domingo, 18 de marzo de 2012

Optimatus Cegatus


Parece que el cuento dominical de esta semana, me ha salido primaveral. Que no falte nunca la fina ironía, el humor, aunque sea negro negrísimo.
Como siempre, buena semana y que estéis bien.
Con cariño.

Esta es la historia del viejo soldado Optimatus Cegatus, veterano integrante de la Legio Luminis Nove Na (eejem… Novena).
Un héroe épico de las gestas antiguas y nuevas, genial estratega del arte de levantar túnicas y conquistar escotes tras fulgurantes cercos a curvas y murallas de sedosidades dermáticas.
Que ya de chico apuntaba maneras cuando su señora mamá, la buena de Máxima Gafatta Magna, le pilló de ojos a boca, urgando en ciertos lienzos teñidos de unas curiosas purpurescencias, de esas que mensualmente la visitaban muy a pesar suyo. ¿Sería que apuntaba vocación de pintor? No, no; no, señores míos.
Que luego, en la escuela de gladiadores del cortejeo aprendió pronto a vencer resistencias a base de diestras manotadas y hocicadas.
Y que su primera victoria, preludio de muchas otras, se daría tras guiñar sus dos ojos, milagrosa maravilla, a la niña, bueno una niña que ya tenía pelos hasta en la lengua, hija del gobernador de la provincia de Invidentia Ulterioris.
Sí, un soldado que aprendería a manejar cierto bastón, él nunca supo si era blanco o sonrosado, con tal maña que conforme pasó el tiempo, en vez de menguar, se dilataba dilataba tanto que a todos cuantos recovecos se proponía penetrar alcanzaba.
Y que, armado de semejante ariete viajó hasta los confines del Imperio, pero más aún hizo: apareció, sin él saber cómo, en un tiempo ignoto para sus conmilitones camaradas. ¿Sería que en alguno de los fragores tabernarios, en los que solía fijar su campo de batalla y conquistas, vio hasta deslumbrarse aplicándose sin medida los bebedizos néctares de la vid? Que tanto los bebió que de Cegatus hubiera de mudar en Vidatus Videntatus
Y tan así fue que el nunca condecorado por sus capitanes, envidiosos de sus triunfos sin tregua ni cuartel, pero sí laureado con los mayhores honores por doncellas, amas y patricias, topóse morros morrotis con el marmóreo pedestal que sujetaba una fuente en la que Venus era vía de chorros manantes de fresca agua, tan fría que ipso facto, hubo de recuperar su condición de siempre.
¿Y qué escucharon sus callosas orejas (claro, callosas, que orejas escuchan y callan sonidos de bocas turgentes)?
Una música extraña, ignota para él. Sonidos chirriantes, horrísonos, un barullo sin sentido; él siempre tan hecho a melodías jadeatorias y gemitorias.
Mientras trataba de ponerse derecho, huir de su despatarrada postura, fijar un suelo contoneante, diose cuenta de que nada de lo que veían sus ojos, era lo acostumbrado. Que sí, que se llamaría Cegatus, pero que tenía un ojo… Que se lo dijeran si no a su paladar tan hecho a las excelencias y finuras de las más hermosas exquisiteces, catador de todas y de todo. Y qué bien se las dio siempre para poner el ojo en las más bellas redondeces.
Alguien le sostenía aferrándole con hercúleos brazos. ¿Y su bastón? Dónde estaba su bastón?
Eran manos finas, voz cálida, amable, cariñosa.
Algo entrevió. ¡No podía ser!
¡Era una caja con ruedas que encima de ella portaba algo que perforaba el aire con sonido estridente, Una sirena _dijeron_. ¿Una sirena? Si siempre habían dicho que las sirenas cantaban con músicas tentadoras y ésa lo que hacía, era graznar. Qué cosas, qué mundo. ¿Dónde se encontraría? Y que de resultas de sus modales y palabras, se desprendió que le encasquetaran una rara toga que le inmovilizó. Y que de esa guisa, no supo por qué, perdió el sentido, bueno el de la vista nunca lo tuvo, tras recibir el pellizco punzante de algo que le adormeció sin remedio.
Así llegó a mi consulta y yo, que pensando andaba en el concierto celta de la próxima noche, me encontré con semejante adalid.
Estaba de guardia en el área de urgencias referida a la psiquiatría y allí me lo trajeron.
Hablaba raro sí, farfullaba. ¿Era efecto de los sedantes o de…?
Le escuché, acostumbrado como estaba a los mayores disparates y entonces comprendí.
Su lengua era el latín y todo eso contaba. ¿Creerle? ¿Dudar? La verdad es que la facha que portaba no parecía proppia de un extraviado urbanita corriente.
Me dije que de paso me quedaba la fuente venérea donde, según el parte facultativo, había sido hallado. ¿Y si le devolvía a aquel manantial? Igual es que descubría alguna raja, digamos mejor grieta, por la que poder devolver a su mundo al infortunado campeón.
Me lo llevé. Él palpaba mi pecho como buscando… Palpaba.
Y sí, algo vimos. Le lancé por el chorreante agujero en forma de sumidero. Me asomé. Nada vi. Huecos burbujeos fue lo único que percibí. ¿Volvería a su universo de conquistas?
¿Tan ciego sería que al despertar jurase haber visto?
Ah, esos ciegos que todo lo catan y que por doquiera meten y se meten, bastón en ristre, bastón enhiesto, bastón endurecido por fuegos y ardores.
¿Y saben qué? Que tiempo después, buscando en la librería de mi ya casi amigo, el librero Antonio, rarezas y libros viejos encontré éste: “De los épicos triunfos e historia del nunca olvidado soldado Cegatus”, de Lascibia Infdinitis, seudónimo éste de sesudo poeta. ¿Qué podía hacer ante semejante hallazgo? ¿Qué habrían hecho ustedes?

1 comentario:

Mercedes dijo...

Magnificus!

Besósculus maximus.

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