miércoles, 17 de agosto de 2011

Félix Rodríguez de la Fuente en el recuerdo

Estos días, en esa Meseta castellana que me vio nacer, se ha desvedado la caza menor. Es tiempo de ilusión de los cazadores, los de verdad, los grandes amantes de la naturaleza. Y a ellos, en mi casa, mi abuelo lo fue y mi hermano ha sabido seguirle con esa misma dedicación, quiero dedicarles estas entrañables palabras del maestro Félix rodríguez de la Fuente. Buena caza.

"En el Norte de la provincia de Burgos, en el límite de la meseta, antes de que la severa orografía de Castilla se desplome hacia el mar por el fragoso escalón del sistema cantábrico, existe un anchuroso páramo: tierra rigurosa de pastores y de lobos, alta ruta de pájaros viajeros; fue la más fascinante escuela en los días de mi infancia.
Deambular por la llanura, acechar, descubrir nuevas formas y manifestaciones de la vida, era para mí un placer atávico, viejo y vital como la misma humanidad. En otoño, me pasaba los días tratando de sorprender a los patos salvajes. Y no para cazarlos, pues por aquel entonces no conocía yo el manejo de las armas. Era algo mucho más imperioso: quería verlos de cerca, saludarlos con mi mirada atónita; quizá, descubrir el secreto de su misteriosa atracción. Porque los patos salvajes siempre me han emocionado. Sus formaciones geométricas en el cielo de otoño, su tenso vuelo hacia las tierras de invernada, despertaba en mi espíritu indescriptibles nostalgias y ansias de nomadeo.
Ciertamente, mi situación no podía considerarse como normal, ni siquiera segura para un niño de 11 años: calado hasta los huesos por la fina lluvia, temblando de frío y ansiedad, entre los carrizos de una charca perdida en el páramo, a muchos kilómetros de mi casa, me sentía sin embargo, el más feliz y triunfante de los mortales. Porque ellos estaban allí, a pocos metros de mi escondite, tan cerca que podía distinguir el verde metálico de sus cuellos y los anaranjados picos. Al fin, lo había conseguido. Tras media hora de arrastrarme por el suelo pedregoso, veía de cerca a mis admirados viajeros.
Lleno de júbilo, salté hacia delante: grité. Y toda la bandada se puso en vuelo, con extraño clamor, salpicando mi rostro las gotas de agua proyectadas por sus alas. Entonces, un silbido creciente lo dominó todo. Una masa grisácea cayó como un proyectil hacia el centro de la bandada y chocó con uno de los patos, derribándolo en tierra, envuelto en una nubecilla de plumas.
Con asombro, me percaté de que aquel bólido mortífero era realmente un ave, que ascendía tan rauda e inesperadamente como había bajado.
Corrí hacia el abatido pato y tomé su cuerpo entre mis manos; era macizo, fuerte, pesado…, estaba muerto. Miré hacia el cielo, y allí, en lo alto, volaba en círculos el poderoso cazador, ya sólo un punto entre las nubes.
Absorto, apretando fuertemente su presa entre mis brazos, comprendí que había un ser superior a cuantos yo había imaginado: veloz, para herir como el rayo; fuerte, para quebrar de un golpe el vuelo del pato salvaje.
Solo, inmóvil, acepté con humildad el regalo que la naturaleza acababa de ofrecerme; ignorando que miles de años antes, un cazador del lejano neolítico recibiría en parecidas circunstancias la inspiración que le hizo concebir el más noble e increíble arte de caza: la cetrería.
No fue fácil el camino que hubo de recorrer el niño solitario del páramo para resucitar arte tan sutil, en un país donde su práctica había desaparecido totalmente desde hacía más de un siglo. El relato de sus trabajos llenaría todo un libro. Pero no ha de ser este libro. Prefiero escribir aquí todo lo que hubiera necesitado saber, hace veinticinco años, para ahorrarme tantas fatigas y desvelos.
La práctica ininterrumpida de la caza con aves nobles, la lectura de casi todos los libros antiguos o modernos que se han escrito en el mundo, los viajes hasta los países donde la cetrería se practica con más pureza, y sobre todo, mi gran amor a las aves de presa, me confieren la necesaria audacia para tocar un tema de tan vieja raigambre y alcurnia literaria.
[…]
Rodríguez de la Fuente,Félix. Prefacio en El arte de cetrería. Ediciones Nauta, Barcelona, 1965

1 comentario:

Marina-Emer dijo...

http://www.blogger.com/profile/13670790681317187793

Alberto yo te dejo un enlace creo que lo hice bien el de Piedad esa amiga mia ciega muy buena amiga mia y escribe poesia
un abrazo y feliz domingo
Marina

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