martes, 13 de mayo de 2014

Historias de grandes días



Historias de grandes días

Así es, ayer 12 de mayo, tuve ocasión de disfrutar de una de esas actividades que dejan poso en el recuerdo.
A punto de terminar la segunda temporada de la aventura literaria que otras 3 personas ciegas totales y yo, emprendimos en octubre de 2012 conforme a la cual iniciamos una tertulia literaria en el restaurante Ferreiro, cuyas señas de identidad son su carácter integrador y el que contemos con los autores de las obras que se comentan, para mí supuso emociones inolvidables: el poder presentar y estar junto a mi admirada Paloma Gómez borrero, el escuchar sus anécdotas y vivencias y el reencontrarme con mi querida Sofía gonzalo, periodista que forma parte del equipo del programa Fin de Semana de la cadena COPE.
Las dos horas que duró transcurrieron en un soplo y supieron a muy poco.
Paloma, con su cercanía y lucidez, con su voz cálida y sencilla, nos narró historias de sus viajes junto a Juan Pablo II, sobre la verdadera causa de la muerte de Juan Pablo I, más allá de las teorías conspirativas,  y sobre los últimos tiempos de Ciudad del Vaticano, tras la renuncia histórica de Benedicto XVI y la elección de Francisco.
Me quedo con las siguientes:
De niña, en el colegio, le mandan escribir una redacción sobre qué haría si pudiera vivir en Roma y estar cerca del papa. Con ella ganó un concurso y más aún, cumplió con creces lo que soñaba.
Cuando, después de mucho quererlo, por fin viaja a España por primera vez Juan Pablo II, le entrega una carta que ella había recibido, según la cual un chico le escribía a su madre pidiéndole que le entregara al papa su capa de tuno, ya que él no podría hacerlo sabedor de que se moría, él no sólo la aceptó si no que pidió que la tuna de la universidad de Salamanca tocara la canción preferida de Víctor, Clavelitos, mientras recibiera a la afligida madre, aceptaba la capa y le daba su bendición.
En Jerusalén, en el Museo del Holocausto, al finalizar su discurso, una señora se ha dirigido a él en polaco. Tras el intercambio de palabras entre el papa y ella, muy emotivas, todos los periodistas se preguntan quién será y a qué se deberá semejante diálogo fuera del protocolo. Resulta que en enero de 1945, tras la liberación del campo de Aüswitz, una niña se negaba a acompañar al resto de liberados que esperarían el reencuentro con familiares en la estación de tren de Cracovia. Ella dijo que no tenía a nadie, que todos habían muerto y lo único que sabía era su número de prisionera. Entonces se encontró con alguien que la animó a que no decayera y continuara viviendo por ellos. Quien así le habló era un joven sacerdote llamado Carol, Carol Wojtyla. Aquella niña, ya una señora de unos 60 años de edad, había conseguido de las autoridades judías el poder entrevistarse con el papa. Ahora vivía en Gaza, y tenía una familia.
Durante el viaje a la India, al regreso supieron que Roma estaba tomada por la nieve. Del calor húmedo de aquel subcontinente, tenían que regresar al invierno europeo. No le dio tiempo a sacar ropa de abrigo y después de varios intentos por aterrizar, acabaron en Nápoles. Eran las 5 de la mañana y les habían dado café con coñac para calentarse. Ella iba de blanco y cubierta apenas con una manta de avión. Entonces pasó una napolitana que se extrañó al contemplar semejante cortejo de seguridad y periodistas. Al saber que era el papa quien viajaría en el tren, invocó con ademanes típicos de sureña de rompe y rasga, a San Genaro, una imagen digna de las mejores películas del neorrealismo del cine italiano.
En Zaire, ya tarde, cuando todo el mundo se ha retirado a descansar, ella y el técnico de sonido, están acabando el trabajo. Cuando menos lo esperan, se cruzan con un hombre abatido por la fatiga que vuelve de la capilla donde ha estado rezando. Es el papa, que le dice (se acordaba de ella porque al ser 15 de agosto, la había felicitado), “hija, qué tarde te acuestas por mi culpa. Perdóname”.
Revivimos aquel 13 de mayo de 1981 del atentado del a plaza de San Pedro. Cómo una monja trataba de ver al papa teniendo delante a un turco mucho más alto que ella. Entonces se dio cuenta de que alzaba su mano para dispararle al corazón. Le agarró el brazo, el turco le empujó y ella volvió a cogerle del tobillo unos segundos que fueron suficientes para que la policía le detuviera. El turco se llamaba Mehmed Alí Agca y la monja, sor Lucía. Sor Lucía, un día de la virgen de Fátima impidiendo que maten al papa. Lucía también se llamaba una de las niñas a las que se les apareció la virgen en tierras portuguesas en 1917.
Recordó la emoción de Benedicto XVI al contemplar la maravilla de la Sagrada Familia, lo mismo que el impacto que le causó escuchar la saeta en el Vía Crucis de la >JMJ en Madrid, en agosto de 2011.
Imitó el acento porteño para comentar dichos y costumbres de Francisco, indicando eso sí, que es pronto aún para valorar de manera objetiva el verdadero calado del papel  que va a jugar en la Historia del a Iglesia.
Sin duda que quedaron muchos temas por tratar y miles de anécdotas, pero acabé con un excelente sabor de boca.
La seguiremos leyendo y escuchando para deleitarnos con su forma de contar y aprendiendo la cotidianeidad de la Ciudad Eterna.
Gracias a Paloma y a Sofía por haberlo hecho posible.

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