrí una piedra como ésa, esa piedra. Cuando llegó aquella muchacha vivaracha y pecosa yo estaba disfrutando del tesoro. Al llegar tu madre, lo primero en que pensé, tal fue lo que sentí por ella, fue en regalársela. Pero ella, entonces no lo entendí aunque tampoco quise torcer su deseo, fue que la volviera a depositar donde la había encontrado, que aún no era el momento de que fuera de nadie.
Ekaitz, la piedra, la tormenta, la Gran Madre, el futuro. La paz.
Pasarán los años y ese niño, al que su madre ya ve como un hombre, se hará hombre, sí sí. Nunca se separará del colgante que su padre le fabricó.Ekaitz destacará como justo entre los justos, se hará famoso por sus consejos y a él acudirán desde los más lejanos lugares quienes tengan sed de Justicia y necesiten saciarla.

Leer más

miércoles, 3 de agosto de 2016

Bulgaria: la encrucijada olvidada



Bulgaria: la encrucijada olvidada

2016 me lleva a un país desconocido para muchos, pero muy atractivo en realidad. Un país como Bulgaria, lugar de paso desde los albores de la Historia, si bien atrapado tradicionalmente entre dos imperios: el otomano y el ruso.
Cuando me ofrecieron la oportunidad de descubrirlo a través de mi viaje anual al extranjero, no dudé en que las espectativas de aprender y disfrutar se verían plenamente cumplidas.
Recordé, entonces, las palabras de Elias Canetti (1905-1994), que recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1981 y que, aunque sus obras estén escritas en alemán, nació en Bulgaria: "No se puede odiar a nadie al que se ha visto dormir." No sé, me parece algo muy hermoso.
Así que me preparé para aprender algo de ese país.
Supe que tiene una extensión de poco más de 110.000
km²,y algo menos de 7.5 millones de habitantes, que linda con Rumania, al Norte; con Serbia y Macedonia, al Oeste; y con Grecia y Turquía, al Sur; mientras que al Este es el mar Negro su frontera. Que tiene una gran diversidad geográfica, desde los picos nevados en la cordillera de los Balcanes o en las montañas Pirin, hasta las cálidas costas orientales del mar Negro. O que es allí donde se encontraba la Tracia previa a los romanos y que es en Bulgaria donde se creó el alfabeto cirílico allá por el siglo IX por los santos Cirilo y Metodio.
 A este país llegamos a mediodía del 26 de julio. Aterrizamos en el aeropuerto Vrazhdebna donde nos esperaban para trasladarnos al hotel, justo enfrente del parlamento y la catedral Alexander Nevsky.
Una vez instalados, como es propio, dimos un primer paseo por los alrededores que nos llevaría a las iglesias rusa de san Nicolás y a la ortodoxa de san Jorge, la más antigua de la ciudad, en esta última tuvimos ocasión de asistir a una emocionante ceremonia en la que, semejante al gregoriano, los oficiantes recitaban los textos cantándolos, fuimos bendecidos por uno de ellos y vimos cómo se movían entrando y saliendo del iconostasio, especie de panel de madera pintado con iconos que separa el altar del resto de la iglesia; a unas ruinas de la Serdica romana tras atravesar la sede del Ministerio de Educación. Después de recorrerlas sin que nadie nos pusiera pega alguna, tocando incluso, columnas truncadas y salas distintas; dirigimos nuestros pasos a la plaza Sveta-Nedelya y el bulevar Vitosha. La primera impresión no podía ser más favorable: anchas avenidas y plazas, jalonadas de parques y zonas ajardinadas, fuentes y pasos subterráneos a modo de galerías comerciales.
    Tan a gusto estábamos que no pudimos hacer otra cosa que buscar una terracita para tomarnos un refrigerio. De los bares que por allí había, Alfonso sugirió a Paloma, el Happy Bar & Grill, un lugar muy agradable y, por cierto, que las camareras lucían unas minifaldas que robaban la vista, claro, a quien la tenga, que yo… nada de nada. Sufrido cieguito con su cerveza y nada más. Claro, y de ahí a cenar algo, que llevábamos todo el día de acá para allá, aeropuertos mediante. Y eso que los de LZB, la compañía aérea que nos llevó, tuvieron a bien obsequiarnos con un bocadillo, bien que algo chicloso y café. Así que a buscar otra terraza, qué temeridad. Casi no habíamos empezado a darle al diente cuando cayó un aguacero que para qué contarte, tan hermoso como las camareras minifalderas. Y nosotros sin paraguas, y sin otra opción que ir al hotel en taxi, por cerca que estuviéramos de él. A ver cómo cogemos, no uno, si no dos taxis y les indicamos en búlgaro dónde nos han de llevar. Bueno, no sé, el caso, es que pillamos uno al azar y en él que nos metimos los cinco, aún no sé cómo, lo mismo que tampoco sé cómo se entendió Alfonso con el generoso conductor. Total, que ya estábamos a resguardo en el hotel. Y mientras nos ubicábamos en la habitación y organizábamos el equipaje, quise recoger en una fotito lo que quiera que se veía desde la ventana de la habitación para compartir lo que yo tenía delante pero no veía: parece que una bonita estampa que reflejaba la luz de las farolas en el suelo mojado y la catedral iluminada. Hasta dijeron que era bonita y todo.
Al día siguiente, una vez saciados en exceso a cuenta del desayuno, nos recogió Silvia, la guía que nos acompañaría al monasterio de Rila y a Plovdiv durante dos intensas jornadas.
A 120 kms. De Sofia, en dirección a la griega Tesalónica se encuentra el monasterio de Rila que fuera fundado en la primera mitad del siglo X. Su historia está directamente relacionada con el primer ermitaño búlgaro San Juan de Rila (Iván Rilska), que se estableció en la zona y se dedicó al ayuno y la oración. El sitio original del monasterio estaba cerca de la cueva que el santo escogió como residencia. Después de su muerte en 946, San Juan de Rila fue enterrado en la cueva en la que buscaba su aislamiento. A través de los siglos el monasterio fue un centro espiritual, educativo y cultural de Bulgaria. Con su forma actual, el Monasterio de Rila data del siglo XIX, y la única parte del siglo XX es el ala este. El edificio más antiguo del claustro es la Torre Jreliyova, que fue construida en el siglo XIV (1335). La torre fue la fortaleza del monasterio, y también vivienda de los monjes en tiempos de guerra. Toda la zona del monasterio, incluidos los edificios de la iglesia, los residenciales y los agrícolas, se extienden sobre una superficie de 8800 metros. Murallas de piedra de 22 metros de alto rodean el amplio patio, el templo de "Rozhdestvo Bogorodichno”, la Torre Jreliyova, el museo, los edificios residenciales y los agrícolas. Consta de alrededor de 300 salas, 100 de las cuales son celdas monásticas.
La exposición del museo incluye ejemplos del arte búlgaro y extranjero durante el periodo de los siglos XIV-XIX. La pieza más valiosa es una cruz de madera con una exquisita talla en miniatura, hecha por el Padre Rafael. El maestro tallador de madera llevaba trabajando durante muchos años sobre ella, utilizando las mejores herramientas y cinceles, y la terminó en 1802, cuando quedó cegado por el duro trabajo en esta obra maestra. En ella se representan 36 escenas bíblicas, 18 a cada lado de la cruz, y más de 600 figuras en miniatura.
Impresiona el entorno, el silencio entre las montañas, la profusión de iconos que envuelven al visitante en un ambiente de recogimiento y espiritualidad. Silvia nos los fue describiendo, imaginé al creador de la cruz, dejándose los ojos en una obra increíble, dimos un paseo por el claustro, casi desierto de turistas, nos sorprendimos con la paradójica imagen de un sacerdote ortodoxo tradicional, con su larga barba y su gorro, pero que ha sucumbido a la modernidad del teléfono móvil. Parece ser que llamaba la atención por su altura, por su atuendo y lo extraño de verle con el móvil.
  De regreso a Sofia, paramos a comer en un restaurante bien pintoresco, junto al río Rilska. Apenas si había nadie por lo que pudimos degustar la sencilla, pero rica comida: ensalada de tomate con queso y, algunos trucha de río, y otros una especie de salchichas o rollitos de carne picada para terminar con un postre a base de yohgurt helado con frutos del bosque. Fue fantástico.
La tarde la reservamos para visitar a pie los principales enclaves de la capital de los que me quedo con la inmensa catedral con capacidad para 5000 personas, las fuentes termales, junto a la mezquita Banya Bashi,, que manan agua caliente de manera natural, la sinagoga sefardí, los puentes de los Leones y las Águilas, el Teatro Nacional Ivan Vazov, el monumento a Vasil Levski, luchador por la liberación de Bulgaria en el siglo XIX del imperio otomano o la gran estatua de Santa Sofía y, cómo no, alguno de sus parques como el Jardín Boris.
Al día siguiente, tocaba conocer Plodvid, la ciudad más antigua de Europa con una edad de 6000 años. Una ciudad, construida sobre colinas a modo de Roma junto al río Maritsa en el valle de Tracia. Durante la antigüedad los tracios habitaron el territorio entre las tres colinas y construyeron un asentamiento fortificado que fue la ciudad más grande de Tracia. En el siglo IV a.C. Plovdiv fue conquistada por Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Él le dio uno de sus muchos nombres, Philippopolis, y la rodeó de gruesas murallas. Más tarde los tracios la reconquistaron, pero después de una serie de batallas en el siglo I, la ciudad cayó en el territorio del Imperio Romano. Durante el siglo II, Plovdiv (entonces llamado Trimontium) fue residencia de Trajano y un importante centro regional. Estuvo en pleno auge y había actividades a gran escala de construcción de edificios e instalaciones y de carreteras. De aquella época quedan muchos restos bien conservados de una ciudad próspera: calles empedradas, murallas, edificios, abastecimiento de agua y alcantarillado. Trimontium creció tanto que trascendió los muros fortificados y eso impuso la construcción de otros nuevos. Muchas de las partes de la ciudad se situaron no en la colina, sino a sus pies.
 Los ejércitos otomanos conquistaron Plovdiv en 1364, dándole una nueva orientación de desarrollo. La arquitectura bizantina fue sustituida por un tipo completamente diferente de construcción, de características típicas orientales. El nuevo nombre que recibió la ciudad fue Filibé.
 Durante el Renacimiento, fue un importante centro económico. En la ciudad residían muchas personas adineradas y educadas que viajaban por toda Europa. De sus viajes ellas traían no solo los bienes exóticos, sino también las nuevas corrientes culturales. Los ricos comerciantes de Plovdiv mostraban su bienestar mediante la construcción de casas hermosas, ricamente ornamentadas, que se convirtieron en el emblema de la Ciudad Antigua. Fue también un importante centro cultural y tuvo una importante contribución en el despertar del espíritu búlgaro.
Me impresionó pisar semejante territorio, saber que allí la Historia era protagonista. Cierto que pasear por las calles empedradas y ascender a sus colinas resultó fatigoso, pero sin duda que mereció la pena. Me traigo la visita a una de las casas de rico comerciante de sedas, la contemplación del teatro romano y el saber que allí se recuperó de la enfermedad que contrajera en su viaje del Transiberiano el escritor Alphonse de
Lamartine y un par de curiosas esculturas que pudimos tocar: la del chismoso que se toca la oreja con la mano y que representa a un personaje real al que la gente siempre le preguntaba pues estaba al tanto de la vida y milagros de la ciudad y la de un violinista muy bien caracterizado.
De vuelta nos detuvimos a visitar la bodega de vino Julia en la que degustamos una cata de un blanco afrutado y un par de tintos a base de uvas pinot y mavrud. Cata que acompañamos con un queso muy rico y un salchichón típico cuyo nombre es lukanka. 
, Lo que quedaba de viaje, el viernes y sábado, lo dedicamos a pasear por Sofia, incluso cogimos el Metro, que nos sorprendió por su modernidad. Callejeamos hasta el monumento al ejército soviético, una mole que representa a un soldado, fusil en mano, dominando a los “pobrecitos” (entre comillas) búlgaros y que es objeto de disputas entre los nostálgicos de la época comunista y los nacionalistas o el monumento al Trabi, el coche del pueblo, hecho a base de fenoplast, un material creado con resina fenólica, algodón y serrín.
Silvia, la guía, además de contarnos todo esto nos relató su experiencia de la vida en tiempos del comunismo, algo que también me impresionó de manera notable: hija de un ingeniero y una traductora, escuchó de labios de su abuela cómo resultó herida en el atentado de 1925 en la iglesia de Sveta-Nedelya, cómo de niña correteaba por el patio de la casa familiar mientras el ambiente estaba impregnado de hortalizas naturales y cómo de adulta sufrió la escasez de alimentos tras la caída del régimen en 1990 haciendo colas interminables para conseguir un poco de queso o una botella de leche.
Así transcurrieron esos cinco intensos días en los que mis sensaciones se enriquecieron con un entorno relajado por el escaso bullicio que se escuchaba, tan alejado del habitual de otros destinos turísticos, con el sonido del agua por doquier y el de las voces de sus habitantes, mezcla de eslavo, turco y griego, sabores mediterráneos de ensaladas y productos lácteos ricos ricos, texturas de piedras milenarias y árboles centenarios que me llenaron de energía, ytolerancia religiosa que ojalá fuera ejemplo seguido frente a los fanatismos que tanto parecen imperar hoy día. La accesibilidad también tuvo su cuota de protagonismo, ya que los semáforos son acústicos y se verbalizan las paradas en el Metro.
Bulgaria, encrucijada olvidada, deja en mí un poso dulce y con ganas de regresar. Sí, regresar para seguir descubriéndola y conocer su majestuoso Valle de las Rosas, sus montañas y bosques, su acogedora hospitalidad. Puede que regrese, quién sabe. Entonces el Orfeo tracio, heredado por los griegos, acaso salga a recibirme con su lira y Homero le acompañe para cantarme las hazañas de quienes forjaron la historia y el exotismo del que, al leer, nos hace soñar.

Leer más

viernes, 29 de julio de 2016

La música

La núsica  Dicen que música es La cítara y el tamboril, Dicen pero no saben lo que dicen.  Juran que una balada Y una copla y una tonada, Juran pero no saben lo que juran.  Profetizan que los trinos  Y las coplas y los cantos, Profetizan pero no saben lo que profetizan.  Dicen y juran y profetizan, Pero no, no saben Como yo sí sé.  Música es tu risa Y tu caricia y tu mirada.  Música sí, yo sí sé. Es la que nace de tus manos Y tus labios y tus ojos,  ¿El instrumento? El laúd de tu cintura abrazado por el viento Y el violín de tu sentimiento.  ¿Y la partitura? Las notas de tu ternura Y el diapasón de tu dulzura.  Sí, la música eres tú, Su instrumento, tú, Su partitura, tú.



Leer más

jueves, 21 de julio de 2016

La subasta del collar

Buenas noches: Por fin, nuestro amigo Benigno Pérez y su particular confidente, regresan a mis dedos para teclear otra de sus historias. Espero te guste. Un abrazo vacacional.  La subasta del collar  -Lo más importante del plan para que nos salgamos con la nuestra es que Benigno Pérez y su gente no esté allí. Hay que evitarlo como sea. ¿Quién es el que así habla? ¿Qué crimen pretende cometer? Es evidente que la fama del bueno del detective Pérez también llega a los artistas del hampa. -Si queremos que Pérez y los suyos no nos molesten, habremos de pensar en algo gordo que les distraiga. De otro modo, no habrá forma de quitárnoslos de encima. A nadie se le podrá ocurrir que el policía más listo de Madrid no vaya a asistir a la subasta del collar. Hemos de contar con que las medidas de seguridad en la Casa Ansorena serán extremas. Hace años que no se produce un acontecimiento de semejante envergadura. Cuatro hombres se confabulan en el rincón apartado de uno de los muchos bares en torno a la Plaza de Santa Ana y del Barrio de las Letras. Un lugar bullicioso, plagado de turistas y nostálgicos de extintas tertulias conspiranoicas de pasados siglos. Nadie les presta atención. Aparentan ser otros de tantos clientes que charlan en torno a la mesa cuadrada de mármol desportillado mientras remojan el gaznate a base de rubias bien tiradas a espita de barril. -Lo mejor será que nos carguemos a alguna fulana. Eso sí, que esté buena y tenga las carnes prietas. De paso que entretenemos a ese gachó gilí, nos damos un gusto. Yo apuesto por alguna rusa de ésas que andaban hasta hace poco por Montera y que ahora se pasean por el Polígono del Gato, en Villaverde. Llevan un rato los cuatro. Los cuatro son hombres duros, semejantes a trabajadores de mediana edad, hechos a lo físico en talleres o carga y descarga de mercancías en Mercamadrid, pero es uno de ellos quien lleva la voz cantante. Le dicen Pepón o jefe. -Ni hablar de eso. Una muerta más no sería caso para Pérez. Hemos de pensar en algo más… nuevo. Menos visto.    -Pepón, ya sé lo que haremos. Montar un incendio en alguno de los museos de la capital, el de la Ciudad, ongamos por caso, daremos aviso mediante una llamada anónima o un mensaje, de que el único que podrá parar la tragedia es Pérez, yendo al lugar y, mientras, nosotros hacemos lo nuestro en la subasta.  -No me parece mala idea. Tendremos que tenerlo todo listo para la tarde del jueves, una hora antes de que la tal Cristina Mato de Ansorena, como Directora de la Galería, inagure el acontecimiento. ¿Has encargado los trajes, Pulgas? -Sí, ya los tengo conforme las tallas que me disteis. Lo mismo que la cartera de piel en que nos lo llevaremos, una vez demos el cambiazo. Y es que al jueves siguiente en que semejante reunión tiene lugar en la Cervecería Alemana se va a celebrar la subasta del collar de perlas negras que Alfonso XIII regaló a su esposa Victoria Eugenia, entre otros presentes, para que lo luciera en la fiesta de aniversario de su boda, el 31 de mayo de 1907. Con semejante fiesta y regalos quiso, el monarca, compensar la nefasta ceremonia del año anterior a cuenta del atentado que sufrieron cuando, una vez casados, se dirigían desde los Jerónimos al Palacio Real, a la altura del número 88 de la Calle Mayor. El collar constaba de 44 perlas negras de simpar rareza, engarzadas en oro blanco y con broche de aguamarinas. Un collar que, por los avatares de la Historia, fue vendido en los años del exilio y que ese día retornará, como si de un ciclo se tratara, a las manos de donde fue concebido aunque ya ni el orfebre ni el taller que lo crearon exista. -Repasemos entonces el plan: tú, Mañas, te encargas de la maniobra de distracción y todo lo que conlleve en el Museo de la Ciudad, creo que está situado en la Calle Fuencarral, habrás de contar con que los bomberos no puedan apagar fácilmente el fuego prendiéndolo con disolventes químicos; tú, Pulgas, serás quien, justo en el momento en que vayan a subastar el collar, cortes los fusibles y luces de emergencia, el tiempo justo para que a mí me dé tiempo a suplantar el collar auténtico por el falso que llevaré en el maletín, serán suficientes un par de minutos para mí, pasados los cuales volverás a dar las luces; tú, Gafitas, nos esperarás a la salida con el coche, listo para largarnos de la sala sin llamar la atención. Cuando el que haya pujado más alto por la joya proceda al proceso de identificación se darán cuenta del fraude pero nosotros ya estaremos fuera. Nos reuniremos los cuatro en la casa de Ríos Rosas para de allí, en cuanto nos deshagamos de todo lo empleado, quemándolo, coger el AVE. ¿Está todo claro? -Nítido, jefe. El ambiente en la Sala de Subastas Ansorena, sita en la Calle Alcalá 52, es el propio de las grandes ocasiones. Como es habitual el ágape, a base de finos canapés y champán francés aacompañan la bienvenida de los habituales. Las lentejuelas, los trajes cortados a medida y las sonrisas profesionales protagonizan el preludio de semejantes negocios, vestidos de eventos culturales. La anunciada subasta del collar será la última de entre los diversos objetos de orfebrería con historia que esa noche van a pasar a manos de apasionados del lujo y especuladores del Arte. Todo marchará conforme lo previsto para todos. Para la organización y para los participantes, para los ladrones y para… Tras la sorpresa producida por el momentáneo apagón el acto se reanuda sin aparente novedad. Ni Pepón ni el Pulgas ni, mucho menos, el Gafitas han reparado en una distinguida señora que no se pierde detalle de nada. Pasa por una más de las asistentes, pero no tiene el más mínimo interés en lo que esa noche se está vendiendo. Sabe muy bien cuál es su objetivo. Camino de la Calle Ríos rosas un camión de la basura impactará contra el coche que conducía un hombre al que, por sus típicos anteojos que siempre le acompañaron, le denominan Gafitas. Los tres ocupantes del vehículo, alquilado con nombre falso, por cierto, morirán en el acto. De igual forma, sucederá a aquél que ha provocado un voraz incendio, a duras penas sofocado por los bomberos y el equipo policial del detective Benigno Pérez. Nada podía hacerle suponer que una motocicleta le atropellaría cuando se disponía a coger el Metro en la estación de San Bernardo. También morirá en el acto. Y es que la anónima señora que ha controlado los movimientos de la banda del Pepón, tiene muy claro que a ella nadie la puede vencer ni ganar por la mano. Mientras, como si se tratara de gavillas de paja, recoge las negras almas de los cuatro matones, hará que le entreguen a su amigo Benigno un maletín que contiene un collar, ese mismo collar que un comprador reclama, de forma vehemente, ante la atribulada gerencia de la famosa Casa de Subastas Ansorena.


Leer más

miércoles, 20 de julio de 2016

Envolver

La Vida en 100 palabras Envolver  Envolver es cubrir el valioso regalo de tus sueños con el brillante papel de mis realidades para adornarlo con el lazo de nuestros quereres. Es ceñir tu cintura de luna con el ardiente broche de mis manos de sol. Es rodear la suave fortaleza de tus caderas de coral con las habilidosas maniobras de mis muslos de mar. Es devanar el hilo de mis extraviadas soledades en la rueca de tu segura compañía. Es lo que hacen tus labios al besar al viento. Es cercar  al ejército de mis santos propósitos para vencerlo con el ariete de tus diabólicas tentaciones.


Leer más

lunes, 18 de julio de 2016

Mis búsquedas

Buena noche de lunes: Comparto un nuevo esbozo poético con el deseo de que te haga soñar. Un abrazo.  Mis búsquedas  Buscaba el atajo entre la tierra y el cielo. Tú me lo mostraste. ¿Qué era tierra y qué cielo? El atajo no era otro que tu consuelo.  Busqué los pétalos de la flor mejor perfumada. Tú me los trajiste. ¿Qué era flor perfumada? Los pétalos no eran otra cosa que tu ardiente mirada.  Busco el agua del manantial y la fuente. Tú hasta allí me llevarás. ¿Qué será manantial y qué fuente? El agua no es otra cosa que tu pasión ardiente.  Buscaré la magia entre tus abrazos y besos. Tú me guiarás. ¿Qué serán abrazos y qué besos? La magia no será otra cosa que nuestros deseos.  He buscado el atajo y los pétalos, El agua y la magia. Tú siempre serás mi cielo y mi flor, Mi manantial y mis besos.  Busco como el niño curioso que fui, Como el ciego indeciso que soy, Como el anciano mimoso que seré.


Leer más

domingo, 10 de julio de 2016

La misteriosa libreta de la tía Enriqueta



Buena noche de domingo:
Por fin, tras días de zozobra y falta de inspiración, eso que dicen Síndrome de la Página en Blanco, gracias, sin duda a vuestro empuje, y a la idea de Maché Hidalgo, aquí traigo un nuevo cuento. Espero te guste porque nace del corazón y transmite una gran verdad.
Un abrazo agradecido a tu paciencia y fidelidad.

Cuentos a la luz de los valores

La misteriosa libreta de la tía Enriqueta

En el periódico que leerá ese 3 de julio el bueno de Inocencio Ruiz va a encontrar una sorprendente necrológica. A toda página se recoge el suceso de la muerte de Enriqueta Oñate Rubio, a quien _añade el titular_ todos conocieron como la tía Enriqueta. Ha fallecido a los 90 años tras una larga enfermedad, rodeada de familiares y compañeras, en la residencia en que pasó sus últimos años, después de enviudar y ver cómo sus hijas no pudieron hacer otra cosa que ingresarla en aquel lugar.
Ante semejante noticia el espíritu de Inocencio, Chencho que fuera para aquella señora, se estremece de recuerdos y sentimiento.
Y es que una vez, Inocencio fue niño en un pueblo de la Castilla de Delibes y aquel pillastre que se dedicaba a bombardear nidos con su tirachinas y torpedear faldas de niña con palitos, conoció a aquella mujer de la que hoy se hace eco el diario de la ciudad a la que hubo de emigrar porque en el pueblo no había futuro para él.
 La tía Enriqueta, sí, aquélla que todos esperaban que llegara con su fruta bien sazonada junto a su marido, primero a lomos de un burrillo tordo con el carro y luego en la vieja  camioneta.
Pero no sólo era fruta lo que vendían la tía Enriqueta y el tío Manolo. También llevaban sardinas y algunos ultramarinos de Coloniales. Paraban en la plaza, al pie de la fuente y, una vez pregonada su llegada por la señá Tomasa, las parroquianas se apresuraban con sus canastos a comprarle por unas perras lo que necesitaran.
Los niños, y el Chencho con ellos, aguardaban al último momento por si les caía alguna sobra que llevarse a sus famélicas bocas: una manzana reineta algo pocha, alguna ciruela picoteada o un melocotón apedreado por el pedrisco. Esas naderías que nadie habría querido comprar ni siquiera aún poniéndolas a precio de ganga.
Sí, eso era lo que esperaban, y el Chencho con ellos, pero algo más había. Sí, una libreta misteriosa de tapas negras gastadas  que a él le tenía robado el seso.
¿Qué podía ser que contuviera esa libreta? ¿Cómo era que una señora tan aparentemente tosca pudiera escribir?
Alguna vez le preguntaba a su madre, a lo que ésta le respondía que posiblemente eran las cuentas de lo que le dejaran a deber o encargos para otro día. Eso era lo razonable.
Pero el Chencho no se conformaba, no lo hizo nunca, con lo razonable ni con las respuestas insustanciales de los mayores.
Un día, por fin, se atrevió a vencer el miedo que imponía aquella señorona con su moño alto, su delantal blanco y su recia voz de frutera y se acercó a ella.
-Tia Enriqueta, ¿me dejaría su libreta?
-Mocoso, ¿para qué quieres tú mi libretica?
-Es que.. no sé… a mí me gustan los cuadernos y las libretas.
-Ah, sí, ¿a santo de qué?
-Es que hago dibujos de las cosas y así las atrapo. De mayor seré pintor.
-Vaya. ¿Y has dibujado alguna vez mi mercancía?
-Bueno… su mercancía y a usté y al burrillo. Aunque me da vergüenza decirlo.
--Qué tunante. Si me lo enseñas, yo te enseñaré mi libreta. ¿Qué te parece?
-¿Pero… ya se va. Igual…
-El próximo día sin falta.
Chencho esperará al siguiente martes en que la señá Tomasa vuelva a pregonar que han venido los fruteros a vender a la plaza del pueblo. Esperará con su cuaderno bajo el brazo a que las parroquianas se marchen y a que el resto de niños se vayan con sus golosinas y entonces será él quien enseñe su mercancía.
Dibujos de niño hechos con lápices de colores, trazos infantiles con la maestría de adulto. Paisajes de río y juncos, de trigales amarillos y amapolas rojas, cielos azules jaspeados de nubes blancas.
La tía Enriqueta se emocionará al ver todo aquello. Lagrimeará cuando se vea retratada junto a su burrillo y a su libreta.
-Pero niño, ¿tú sabes lo que haces? ¿Lo saben tus padres?
-Bueno, ellos no. Usté es a la primera a la que le enseño esto. Y… porque me prometió que me dejaría su libreta.
Las gordas y encallecidas manos de la frutera alargarán la libreta con gesto tímido, con sonrisa callada de madre.
El Chencho la tomará en las suyas, temblorosas de niño, la olerá y acariciará, la abrirá y lo que verá le dejará atónito.
Inocencio ruiz, hoy, 3 de julio de 2012, se dispone a protagonizar la enésima inauguración de sus exposiciones pictóricas en la reputada galería de Arte Dionis Bennassar de Madrid, meca de pintores y fuente de negocios con el Arte como pretexto. Ya apenas si se pone nervioso al afrontar actos de semejante tenor, por grandes que sean.
Pero al leer la necrológica muchas cosas se han removido en su interior sensible de artista.
Aquel día en que la tía Enriqueta bendijo sus primeros dibujos infantiles regalándole su libreta fue el momento en que supo que sí, que un día él sería uno de los grandes. Eso sí, porque la tía Enriqueta también se lo dijo, tendría que estudiar y prepararse. No valía sólo con la intuición y el gusto. La muestra estaba en ella. Sí, en ella. ¿En ella?
-Buenas tardes, noches casi ya, señoras, señores, amigos que habéis querido acompañarme a este acto de inauguración en el que puede contemplarse una retrospectiva de mis bocetos de la Castilla de ayer y de siempre. Muchas gracias, pero permítanme que hoy dedique especialmente mis palabras a aquella señora que todos vieron siempre como a la frutera del pueblo en que nací pero que, en realidad, habría debido de ser una gran escritora. A ella le debo mucho de lo que hoy yo soy. Permítanme que les cuente un secreto. El secreto que me permitió comprender cuál es la verdadera esencia del Arte, independientemente de cuál sea su manifestación: es verdad, es importante estudiar mucho y trabajar más aún para obtener un buen resultado artístico. Pero nada de eso vale de nada, si uno no posee un alma sensible. Yo lo aprendí de una señora que vendía fruta en mi pueblo pero que en una libreta de gastadas tapas negras lo que escribía no eran insulsas o aburridas listas de morosos y encargos, si no historias de amor y magia, de sueños y libertad. Va por usted, tía Enriqueta.
  







Leer más
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...