domingo, 11 de diciembre de 2011

El campeón de ajedrez

Tras la celebración de santa Lucía, nuestra patrona, vaya aquí mi cuento semanal.

Que vosotras y vosotros alcancéis también el triunfo que merecéis en vuestra cotidianeidad.

Con cariño, ¡Feliz Santa Lucía!

Andrés de la torre y Rey, ahora don Andrés, de niño Andresín, supo, por fin, que había llegado su hora, el momento del triunfo, de la meta nunca imaginada. Y es que ese día recibiría el galardón de campeón mundial de ajedrez a ciegas. Sentiría que los fisher o Karpov se harían para él palpables, se le igualarían.

Tras horas y horas de adiestramientos, de aprender a moverse por el tablero con las manos, de buscar dónde ensamblar las piezas, de memorizar combinaciones de letras y números que designaban posiciones, de saber que las piezas negras se diferenciaban de las blancas por un punto que sobresalía en la parte superior de la figura, había logrado ser el mejor en eso de los enroques, mates y estrategias de salida y ataque.

El misterio se resolvía al fin. Y es que cuando, notó los primeros síntomas de ceguera, de camino al médico oculista, se topó con un curioso espectáculo. Un gordinflón charlatán anunciaba a voz en cuello el prodigio de su canario. Él, tan racional siempre, pensó que aquello eran papanatadas de ingenuos supersticiosos, hechos a los vaticinios de agoreros y gitanas. Y, sin embargo, no pudo escapar al destino. El simpar pajarillo se ocupaba de, con su pico, extraer de un cubo papelitos doblados con mensajes de porvenir, de futuro desvelado. Andrés quiso pasar de largo, pero el canario adivino le lanzó la bolita, sin él pedirlo y al caerle encima no tuvo mas remedio que pararse. En ella aparecía la figura de un rey negro tumbado, abatido, derrotado. ¿Qué significaría aquello? Él ni era rey, aunque sí de apellido materno, ni aspiraba a ninguna corona de las de sangre azul. Así quedó todo, se burló y avanzó. Bastante tenía con la zozobra de un diagnóstico que se intuía irremediable, inexorable.

Así fue. La ceguera se anunciaba inminente, irreversible, definitiva. ¿Qué hacer? ¿En qué quedarían sus sueños de emular a los grandes baloncestistas que, con sus triples, tapones y mates, emocionaban sus noches de televisión? ¿podrían los ciegos jugar a baloncesto? Seguro que no, ¿cómo iban a encestar sin ver? Sería de las primeras cosas que preguntaría al ir a la organización de ciegos a la que le recomendaron que acudiera lo antes posible.

Así lo hizo. Le hablaron de técnicas guía, de movilidad, de vida diaria y, cómo no, de actividades de ocio. Le informaron de que los ciegos participaban en algunos deportes, que lo podían hacer como mantenimiento o a nivel competitivo, que era muy necesaria su práctica para desarrollar el equilibrio, la superación y la orientación, que le invitaban a que se apuntase cuanto antes, que estaban inventadas técnicas para su disfrute, que no se preocupase, que podría integrarse. Le dieron un nombre: Pablo. Éste sería quien le daría todos los detalles.

-Buenas tardes, ¿eres nuevo, verdad? ¿Qué te gusta hacer?

-Pues, bueno, no diré a ver porque yo ya de ver, nada de nada.

-Bueno, nos entendemos. Dime, dime.

-yo querría… Seguro que es una tontería.

-¿Sí?

-practicar baloncesto. ¿A que sí, a que es una tontería?

-Hombre, tontería, tontería; no es. Pero al baloncesto no va a poder ser. Puedes hacer atletismo con guía, ciclismo en tándem, fútbol-sala con balón de cascabeles y hasta tiro con carabina, con sonido para que apuntes bien. Pero baloncesto, no. También está el ajedrez, que a lo mejor te vendría bien en estos momentos, además del gimnasio para que vayas poco a poco, o la piscina si quieres. Hay también senderismo y montañismo con barras direccionales que te ayudan y goal-bal, que tampoco está mal.

-No sé, probaré el gimnasio y el ajedrez.

Y un jueves de principios de trimestre, allá que se presentó con su chándal nuevo y sus buenos propósitos recién estrenados. Algo de duda también le acompañó en aquel su primer día. ¿Qué iba a poder hacer él si no era más que un pobre cegatón?

Y es que en los pocos meses que llevaba ejerciendo de ciego, había sido tanta la avalancha de noticias,

Propuestas y novedades que aún no le había dado tiempo a asimilar todo aquello que le iban contando unos y otras. Eso si, había descubierto que aun no viendo había quien no paraba de zascandilear de acá para allá. ¿Llegaría también para él el día en que sería capaz de hacerlo también? Lo dudaba, aunque quién sabía.

Y desde aquellos lejanos, y traumáticos, inicios llegaba este momento de gloria. Los medios de comunicación difundieron la noticia: por fin España iba a gozar de un campeón mundial de ajedrez, toda una proeza. ¿Qué importaba que fuese ciego el protagonista? La hazaña era memorable y pasaría a los anales del deporte patrio.

Y Andrés, don Andrés, se sintió feliz, pleno. Aquel último movimiento en que dio jaque mate al rey negro constituyó, para él, la más increíble e inverosímil de las jugadas que ninguno de los grandes baloncestistas lograría jamás.

Dos sonoros besos y el roce de una sedosa melena de mujer le confirmaron en esa idea. ¡Era el campeón! ¡Lo había logrado! Guuuaaauuuuuuu

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