jueves, 17 de enero de 2013

Una respuesta ingeniosa: Galdós versus Pardo Bazán

Cierto es que hoy me habría gustado más poner una entrada en torno a los animales y sus historias, por aquello de que  hoy se celebre su día. Podría haber reivindicado su dignidad y protección, pero ¿qué queréis? Me he encontrado con esta anécdota de dos grandes de nuestra literatura y no me he podido resistir a compartirla aquí.
Benito Pérez Galdós especialmente, pero también Emilia Pardo Bazán, es uno de mis escritores favoritos.
Espero os haga tanta gracia como a mí leer la ingeniosa réplica con que despachó a la gallega condesa.
Y yo os diré: ¡felicidades! Que, al fin y al cabo, también somos nosotros animalicos, dicen que racionales, aunque a veces...

Conocida fue la relación amorosa que hubo entre Emilia Pardo Bazán (1851-1921) y Benito Pérez Galdós (1843-1920), pero también de dominio público la enemistad que llegaron a profesarse ambos.
En cierta ocasión, siendo ya mayores se encontraron accidentalmente en unas escaleras. Él subía jadeante y ella empezó a bajarlas.
Mientras se cruzaban ella le espetó:
-Adiós, viejo chocho
Pero tal y como lo soltó se dio cuenta que le había puesto en bandeja una magistral contestación a una de las mentes más brillantes de la literatura. Pardo Bazán aceleró el paso escaleras abajo, pero aún le dio tiempo a escuchar la réplica de su viejo e íntimo enemigo:
-Adiós, chocho viejo

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domingo, 13 de enero de 2013

El mejor pegamento



Después de haber disfrutado de un excelente monólogo teatral, en clave de comedia dramática, de la mano de Verónica Forqué, te envío mi cuento dominical de cada semana.
Retomamos, con él, un ejercicio literario que comparto con mi amiga escritora, Mercedes Pajarón, según el cual, de forma alterna, creamos el cuento a partir de 5 palabras que nos mandamos, el uno al otro, según le toque a cada cual. Esta semana, Mercedes me mandó las siguientes: coliflor, añoranza, calambres, pegamento y amor. La que viene le tocará a ella escribir y a mí mandar. Es muy interesante y motivador.
TE pongo el blog donde se encuentran recogidos dichos ejercicios:
Bueno, como siempre, que estés bien y feliz semana.

Rosalía deja vagar su mirada por los agrietados cristales de esa ventana que da, sabe Dios adónde. Tanto tiempo lleva haciéndolo, una eternidad, que las piernas acuclilladas empiezan a dolerle con calambres que no son sino alertas, cual sirenas ululantes.
¿Qué mira? ¿Qué busca? Tal vez a alguien que partió y le prometió volver; quizá, ese horizonte que sueña con conquistar para hacerlo suyo y apoderarse de la aurora; o, a lo mejor, a ese río, bueno mejor arroyo,  que encauza aguas y pesares padecidos en la aldea que la vio nacer.
Rosalía, tan ensimismada está en semejante contemplación, que ha olvidado retirar del fuego la coliflor que puso a cocinar en las brasas del mísero hogar.
Rosalía fue querida, era hermosa, alabada por su discreción y honestidad. Rosalía un día fue, pero ya no es. Al menos, así lo afirman quienes la conocieron.
  ¿Es ella realmente quien ha olvidado que algo quedó cociéndose a fuego lento? ¿O será la memoria lo que burbujea en la ardiente brasa?
-Paquito, el Pellas,  entra como un ciclón en la sala, la única pieza donde se está calentito, pese a los efluvios a guiso y lumbre. Paquito, el chicuelo de la Blasa, el hijo del Andrés, el más travieso y valiente, el rey de la escuela y emperador de cuevas y covachas.
Tan rápido ha entrado que no se ha fijado en Rosalía, cómo hacerlo si siempre está ahí, cual muda estatua de sal. La ha derribado y ha hecho lo que nadie creyó que pudiera hacerse: le ha roto el corazón, se lo ha fragmentado en pedazos. El corazón y más.
Ah, ¿Que es verdad que era una figura de sal? Algo yerto y sin sentimientos?
Eso pensaban muchos ahora de ella. Y total, ¿por qué? ¿Porque no se modernizaba? ¿Porque sus palabras sólo hablaban de añoranza y nostalgias?
Alguien acude raudo al escuchar el alboroto. ¿Quién será?
¡Un apuesto galán! El viejo del Olivar, el que a todas despreció siempre, encaprichándose a placer de doncellas y casadas. ¿Qué pinta en el mísero cuartucho de Rosalía?
Los moradores de la casucha del río se avergüenzan, querrían vestir las paredes con trajes de papel nuevo, las sillas con zapatos de madera pulida y el suelo con alfombras de la Persia. Pero nada de eso pueden hacer, únicamente cerrar los ojos y esperar a que marche cuanto antes.
 -Nuestra niña se ha muerto, señoría. Nuestra niña se ha partío. Que el Paquito nos la ha desgraciao. Ay, qué pena más grande, qué dolor.
Y el antiguo galán, nunca nadie lo supo, a una niña quiso como a ninguna otra, pudo que fuera una de tantas hijas suyas de debaneos y asaltos. Poco importa. Rosalía, aquella niña guapa que fue, conquistó un corazón inconquistable con sus ojos y su risa.
-¡Quítate, Blasa del demonio! Vengo con el pegamento que devolverá a la vida a este tesoro.
-¿Un pegamento, dice usted?
 -Sí, el mejor de todos.
-Pero si…
-Sí, el pegamento que tiene por nombre…
-Blasa, déjale hacer, mujer. Que nada hemos de perder.
-¡Amor!
Y el viejo galán del Olivar, con mano diestra de tocares expertos, vierte una pasta fina, aquí, allá y acullá y la que fuera guapa, pero ahora ya no lo es, revive, como flor que se abre al sol.
 Y, ¿saben qué? Que Rosalía desde ese día ya nunca más volvió a mirar por la ventana. Ahora miraba otro norte: miraba los ojos del Paquito, sí, los del rey de la escuela y emperador de cuevas y covachas.
Y el viejo, y la Blasa y el Andrés sonrieron cómplices de nuevo.
Pronto, en la aldea, las campanas de la torre de la iglesia tañerían a fiesta, la de la boda de la Rosalía y el Paquito, sí, ¿verdad que sí?



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sábado, 12 de enero de 2013

Premios para Huellas de luz

Buen día de sábado ya de rutinas postnavideñas.
Quiero compartir contigo estos logros de "Huellas de luz" que, para mí, su padre creador, son todo un orgullo. Sé que te alegras tanto como yo y que, por lo que me aprecias, y apoyas, quiero compartir contigo.
¿Qué mejor manera de comenzar 2013, año de trece que crece.
Gracias a Ramón y a Luis por vuestras palabras, gracias ilusionadas de corazón.

El presidente de la Fundación Alaine, Ramón Herrera, me cuenta:
La próxima semana llegan los primeros paneles solares de la Fundación Alaine al norte de Benín. Con ellos y gracias al apoyo de Alberto Gil, se comenzarán a extender por allí "Huellas de Luz" para que los niños y niñas puedan estudiar, para que funcionen ecógrafos e incubadoras, ordenadores en aulas informáticas, pequeñas bibliotecas,...
Así, Alberto dará luz a muchos niños y niñas que por no tener corriente eléctrica y vivir en un país pobre cercano al ecuador, no pueden estudiar ni hacer sus tareas escolares por la falta de luz.
 ¡Gracias Alberto por compartir algo tan precioso como la luz!

Por otro lado, pego artículo escrito por Luis Pla en su página de homenaje a Facundo Cabral http://www.facundocabral.info/rincondepla-texto.php?Id=531
Bajo el sugerente título de HUELLAS DE LUZ, presentó en su momento Alberto Gil, su libro tan aleccionador como enigmático que ahora ha llegado a mis manos. Un ciego nos habla de la luz a todos los videntes para demostrarnos que, viéndolo todo, nuestra principal ceguera la llevamos implícita en el alma. Como digo, leer a Alberto Gil es una bocanada de aire fresco para nuestra alma, una reflexión en el camino y, sin duda, una forma de darle gracias a Dios por todo lo que tenemos y, ha tenido que ser un ciego el que abriera nuestros ojos.
HUELLAS DE LUZ no es otra cosa que un compendio de ensayos breves que, desde el primero hasta el último, el lector queda cautivado por el mensaje que Alberto Gil nos regala. Cuentos escritos desde la sombra como los define el autor, sin duda, calarán en el corazón de todos los afortunados que tengan la suerte de disfrutar de este libro, lección impenitente de la que tanto aprenderemos.
Alberto Gil, en HUELLAS DE LUZ, saca de su interior sus más bellos logros, todos ellos, traducidos en letras fantásticas puesto que su narrativa emociona, cautiva, reflexiona y, como antes decía, nos hace “ver” la realidad del mundo desde distintos puntos de vista, siempre, aferrado a sus personajes; los que él ha creado, los que ha conocido y con los que ha vivido. Este hombre apasionado por la vida ha sabido mostrarnos su faz más hermosa mediante su “visión” de ese mundo que imagina y que, por el contrario, tanto le apasiona. Alberto, como digo, no puede ver; pero puede sentir, amar, escuchar, oler, intuir y, sin duda, su mundo es infinitamente más bello del que jamás podría imaginar.
Me quedo, lógicamente, con todos sus relatos, pero hay uno de ellos en que, un ciego por accidente, empecinado por seguir hacia delante, es capaz de construir su propio futuro, -caso del autor- hasta es capaz de asombrar a su esposa que, incrédula ante las actitudes de su marido ciego, cuando éste acude al supermercado para hacer la compra, ella le sigue para ver sus “maniobras” y, posándose junto a su marido en dicho centro comercial, creyendo que él no la “veía”, por el olfato, él le espeta: “Por qué viniste, mi amor. ¿Creías que no podría hacer la compra? Genial dicho relato; genial todo el libro.
Mientras tengamos cerquita de nosotros a personas como Alberto Gil, además de darle gracias a Dios por todo lo que tenemos, comprenderemos nuestra riqueza y, sin pensarlo dos veces, cuando Alberto pase por nuestro lado, irremediablemente tendremos que echarle el sombrero a sus pies para que lo pise, sencillamente, para que nuestro ego quede aplastado por completo y para siempre.
Recuerdo que, en una de nuestras conversaciones, antes de que yo leyera su libro, el autor me dijo tras dicha lectura, que procurara ser crítico sin medida. Y lo he sido, lo confieso, hasta el punto de que, por lógica, aquí no cabe la crítica, más bien la admiración total hacia un ser que, con sus acciones, sin pretenderlo, nos aporta lecciones que nunca habíamos soñado. Recordemos que, cientos de millones de personas que se embelesan mirando una puesta de sol, dotados de todos los sentidos, han sido incapaces de escribir un libro y, el ciego Gil, como yo le digo, nos ha escrito un libro para hablarnos de la “luz”. ¿Cabe milagro más grande?
Como diría Cabral, ¡qué bien que te llames Alberto, amigo! ¿Por qué? Dirías tú. Muy sencillo. Para que todos, tras leer tu libro, podamos decirte, ¡¡¡¡gracias, Alberto!!!! Te queremos.

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jueves, 10 de enero de 2013

Tres historias del día a día laboral



Con vocación de hacer sonreír, cuento tres sucedidos de esta mañana en el trabajo, eso sí convenientemente deformados por ojos de cegato guasón.

¿Estaba muerto?:
A la sufrida operadora (conste, no cirujana) llega un correo electrónico que reza (uuumm): “El cliente está fallecido.”
Vaya, se dice, y por qué  no lo indica el programa, entonces. En fin, ¿qué hacer? ¿Darlo por tal? ¿Indagar cual sagaz detective?
Descuelga el teléfono y cuenta el caso a quien puede informarle de primera mano, esclarecerle el dilema.
“Qué va”, le dice la persona preguntada. Está vivo y bien vivo. Es sacerdote y vive en tal colegio religioso.
Vaya, ahora llamará al colegio para averiguar la razón de que hayan sido devueltos unos envíos aduciendo semejante villanía.
-Buenos días, quería hablar con…
-Soy yo, servidor. ¿En qué puedo ayudarle, señorita?
La operadora operaria sale del paso con su profesionalidad veterana, pero se pregunta:
“¿Habré hablado con un muerto? ¿Sería el cielo adonde he llamado?
Y el buen señor sin tener ni idea de que algún “listillo” (entre comillas) lo diese por muerto dejándole a dos velas y sin lectura.

Va de reglas:
Se ve que hoy me había levantado con el pie curiosón. El caso es que me he empeñado en aprender a crear una regla en el gestor de correo electrónico para que éste, solito, mande los mensajes aquí y allá, cual guardia de circulación cibernético.
El caso es que la cosa se me ha resistido y he pedido ayuda:
-Quiero tener una regla.
-¿Una regla tú? Pero si decías que estabas ya pitopáusico.
-No, el que tiene que tenerla, es el correo.
-¿El correo con la regla? Ummmm. ¿Qué usará cuando la tenga? ¿Compresas? ¿Tampones? ¿Y dónde se los pondrá? ¿En la raja para meter los CDs? ¿En el botón de arranque?
En fin, al final, después de mucho zarcear y cacharrear lo he conseguido. Y yo tan contento con haberle puesto la regla al ordenata de mis dolores.

Teléfonos despistados:
Mis cuatro compañeros que atienden las llamadas de los clientes andan peleándose con sus aparatos, digo los telefónicos, desde hace tiempo. El caso es que unas veces es el teléfono, otras la base, otras los cascos y la última las pilas.
Total que hoy han pretendido controlar y unificar los distintos modelos.
-¿Tú qué tienes?
-Ni idea.
-¿Y tú?
-A mí no me lo toques ahora que funciona, por fin.
Otro ni contesta, ensimismado en su mundo.
Y la otra que saca la pila a pasear, la pila del teléfono, no la bautismal. Y aún que no es señor, que sino igual le da por sacar la pilila.
El caso es que la controladora telefonera se ha ido bufando rauda camino del despacho del jefe, a ver si él era capaz de poner orden.
¿La solución? Tabla rasa. Todos lo mismo y no se hable más.
¿No se hable más? Bieeen, así no cogeremos el teléfono y tan campantes.
En fin.
Ya veis, historias del día a día.
Otro ídem, os contaré la historia de la chica que iba para duquesa y se quedó en ciega.

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lunes, 7 de enero de 2013

Dos parroquianos



Buenas noches y feliz semana ya de vuelta a rutinas de siempre, de nuevo año.
Que mi primer cuento de este 2013 siga siendo capaz de alegrar vuestros despertares.
Con los mismos cariño y agradecimiento de siempre.

Una humeante jícara de loza azul, ribeteada de una cinta dorada y pintada con motivos florales humea con su espeso chocolate, cómplice de dulces promesas. Es portada por la recia mano de una mujer fuerte, resuelta y de rotundo porte.
Una mesa de mármol negro soporta lo necesario para dos. Su estructura es de forja y en su derredor se hallan dispuestas dos sillas de época. El lugar podría ser uno de esos antiguos cafés en los que hubo tiempos para conspirar y ahora han quedado como reductos de tertulias literarias, y charlas de amigos que se emplazan en semejante emporio de sempiternos encuentros.
La jícara aguarda a ser servida por la camarera que, sonriente y profesional, la ha llevado hasta allí, junto con el resto del servicio, incluidos unos panecillos tostados y unos bollitos de nata recién rellenados.
Dos hombres mohinos, ataviados de negro, levita y bombín, se han citado. ¿Por qué allí? ¿Qué más les habría dado hacerlo en cualquier otro lugar?
-Desesperado, anda, di a la doncella que derrame el chocolate.
-Triste, no sé si hacerlo, que no quiero verte sonreír. No vale de nada esperar ni siquiera tu mueca risueña o un placentero sabor.
Desesperado y Triste son dos de los muchos parroquianos que hasta allí han llegado. Han querido juntarse para no autocompadecerse como suelen hacer. Lo que pasa, es que esa tarde nadie está dispuesto a escucharles ni a hacerlos suyos. Esa tarde, en la ciudad todo es alegría, risa, esperanza y futuro.
   La camarera, harta de horas en pie aguantando prisas y caprichos, no tolera diatribas de dos viejos depresivos. Llena las dos tazas y se marcha para seguir derramando su negro brebaje entre la bulliciosa concurrencia.
-¿Hoy no tienes a quien helar la sonrisa?
-Tampoco tú tienes a quien arrasar la esperanza?
-Nada, todos se resisten a mi realismo de negro color.
-Y al mío de desteñido verde.
-¿Qué haremos, entonces? Hemos fracasado, nada nos queda ya que hacer en este idílico paraíso.
-Bebamos, al menos. Y que ardan nuestros labios yermos de risas.
Una niña aparece por la giratoria puerta del establecimiento. Tiene voz cantarina y se adorna de campanitas en los tobillos. Da palmas y reclama atención:
-¿Querrán que les cante unna alegre tonada? ¡Es Navidad y Jesús ha nacido!
Que cante, que cante, exclama la muchedumbre entregada.
-Bah, por lo bajo rumia alguien, otra pedigüeña más.
 -Hay otro, además, claro,  que se limita  a sorber y agriar el ceño.
La chiquilla se ha ganado con su voz a todos. ¿A todos?
Triste ha claudicado, muy a su pesar. En sus labios, untados de goloso marrón, se ha esbozado una sonrisa, ¡increíble maravilla!
Y Desesperado no puede acallar unas palabras que no sabe de dónde surgirán:
-Mañana quiero volver a escucharla.
La rapazuela se aproxima ahora a ellos pidiendo su estipendio. No puede saber que esa última mesa a la que llega acoge a dos raros personajes. No puede saberlo porque su ceguera se lo ha impedido ver.
Triste y Desesperado dudan acerca de cómo proceder. Querrían decirle que debe estar como ellos, pero su genio, su voz, su figura les hace desistir.
¿Te apetecería sentarte con nosotros? Te invitamos a chocolate y bollos.
-¿Serías capaz de enseñarme a cómo sonreír?
-¿Querrías decirme de qué color es la esperanza?
-Ah, la sonrisa es como burbujas de una cascada y la esperanza es como el arco iris. ¿No lo saben ustedes acaso? Si es tan fácil. Solo hay que saber mirar con el corazón. Será que como yo no puedo mirar de otra forma… Vaya, que es mu requetefácil.
Un largo rato después, cuando ya el centenario establecimiento va a echar el cierre, aquellos dos cenicientos hombrecillos salen llevando, uno de cada mano, a esa niña que ha obrado el milagro de metamorfosearlos, simplemente con su ingenua sabiduría de ciega que, como tantos otros como ella, descubren la esencia de la ilusión, cada día.

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viernes, 4 de enero de 2013

Mi carta a los reyes Magos 2013



Apreciados Reyes Magos:

¿Llego tarde ya? ¿Aún estoy a tiempo de enviaros esta carta? Seguro que todavía la leéis. Allá va.
El pasado año dije que me habíais traído un talonario de vales por la Amistad. Ese talonario ha sido cumplimentado con nombres nuevos en 2012, qué gran riqueza es ésta. Mientras con crisis se nombraba casi todo, yo he sido rico en amig@s y triunfos. Ya lo escribí el pasado 21 de diciembre.
Entonces, ¿cómo pediros algo? A vosotros que tanto os piden, hasta a mi no dejan de pedirme por doquier y por donde transito, no sé. Me da un poco de vergüenza.
  Pero como sois magos mágicos, al final me decido, confiado en que no será carbón la respuesta que reciba sino dádivas.
Querría que me trajerais…
Servir de estímulo a alguien que se encuentre triste, ayudar de verdad. Fue maravilloso impartir, junto con Elena, mi testimonio a reclusos de Alcalá Meco y sentir que les llegamos al corazón. Algo así. Más allá de ofrecer, no lo que me sobra, sino compartir algo de lo que tengo en forma de donativo, querría que me fuese concedido hacer algo por los demás de verdad, en persona, directamente. Dejadme dar luz.
Subir en globo, claro que sí. Saber cómo se percibe el horizonte a oscuras, notar el vacío, escuchar el silencio. Que esto sea tan inolvidable como aquello de tañer una campana. Que sea viaje, más viajes sí sí porfa, viaje sí, pero viaje compartido con quien ya sabéis.
Pido cultura en la forma que mejor sea. Un concierto como el de José Luis Perales, una exposición como la del Anuncio de la Modernidad, un musical con nombre de “Sonrisas y lágrimas”.
Pido acariciar, ver con mis manos, entregarme con ellas: la corteza de un árbol centenario, una melena, una mejilla, una flor. ¡Una maqueta a la que le levantan la vitrina!
Buenos libros, buena charla, buen té, buena mesa. Os dejo elegir, seguro que pido mucho, pero…
Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, traedme ilusión para ilusionar, sonrisas para regalar, sueños para enseñar a soñar, retos que superar, humildad, sencillez.
Sigo creyendo en vosotros, en lo que simbolizáis y representáis. Que al recibo de la presente os encontréis con ánimo, que lleguéis a todas partes, pero sobre todo a los rincones donde mayor oscuridad hay, porque con vuestra luz haréis felices.
Yo aguardaré vuestros presentes a lo largo de mi futuro 2013. Sé que, como siempre, algo me traeréis y, os lo aseguro, no lo devolveré al día siguiente. Lo guardaré conmigo, en esa memoria que es también luz.
No sé, me gustaría ser yo también un poco Rey Mago, ser portador de alegría, de pellizcos en almas aún ingenuas de niñ@ grande, de estímulo y ejemplo.
Gracias, gracias por vuestra paciencia, por no cansaros con tanta petición.
¿Me dejaréis, al menos, poder volver a escribiros en 2014? Sé que sí; así que… ¡hasta entonces!
¡Feliz cabalgata! ¡Feliz reparto!
Un apretado abrazo de ilusión y magia, de sueños y sonrisas.





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jueves, 3 de enero de 2013

"Le conocieron": a modo de homenaje a Louis Braille



Quiero compartir contigo este pequeño relato mío con el que pretendo recordar la figura egregia de Louis Braille, de cuyo nacimiento mañana se cumplen 204 años.
Para él mi máximo respeto y admiración, mi deuda por su legado y ejemplo.
Va por él y por los ppuntos que gestó.

-No lo creerán pero yo jugué con él. Soy Amélie Blanchart y ahora desempeño un importante puesto en la Corte de la emperatriz Eugenia como camarera mayor.
-A mí tampoco lo harán si les digo que yo estudié con él y que fui compañero suyo en el Colegio. Soy Pierre Henry y andando el tiempo escribiré su biografía.
-Pues anda que a mí… que fui afinador de pianos en Saint Nicolas cuando él era organista allá por 1833. Señorías, respondo al nombre de Alphonse du Roi y ya casi ni oigo, estoy muy viejo ahora, aunque bien que ejercí mi profesión en las mayores iglesias de la patria con honores y el máximo respeto de canónigos y arzobispos.
Los tres que nos hablan aquí han tenido, o así nos lo dice la imaginación, relación con el genio de la luz, los tres le conocieron, háganme caso. ¿Hacer caso a un duende? ¿Cómo ha de ser eso? Jejeje.
-Yo recuerdo cómo sufrieron sus padres ante el accidente, cómo su hermana le llevaba de la mano a los oficios religiosos o por las arboledas y prados. Qué listo era. Si una niña como yo, a sus 14 años puede enamorarse, yo lo llegué a amar. Verle su mirada velada pero soñadora, su entereza imperturbable, su cabezonería con aquellos ensayos suyos era maravilloso. Me gustaba contemplarle, sentado junto al castaño de la plaza de nuestro pueblo, delgado, reflexivo, sereno.
  -Yo recuerdo cuando le conocí. Era un chico despierto, inteligente. Le costó adaptarse a aquellos muros lóbregos y húmedos del colegio, con sus interminables recovecos de escaleras y pasillos; en cambio, pronto dominó las reglas que los maestros nos inculcaban con aquellos libracos gigantes de letras para ser tocadas. Cómo olvidar el día en que el capitán Barbier mostró su idea. Todos percibimos en nuestro compañero un fuego nuevo. Ver, no veríamos, pero ese fuego… ¡era increíble la pasión con que se puso a la tarea.
-Yo, a mi vez, le escuchaba tocar con manos maestras, era una delicia sentir el arrebato de las notas que salían de su alma acercándonos al creador.
-Qué pronto enfermó. Cómo le costaba respirar. No, no se quejaba nunca. Era un ejemplo para todos, siempre animoso y ofreciéndose para ser amigo, consejero cercano, padre.
-El día que  murió los Reyes Magos vinieron a buscarle para llevarlo con ellos al cielo. Una estrella con forma de puntitos luminosos, seis, nació entonces para siempre.
-Es verdad, ese día se obró un gran milagro, bueno antes habíanse producido otros con él como actor: los ciegos veríamos a través de los dedos, gracias a él y su invento, seríamos arqueólogos de la palabra iluminando letras hechas de puntos.
Doncella, amigo y artesano recuerdan, lo han adivinado ya, ¿verdad? A su admirado Louis braille. Nos encontramos en 1870, es 4 de enero. Dos días antes, Napoleón III ha convertido su imperio en monarquía constitucional. Muchos otros hitos históricos acaecerán ese año: nacerá un tal Lenin aunque fallecerá Charles Dickens, París será sitiado por tropas prusianas  y morirá asesinado un general español, Juan Prim.
Todo eso ignoran los tres reunidos ante la sencilla tumba del cementerio de Coupvray, han unido sus manos en señal de recuerdo y respeto al tiempo que comparten sus vivencias y anécdotas. En medio de la nostalgia y la memoria, a un tiempo, alguna lagrimilla y otra sonrisa tenue quieren escaparse de ellos.
¿Y yo? ¿Quién creen que soy? Un testigo, un discípulo, un duende. No saben que les he escuchado, no me ven pero estoy allí. He llegado de lejos, mi tiempo es otro. En mi presente las máquinas son las que mandan; la prisa, impera; mucho ha cambiado todo. Bueno, todo no. Los puntos que Louis Braille creó siguen vivos, mantienen su presencia imprescindible y hay aún gentes que los usan. Al maestro de Coupvray le siguen recordando muchos ciegos y ciegas de mi mundo.
¿Y saben? Hay un señor que se ha empeñado en dejar su huella de luz dándonos vida a mí y a los personajes de esta historia. ¿Y todo para qué? Para expresar sus sentimientos en forma de fantasía, sentimientos de gratitud, admiración y homenaje.
Yo, por algo soy un duende, me he subido a lomos del punzón con que aquel chico de 16 años practicó incisiones en un recio papel y se lo he traído de regalo desde aquel taller de guarnicionería en que algo increíble pasó: un niño que ve se queda ciego pero ese ciego acabará por enseñar el verdadero significado de la palabra luz.
-Uy, ¿qué tengo aquí? Anda, si es un punzón. Qué chulo, qué agradable es su tocar, ¿Quién me lo habrá traído? ¿De dónde habrá salido?
-Vamos, Amélie. Deja que me coja de tu brazo. Vayámonos, volvamos al lugar de donde salimos, al país de la ilusión. A lo mejor allí… Louis…
-Sí, en Ilusión lo encontraremos, rodeado de gente, como siempre, con su pauta y su punzón, escribiendo, leyendo, creando, iluminando.
-Me marcho, me marcho aprisa antes de que Albertito se dé cuenta de que ese punzón se lo ha regalado… doña Rosalena, la guapa que siempre calla. Adiós adiós que me cuelo por la rendija de esa fina pared que separa realidad e imaginación. Hasta la vista. Ah no. Que a los ciegos no se les dice eso, ¿o sí?



    
    
     
  



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