lunes, 9 de abril de 2012

La familia Tiempo

Con el deseo de que hayáis disfrutado de unos días de Semana Santa en los que algo nuevo se haya cruzado en vuestras vidas, preludio de emociones para el recuerdo, certezas de un presente de luz y augurio de un futuro ilusionante, vaya aquí mi cuento semanal.

Que estéis bien.

Como siempre, con cariño y de corazón.

Esta fue, es, será, la historia de la familia Tiempo. Una familia integrada por el matrimonio don Reloj y doña Clepsidra, y sus vástagos: Mañanita, Futurito y Porvenir.

A los cinco les encanta eso de correr. Siempre van deprisa, muy deprisa. Aunque, a veces, algunos crean que aminoran su marcha y se detienen. No, no; nada de eso. Ellos nunca se paran. ¿O sí?

Cuando esta narradora, otra de tantas veces en que lo ha hecho, se encuentra con ellos, galopan a toda máquina. Tanto, que casi no puede alcanzarles por muy avispada que se muestre en su intento de charla.

-¿Dónde van tan apresurados?

No le responden, siguen su loco caminar hacia un horizonte sin fin, lejos lejos lejos.

Recuerdo entonces, pensativa, perpleja, mientras contemplo cómo se alejan, la primera ocasión en que tuve noticia de esta inefable estirpe.

Me encontraba en una discreta tienda de antigüedades de una estrecha calleja de la zona vieja de Atenas. Había ido en busca de Clío, la musa de la Historia. ¿Que por qué? Pues ni más ni menos, porque soñaba con el reconocimiento a mi labor de descubridora de glorias pasadas, quería tener su bendición con el patronazgo del gran Tucídides.

Fui allí porque alguien, qué importa quién, me aseguró que ése era mi lugar, mi puerto al que arribar.

El dueño, un hombrecillo, oscuro, seco, apergaminado, quiso entretenerme, distraerme con zalamerías y cuentos de cifras, fechas, datos. Mientras yo me resistía a su cháchara, buscaba y buscaba, miraba en mi derredor y entonces, entonces les vi.

Estaban juntos. ¿Qué pintaban allí? Sí, claro. Historia y tiempo, años, siglos, eras del pasado.

Y luego me los encuentro de cuerpo presente, cuando acudo a cierta antigua catedral polaca. Allí están, al lado de una escultura de un tal Copérnico. ¿Qué hago allí? Tratar de encontrar al mago de las estrellas, a aquél que me enseñe a detectar las que simbolizan sueños por cumplir para abrazarlas y hacerlas mías.

Ah, y cuando la echadora de cartas, a la que visitaré, después de ese viaje copernicano, me muestre el naipe en el que aparecerán. Son mi destino, me dice. Estoy condenada a vagar a su lado, inmortal, intemporal.

Vuelo tras ellos, en su persecución. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Extiendo mis alas de mariposa y vuelo, vuelo. Ya les diviso, allí están cerca del estanque, al lado del parque en el que suena la música de tic tac, cucu cucu, dong dong dong.

Un tiovivo da vueltas y vueltas.

Don Reloj aparece subido en la barquilla de las agujas pintada con números.

Clepsidra, por su parte, se zambulle en un baño acuoso sin fin, burbujeante, lleno de gotas que se reflejan en sus ojos.

Y los niños juegan al corro, tomados de sus manecillas, unidos a Aurora, Esperanza e Ilusión.

Ah, ¿Que cómo me llamo yo? Mi nombre es Imaginación, ¿lo habían adivinado?

Oh, ¿qué sucede? ¡Todo Está quieto! ¿Qué hacen?

Yo también me uno a su contemplación. Una pareja está abrazada, tan unida como si sólo fueran uno. Y tan apretados están que parecen no querer respirar, como si no les importara.

Pero sí, un soplo, una brizna de viento se interpone entre ellos y todo comienza de nuevo: música, giros, zambullidos, tiempo, tiempo, tiempo. La familia toma, de nuevo, las riendas de ese universo.

¿Y yo? Yo me he colado entre ese abrazo y les he soplado a sus orejas, fino fino: “seguid queriéndoos. Ellos nunca podrán con vuestro amor.”

¿Veis? Ya se van. Dejadles que sigan atropellados, mareantes. Vuestro abrazo es más fuerte. Es eterno.

¿Queréis que me quede con vosotros? Ay, ojalá pudiera. Adiós adiós adiós. Se me llevan, me arrastran, me absorven.

-Querida, ¿escuchaste?

-Sí, cari. Comprendí. Démosnos las manos. Hagámosle caso, venzamos al tiempo.

-Hagámoslo como dices, como ella dijo. ¿Qué importancia tiene un instante o un siglo si estamos unidos?

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domingo, 1 de abril de 2012

El monstruo


Buenas noches, días seguramente cuando leáis mi cuento semanal.

Que estéis bien y con buenas perspectivas de Semana santa.

A cuenta de la noticia de los incendios que últimamente se están produciendo, acostumbrados como estábamos a que esas tragedias se oyesen en verano, me surge la historieta de hoy.

Que os guste y que ojalá no tuvieran lugar nunca o que hubiese una pareja que las evitase, como sucede en ella.

El monstruo sabía que, irremisiblemente, el plazo estaba cumplido otra vez, que debería actuar de nuevo, devorarlo todo, engullir cuanto se le pusiera por delante. Sus fauces se tornarían colmillos ardientes y sus plumas se teñirían con el rojizo amarillento de siempre que ejercía como germen virulento de pesadillas, que la música que entonaría se compondría de tonadas a base de estrepitoso fragor.

Era su destino ser verdugo mas no era él el culpable si no quienes lo empujaban a la devastación insaciable y ésos, ésos tenían nombre de persona.

Él no quería hacerlo. Le dolía quemar. Sentía, tenía alma, aunque nadie lo creyera. Con lo feliz que era cuando sabía que ayudaba dando calor en las noches invernales, siendo transmisor de magia y misterio o cocinando ricos manjares.

Lo haría, claro que sí. Otro bosque mudaría sus árboles frondosos en espesas cenizas. El cobijo que aquéllos ofrecían se vería derribado para no volver a ser levantado en años y éstas serían manto frío de muerte y ruina.

Y mientras él se desperezaba y ponía en marcha, dos extraños personajes se reunieron. Extraños no porque lo fueran realmente, si no porque se salían del patrón de moda imperante en aquel país. Seres habitualmente distantes uno del otro: una ciega y un pintor. ¿Cómo se iban a entender? ¿Cómo iba a ser así? ¿Una ciega que contemplase las pinturas del pintor? ¿Un pintor cuyo mundo estuviera constituido por la negra oscuridad?

Y, no obstante hasta allí habían acudido. Se habían dado cita, sin ellos pretenderlo, en la alta planicie desde la que habitualmente se contemplaba lo mejor del horizonte, un mirador al que gustaban de subir paseantes, parejas de enamorados y curiosos observadores.

Ella, Victoria, escuchó pasos de alguien; supo que no estaba sola. Él, Triunfo, se fijó en la hermosura de la aparecida; ¿la tomaría como modelo para su próxima obra maestra? Sí, sí; quién mejor que ella.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

-Mi nombre es Triunfo. He venido hasta aquí porque unas sospechas alertaron mi habitual rutina. ¿Y tú?

-Yo soy Victoria. También a mí me guían las sospechas. ¿Serán las mismas que las tuyas? ¿Serán hermanas las unas de las otras?

-He visto en mi mente a Fuego en pleno cénit de su poder.

-He visto en mi mente a Fuego en el cénit de su poderío.

Los dos han pronunciado al unísono su visión, su certeza, su motivo de arribada.

-¿Qué haremos? –inquiere Triunfo?

-¿Qué si no? Dirigirnos a su guarida, conquistarle, vencerle.

-¿Vencerle? ¿Conquistarle? ¿Cómo habremos de hacer eso un humilde pintor y…

-Sí, ya sé; dilo: una inútil ciega.

-Bueno…

-Anda, deja que tome tu brazo y condúceme a donde yo te diga. Por cierto, ¿portas tu corona de laurel? ¿O la has dejado olvidada en tu morada? Si así fuera, deberíamos ir por ella. Yo, a mi vez, recogeré antes la antorcha que alguien dejó en un rincón ignoto.

Qué pareja: en medio del ocaso, una hermosa joven ciega que porta una antorcha y un fibroso entrado en años coronado avanzan firmes en dirección a la linde del gran pinar, orgullo de lugareños y estudiosos de la flora mundial.

Sí, allí está. Medio escondido alguien prepara una fogata. Se nota que su intención no es noble, sus gestos son furtivos.

El ambiente es silencioso, espectante. Sólo crujido de hojas pisadas y ritmos de augurios nefastos se perciben.

Ya fuego se ha despertado, avanza, corre, galopa, brinca, vuela.

Victoria empuja a Triunfo. Le exhorta a que no tenga miedo. ¿Su intención? Abrazar a Fuego en su seno, hacerlo suyo a través de unos ojos deslumbrados, hacer que su antorcha rebose de él, una antorcha que es luz y sabiduría, icono de Atenea.

Triunfo, mientras tanto, deshoja su corona. Cada pétalo de ella es boca que sella gemidos de Fuego con pasión de enamorado.

Ha anochecido. Estrellas y luna se asoman felices a aquel paraje singular porque esa vez el monstruo Fuego ha sido aplacado, seducido, conquistado, vencido.

¿Y a la mañana siguiente? Una sinfonía de colores y trinos despiertan a los habitantes que, ignorantes de la hazaña épica acaecida tan cerca de sus hogares, se disponen a iniciar sus cotidianas rutinas. Aunque sí, hay alguien que no comprende nada de ese despliegue de arco iris.

Y otro tanto sucede a otras dos personas que permanecen aún abrazadas, plenas de ilusión, sin que nunca hubieran podido creer que aquello les llegaría a pasar. Son dos seres que se han transformado, que piensan ya en un nuevo futuro, un futuro de claras visiones y Arte.

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El anuncio de la modernidad: una mañana de sábado cargada de nostalgias


Así es, esta mañana de sábado primaveral, junto con mi amiga Elena he superado otro reto al tiempo que regresaba a mi infancia de niño que veía.

Y es que desde que leí la noticia, el pasado 28 de febrero, sobre la inauguración de una exposición titulada “El anuncio de la modernidad” me propuse que haría lo posible por visitarla.

Se trataba de recopilar en una panorámica, la trayectoria de los hermanos Santiago y José Luis Moro, los grandes creadores españoles de la publicidad de los años 50 a los 80. Todo un recorrido por la historia social de nuestro país.

Y no creáis, el reto de ir dos ciegos al lugar de la exposición, no era nada sencillo. Había que llegar a la antigua fábrica de cerveza El Aguila, ubicada en un antiguo polígono ahora transformado en centro cultural dependiente de la comunidad de Madrid.

Invité a algún amigo vidente para que me acompañara pero ninguno de ellos podía. Así que nada, que tiramos para adelante y allí que iríamos, como siempre.

Ayer pregunté a una compañera dónde estaba la calle en cuestión. Más o menos me lo explicó sobre plano pero cuando hoy hemos llegado a la estación de Metro correspondiente, una vez más, la ley de Murphy se ha cumplido inexorablemente: si tienes dos opciones, siempre elegirás la que no es correcta.

En fin, un señor jubilado nos ha llevado hasta el sitio. Era pronto, no había nadie, todo estaba cerrado. Le hemos dicho al improvisado lazarillo: “a ver si se va a pensar su señora que se ha fugado con alguna jovenzana”. A lo que nos ha respondido que, después de 47 años de casados, había confianza suficiente.

Hemos hecho uso de la paciencia y al cabo de un rato han abierto las puertas. Menos mal, ya pensábamos que habíamos cometido una ciegada de las nuestras.

Días atrás había telefoneado a la exposición para comentar nuestro caso y ponerles sobre aviso de nuestra llegada, solicitando su ayuda y si podríamos tocar alguna de las piezas expuestas. Evidentemente, las vitrinas estaban selladas y lo hacían imposible, para no variar, no sea que cojan polvo.

El caso es que la azafata nos ha llevado a un salón de actos donde se proyectaba una película / documental de 90 mins. Y después nos hemos unido a la visita guiada, en la que Elena iba del brazo de la guía, Patricia, y yo iba del brazo de Elena, a modo de tren corto, chu chu chu.

Me ha gustado mucho y aunque nos hayamos perdido cosas, he recordado aquellos anuncios de la gallina que hacía un strepteasse ante los gallos, el baile de unas copas y botellas de Tío Pepe, etc. Además de, cómo no, sonreír con la familia Telerín o doña Ruperta.

Hemos conocido cómo los hermanos Moro fueron unos visionarios del mundo de la publicidad, cómo empezaron de la nada, llegando a utilizar las radiografías desechadas que conseguían en algún hospital para, una vez lavadas, en su casa, utilizarlas para grabar sus espacios de animación comercial.

De cómo emplearon los jingel que eran melodías pegadizas en las que el ingenio y el ritmo incitaban al consumo.

Y de cómo crearon la idea de modernidad a través de la necesidad de hacerse con unos electrodomésticos y demás productos que venían de fuera.

Se ha hablado de las “chicas Moro”, del imperio que llegaron a construir y de cómo acabaron arruinados al no registrar los derechos de sus creaciones.

Al final he dejado una tarjeta por si, cuando la desmonten, tienen a bien llamarnos y dejarnos tocar algo, lo dudo pero…

¿Y después, qué? Pues qué va a ser, que como eran las dos, había que comer. Otra aventura, otro reto.

Entramos en un bar: ¿hay menú? NO, no.

Ala, a seguir intentándolo.

Elena, ¿no oyes un bastón de ciego detrás de nosotros?

-Ah, sí.

-Pasa, pasa. Que somos compañeros. Anda, si eres Carmen. Qué fuerte. Este mundo de ciegos es un pañuelo.

La tal Carmen es una amiga nuestra que vive por allí. Así que el misterio de dónde recalarían nuestros paladares se ha resuelto con bien al final.

Y después, ¿qué? Pues para casa con la satisfacción de haber estado allí y de haber superado otro reto que contar.

Para que luego digan, que no se puede y que qué más da ir o no.

Buenas noches.

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jueves, 29 de marzo de 2012

Pronto un nuevo libro verá la luz: ¡el mío!


Quiero compartir contigo, algo que para mí es muy importante, toda una ilusión, otro sueño. Un sueño con forma de libro editado en papel.

Así es, a partir de que ayer se resolviera el Fondo de Iniciativas culturales de la ONCE, se da inicio a la concreción de este proyecto largamente anhelado por mí.

Desde que fue gestándose la idea de recopilar los cuentos que voy mandándoos junto con otros antiguos, el darles una estructura coherente y atractiva, el buscar quién podría editarlo, el llevarlo al Registro de la Propiedad Intelectual y verme ayer en la relación de beneficiarios de ese Fondo han sido pasos que he ido dando con ahinco y el apoyo de mucha gente.

A partir de ahora parece que el final será relativamente rápido y espero que para junio, ya esté en mis manos y en las de quienes queráis tenerlo.

Algo sí he tenido claro desde el principio: mi libro sería un libro bien hecho, tratado con cariño y esmero, los derechos que de su venta se generaran irían destinados a la Fundación Alaine y debería transmitir luz, esperanza, optimismo y valores que ayuden a ver esta crisis que atravesamos con mayor claridad. ¿Lo conseguiré?

Bueno, sin pretender resultar vanidoso, te iré contando la marcha del proyecto porque sé que te alegras tanto como yo.

Ah, ¿y el título? _me preguntarás_. El título para más adelante. Jejejje.

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lunes, 26 de marzo de 2012

Emotiva entrevista: la superación hecha mujer

Si ya, en este Tiflohomero, mi amiga Elena ha sido mencionada como merece y, es más, alguna imagen de ella hay por aquí, cuando ha sido distinguida con el título de Embajadora de BBVA, un programa que la Entidad tiene para destacar a sus trabajadores/as merecedores de mención, no podía por menos que transcribir la entrevista que le hacen recientemente y que acompaña al vídeo que, a través de la intranet del Banco, sus empleados pueden visitar.
Soy un privilegiado por disfrutar del regalo de su amistad y de ella aprendo cada día a no ceder al desaliento ante los obstáculos del día a día.

Elena perdió la visión a los 19 años, pero no permitió que eso se
convirtiese en
una traba: su esfuerzo y trabajo la han llevado a vivir y a trabajar como
una más.
Sus manos recorren, incansables, bordes y esquinas. Buscan y encuentran: el
botón del encendido del ordenador, los
auriculares. Teclea y, al cabo de sólo un par de minutos, se escucha su voz:
BBVA buenos días, le atiende Elena,
¿en qué puedo ayudarle?
Llevo más de 21 años trabajando en el Banco. Empecé en octubre de 1990.
La ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) tiene una bolsa de
trabajo.
Yo había hecho un curso de atención telefónica y en el Banco ya había una
persona invidente que trabajaba muy bien, así que
me dieron la oportunidad. Comencé en el Banco de Crédito Agrícola, que era
del Grupo Argentaria. Todo ha cambiado
muchísimo desde que entré. Ahora, con la tecnología, encontrar a las
personas es más fácil, ya no tenemos que utilizar tanto
la memoria como antes.
En el Banco me realizo como persona y soy una más, no me miran como a un
bicho raro, comenta entre risas. Somos el primer
contacto de muchas personas con BBVA y eso es algo que no olvidamos nunca.
Sabemos que muchas veces, la primera
impresión es la más importante.
A los 19 años me quedé ciega y fue como volver a nacer. Tuve que volver a
aprender
todo: a andar, a cocinar, a leer -porque ahora utilizo un sistema de lectura
y escritura
que yo desconocía, el Braille-. Fue empezar otra vez de cero.
Cuando le preguntamos qué es lo más importante para superar algo así, sonríe
y dice: tenacidad, esfuerzo y mucha ilusión.
Ese cambio en mi vida quizás me haya aportado una serie de valores, unas
capacidades y una forma de ser que no hubiera
tenido de otra forma. Eso me ha ayudado a salir adelante y luchar por lo que
quiero y lo que quiero ser.
Para Elena, siempre hay tiempo para hacer cosas, para aprender. Hace tres
años, se
propuso realizar un examen para ascender de categoría y lo ha conseguido.
También
tenemos un taller de lectura en la ONCE en el que leemos un libro y lo
comentamos con algún experto (el próximo será la
escritora y periodista Ángeles Caso).
Piensa hacer más cursos de formación, seguir aprendiendo y seguir
preparándose. Es consciente de su responsabilidad,
sabe que si trabaja bien, otras personas invidentes tendrán una oportunidad
como la suya. Y les manda un mensaje:
que trabajen, que se esfuercen, porque trabajar en BBVA merece la pena. Y ya
no es la única: otras compañeras suyas
son invidentes también.
Se despide entre sonrisas y anécdotas de llamadas recibidas y nos quedamos
con la sensación de que no habrá obstáculo
que la haga detenerse.
La pasión de viajar
Hace unos años, el marido de una amiga nos preguntó qué viaje nos gustaría
hacer. Le dijimos que Ámsterdam y unos meses
después nos llamó y nos dijo que lo organizásemos. Fue una maravilla.
Ese fue el primer contacto con su mayor pasión: viajar. Nuestro lema es
hacer más
que ver. Nosotros, al no ver, no vamos a un museo de pintura. Vamos a sitios
que nos puedan describir las cosas: un parque o la casa de Ana Frank. Sitios
que en un viaje normal no visitas.
Entre sus ciudades favoritas, Estambul. Es muy bonita pero muy caótica. Hay
mucho ruido y muchísima gente, pero los palacios
y Santa Sofía son muy bonitos. En la ONCE tenemos un museo con maquetas de
los principales monumentos del mundo,
así que lo primero que hacemos es ir allí a "tocarlos". Luego, cuando
llegamos al sitio, ya tenemos una idea de cómo es.
Como en el resto de las facetas de su vida, en los viajes también tiene
retos: de España, Oviedo; de otros países nuestro
próximo viaje será Moscú o Cracovia.
Además, comprometida con la sociedad
Somos un grupo de voluntarios de BBVA que vamos por los colegios dando
charlas a los chicos: cómo administrar su paga
semanal o cómo elaborar un presupuesto de una salida. Hay tres programas
entre los que pueden elegir, normalmente eligen
la gestión de la paga.
Cuando entramos, al principio se extrañan un poco. Suelo ir con Javier, un
compañero con el que imparto las charlas, y les parece raro que aparezca una
invidente a hablarles de qué hacer con su dinero. Pero al final todos se
quedan encantados y nos hacen un montón de preguntas.

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domingo, 25 de marzo de 2012

María

SE cree el gracioso del Microsoft ouloock que me va a impedir mandar mi cuento dominical. Pues no, no. Que uno está muy acostumbrado a sortear y saltar barreras en todos los aspectos de la vida. Así que lo hago desde la cuenta de Gmail.
Bueno, que os guste. He querido que sea un canto a la vida y a la lucha por salir adelante.
Buena semana y que estéis bien.

María estaba contenta, feliz, exultante, diríamos. Hoy era su santo, bueno algo más. Su cumpleaños no, pero desde luego, algo que se le parecía mucho.
Y es que hoy se celebraba el aniversario del día aquél en que se anunció que volvía a la vida tras semanas de ausencia, de coma.
¿Un accidente? ¿El azar desatinado de un destino ciego?
Qué más daba. Lo importante es que ahí estaba. Que sí, que algunas secuelas le habían quedado pero sí, ahí estaba superándose día a día como una jabata.
Ella tampoco es que supiera mucho sobre lo que pasó pero, de vez en cuando, sus padres o su hermano pequeño contaban. Y lo que decían le dolía a un tiempo y le pellizcaba el alma a otro.
Hablaban de que muchos dudaron de que se recuperaría, incluso hubo quienes les propusieron que la desconectasen de las máquinas y que la dejasen morir en paz. No les hicieron caso, menos mal.
Que sí, que su novio la dejó, no estaba allí cuando despertó y… bueno, entonces le hizo daño su ausencia, pero ahora le comprendía. Era tanto lo que le amaba que aceptaba que hubiese querido irse con alguien más sana que ella, que no fuese una carga.
Que le habían quedado cicatrices, aunque peores eran las del alma, las que se veían, bien lo sabía, resultaban poco agradables, grotescas, casi monstruosas. Ahora se lo tomaba con humor pero al principio le costó tanto asumirlas…
Ahora se reía: que no podía lucir muslamen con minifaldas y pantalones cortos, pues bueno, qué se le iba a hacer; que no convenía que enseñase la tripilla, vaya, a ella que antes le había atraído eso del pearsing, en fin; que su cara, en vez de ser lisa, parecía un mapa lleno de baches, puaaaj.
A todo eso se había acostumbrado y adaptado. Pero aún más, se hizo a caminar, a vivir, a soñar, a echarse el mundo a la espalda aunque fuera tanto lo que pesaba. No sabía cómo pero lo había hecho. Bueno, igual sí lo sabía.
Y es que, un día, harta de ser compadecida y mimada, de que la tratasen como a una muñeca rota, se decidió a complicarse la vida amando. Lo esccuchó en la radio: “quien ama vive, quien se complica la vida por amor, vive, quien se desvive por amor, vive”. Esas palabras de alguien, qué importaba quién las pronunciara, le hicieron tilín, la conmovieron por fin. Cuánto tiempo sintiéndose nada, creyéndose nada, sabiéndose nada y ahora escuchaba eso.¿Podría ella ser de esos que se complicaran la vida por amor?
Empezó por lo pequeño. El jarrón con flores frescas que su madre siempre solía poner en la mesita de la entrada de casa. Qué bien olían. ¿Cómo no quererlo?
El póster que Daniel, su hermanico, ese trasto de chaval que siempre estaba a su lado, tenía en la habitación, pedazo de tía en bikini. ¿Quererla? ¿Tenerle envidia? Bueno, era la cantante que su hermano adoraba así que…
La pluma estilográfica con la que su padre escribía. Le veía tan entusiasmado cuando lo hacía, que cómo no quererla también.
Y un día salió a la calle. Lo había hecho ya otras muchas veces, pero siempre acompañada, de la mano. Pero esa vez, al fin, se atrevió a dar el paso, torpe, bacilante, dudoso. ¿Creéis que cuando consiguió perder el miedo, no iba a enamorarse de lo que sintió y vio?
Y un día le hablaron de una asociación de gente con enfermedades raras, que se acercara, que igual le venía bien y todo. Se mostró reticente pero se decidió, total tampoco tenía nada que perder y, a lo mejor, allí, cristalizaba su objetivo, su nueva Itaca.
Llegó, se celebraba una fiesta, ¡una fiesta! Había voluntarios y chicos y chicas y señores mayores y personas menudas. Parecía que se lo estaban pasando en grande. Se mantuvo a la espectativa.
-Eres nueva, ¿verdad?
-Sí, no conozco a nadie.
-Tranquila, que aquí estamos para ayudarte y quien más quien menos estamos todos medio descalabraos. Ya ves, yo sin piernas. ¿Te puedo dar dos besos de bienvenida?
-¿No te vas a asustar?
-¿Asustar, aquí? Bah, ni lo sueñes. Si estamos a cual peor.
María se ruborizó. Le iban a dar un beso después de tanto tiempo. ¿También iba a haber besos para ella? ¡Qué ilusión!
-¿Y qué hacéis aquí? Se os ve mu animaos.
-Sí, que bollaos estamos un rato largo, pero ánimo y ganas de marcha no faltan.
-¿Crees que podría yo ayudar en algo?
-Claro. Seguro. ¿Qué sabes hacer?
-Uy, pues no sé. Bueno, tengo bastante imaginación. Me invento cuentos y se los cuento a mis muñecas.
-Ah, pues aquí hay muchos niños muy solos. Igual les podías… Oye, oye, que tienes una voz muy chula.
Así dio comienzo un universo nuevo para María. Iba a los centros de niños abandonados y les hacía pasarlo bien con sus historietas. Y qué bien se sentía por ello. Y hasta le habían dado un premio. Y había salido en la tele y todo.
Y, se dijo, si mis padres hubieran hecho aquello de dejarme morir, nada de esto habría ocurrido.
-Vamos, Marieta. Vamos, que te estamos esperando. Sal ya que tampoco es para tanto. Ni que fueras a debutar en la pasarela Ciegueles.
Sí, era mejor que se dejase de nostalgias y mohineces. Que lo importante, era haber llegado hasta ahí. ¿Quién sabía a quién más podría querer? O… ¿se querría complicar la vida alguien, queriéndola a ella?
-¡¡Felicidades!! ¡Cumpleaños feliz, tócate la…! Bueno, la nariz, no; que… ejem, mejor no.
La cara de María, increíble prodigio, se alisó de emoción. El salón estaba decorado con globos y guirnaldas y serpentinas. Y habían venido todos. Y Toni, el muchacho aquél sin piernas, estaba allí, todo trajeado y elegante. ¿Qué le estaba diciendo?
-María, me gustas mucho, ¿me querrías querer un poquito? No sé…
Todos callaban expectantes. ¿Surgiría…?
Un trémulo y susurrante “sí” fue lo único que pudo pronunciar, mientras las lágrimas recorrían aquel mapa que tenía por cara.
Todos aplaudieron. Daniel, siempre tan bromista y gamberro, le entregó un cajón de poliuretano con su lazo de plástico. ¿Lo abría?
Guaaauuuuu. ¿Qué contenía? ¡Una bandeja de torrijas! Su postre favorito, su manjar preferido.
Bueno, también le entregó otro regalo: un libro. ¿Qué libro sería? Uf, el primer ejemplar de la edición en papel de los cuentos que inventaba para alegrar a sus niños. ¡Y con ilustraciones y todo! Qué bonito.
-Gracias, gracias, gracias por dejarme que os quiera. Y a ti, Toni… ¡Cariño…!

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