lunes, 12 de marzo de 2012

El sueño de Clara María


Cómo olvidar lo que sucedió hace hoy ocho años. En recuerdo de aquella tragedia va mi cuento de hoy.
Que estéis bien.
Buena semana.

Para Clara María, emprender aquel nuevo viaje resultaba todo un reto. Sabía que merecería la pena afrontarlo y superar sus miedos porque la ilusión vencería todos los porqués. Sí, porqués del tenor de preguntas sin respuesta, de culpabilidades innecesarias, pero inevitables.
La inesperada ocasión para ello se había dado cuando en un duermevela agitado, como así era siempre su descanso desde aquel ya bastante lejano jueves, surgió de las brumas de su cerebro un curioso sueño.
Y es que en la visión, veía, como siempre que soñaba, pese a que en la cotidianeidad de la vigilia era ciega, que alguien aguardaba la sorpresa de su llegada. Alguien desconocido para ella, he ahí lo extraño del sueño, pero a quien con su arribada, haría plenamente dichoso.
Lo raro del caso, continuó al despertar, ya que habitualmente nunca recordaba lo que soñaba pese a que, por aquello de que los colores volvían a ella, le habría gustado que su vida fuese siempre sueño, que lo onírico fuese lo real, que recuperase la capacidad de ver. Mas nunca era así, siempre despertaba y, al hacerlo, la evidencia de su ceguera se hacía insoslayable, indubitable.
¿Es que no habría sido mejor no despertar cuando su viaje en tren de cada mañana quedó interrumpido, inmisericordemente truncado, antes de llegar? Otros murieron, otros tuvieron mejor suerte que ella, pero ella tuvo que seguir viviendo, viviendo a oscuras.
Que sí, que le habían dicho que su existencia podía continuar teniendo sentido, que no acababa en la ceguera, que muchas cosas podía hacer. Ella quería creerles, quería luchar pero no podía, no podía.
Y ahora, cuando se acercaba la fatídica fecha del aniversario soñaba aquello. Otro por qué, otra duda sin respuesta posible.
Se obligó a poner buena cara, a cerrar los oídos a la desesperación y al desaliento del pánico que le traían los negros recuerdos del horror. Alguien la esperaba, esa era una certeza que no dejaba de estar ahí, pinchando su alma, pellizcándola, incitándola a obedecer, a ponerse en marcha.
¿Sabría arreglarse? Se había abandonado tanto desde aquel día… Nunca supo qué fue del traje chaqueta tan elegante que se había puesto para afrontar una entrevista de trabajo de la que estaba segura saldría triunfante, una entrevista que sin embargo nunca se produciría.
¿Cómo iba a ir a aquella cita que parecía ponerle ante sí el destino con los cutres vaqueros o chándals con los que iba desde entonces?
¿Sería capaz de peinarse bien, de maquillarse siquiera? Pero si no veía, si no era nada.
-Vamos, señorita. Que hoy luce un sol radiante, que la primavera quiere que vaya a saludarla, a decirle que sí, que se está recuperando. Venga, arréglese. Con lo guapa que usted podría ser si se quisiera más.
-Anita, hoy te quiero pedir un gran favor.
-¿Sí? Lo que usted me pida, señorita. Que yo, por usted, haría lo que fuese por verla sonreír.
-Quiero que me ayude. Que me aconseje para salir a la calle e ir a la estación de manera decente.
-¿A la estación? ¿De veras que quiere que vayamos allí?
-Sí, y que saquemos dos billetes para… bueno, usted sabe bien para dónde.
-Ay, Señor Dios mío. ¿De veras que quiere hacerlo? ¿Será verdad que, al fin, va a superarlo?
-Bueno, lo voy a intentar. Es que hoy he soñado que alguien me espera al final, al otro lado. Y quién sabe, a lo mejor es verdad. Siento que debo intentarlo, confío. No sé, igual luego es peor, pero…
Las dos mujeres caminan a un tiempo con miedo y con esperanza, con dudas y con deseos. Ya se oye el bullicio de maletas de ruedas, de megafonías que anuncian salidas y llegadas, de cafeterías y tiendas, de gentes apresuradas.
A Clara María le tiemblan las piernas, le sudan las manos, se le humedecen los ojos. Pero Anita no la deja, le manda mensajes cálidos a través de su voz y sus fuertes manos de trabajadora.
-¿Está segura, señorita?
-No mucho, pero sí, vayamos a la taquilla. Hágase, debe hacerse.
Ya están en el tren, prestas a salir. Las puertas se cierran con el aviso acústico previo de rigor, unos pitidos agudos.
El traqueteo anuncia la marcha. Clara María se aferra a los brazos del asiento. Anita, la protege, le insufla fuerza, osadía.
El tiempo va transcurriendo, las estaciones se van sucediendo. Nada pasa, Clara María se va relajando sin apenas darse cuenta. Sus sensaciones hoy son muchas, tantas que apenas si puede fijarse en ellas. Seguramente la ceguera las hace más intentsas. Tendrá que acostumbrarse a ver con los otros sentidos. Imaginar, fantasear, fabular.
Y sí, han llegado. Hoy sí, no ha habido ninguna novedad, ni retrasos ni incidentes, ni gritos, ni estruendos, ni sonidos de sirenas. Todo está bien.
Están en el andén. Alguien se les acerca. Tiene aspecto de ejecutivo, seguro de sí, decidido, paso firme, hombros erguidos.
-¿Es usted Clara María Céspedes?
-Sí, ella es, responde la buena de Anita con sonrisa pícara.
-Señorita Céspedes, Clara. Hace un año, tú y yo debíamos encontrarnos para afrontar un proyecto profesional. Lo sé, no pudiste llegar, no te dejaron. Y, no obstante, hoy estoy aquí para poner remedio a aquel sinsentido. Para ofrecerte una segunda oportunidad. ¿Querrías…? ¿Crees que los sueños pueden cumplirse?
-Pero si no veo, si no valgo… Y, por otra parte…
La mano de Clara se dirige, con el titubeo propio del bebé que empieza a caminar, hacia aquel ser que la ha esperado., que le ofrece otra oportunidad. ¿Cómo resistirse? ¿Cómo negarse? Sonríe, siente que sí, que la vida vuelve a tener sentido para ella.

3 comentarios:

Francisco Rodríguez Tejedor dijo...

Precioso relato Alberto, que nos acerca, a los que vemos, al mundo, a la sensibilidad de los ciegos, a sus deseos y a sus esperanzas. Al final, creo yo, todos vivimos en la parábola de los talentos. En la que se nos asignan los medios y las circunstancias que marcarán, en buena medida, nuestra vida. Y, luego, tendremos que responder, proporcionadamente, a aquellos.
Un abrazo.

Alberto dijo...

Así es, Francisco. Lo importante es aprovechar esos talentos y sacarles el partido que nos ha sido dado. De lo contrario será inmoral e indigno no hacerlo.
Gracias por dejar tu huella en Tiflohomero.
Ya aguardo con ilusión a a poder leer / escuchar tu novela que tiene una pinta buenísima.
Cuídate y buen día.

amelche dijo...

Vaya... A veces (no siempre) la vida da una segunda oportunidad.

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