domingo, 19 de octubre de 2014

El negocio de Sainte-Adresse



Buena tarde de domingo:
Respondo con este cuento a la magnífica descripción que mi amigo Paco Alvarez me hiciera del cuadro de Claude Monet, “La terraza de Sainte-Adresse”. Espero estar a la altura de su magnífica descripción.
Un abrazo y feliz semana.

El negocio de Sainte-Adresse

-Quedamos allí. No falte. Es el lugar más adecuado..
-Así lo haré, señor. Pero podemos tener un problema si alguien se entera. Los franceses están ahora implicados en la guerra de México, pero los ingleses pueden robarnos la cartera en el último momento. Debemos mantener la operación en secreto hasta que no firmemos los acuerdos.
- Ya nos encargaremos de ellos para que nada sepan. Déjelo de mi cuenta. La oportunidad es única. Usted, téngalo todo preparado y compóngalo todo para agasajarlos sin que importen gastos. Vamos a pasar a la Historia usted y yo.
-Sin duda. Y además, mi buen ojo de comerciante me dice que el futuro nos pondrá en las manos grandes beneficios.
Así hablan el asesor y empresario del comercio de pieles, Robert McDonald y el presidente norteamericano, Andrew Johnson aquella lluviosa mañana de abril de 1867 en el Capitolio. El negocio está prácticamente hecho. Se trata de comprarles el gran territorio de Alaska a los rusos. Alejandro II, el zar ha decidido vender ante la precariedad de las arcas públicas de su imperio.
La ciudad balneario de Sainte-Adresse es el lugar elegido donde se cerrará el tratado. Es un enclave idílico, con sus aguas termales, su luminosidad tan alejada de los oscuros territorios eslavos y sus agradables paseos en medio de la playa. Se ha puesto de moda desde que lo visita la emperatriz Eugenia de Montijo, con su gracia andaluza, su donaire y encantos.
Después de la firma tienen reservada mesa para almorzar en el hotelito Chemin de Ferre, elegante emporio de la gastronomía francesa y la buena vida de la burguesía. Su terraza, decorada con sumo gusto, adornada de hermosas flores y mobiliario de forja, es famosa entre la nobleza europea. Se han concertado matrimonios de Estado, se han dado citas clandestinas amantes  infieles y traficantes del lujo de la época, venido de Oriente.
Lejos de allí, en París, el embajador americano ha llamado a un joven pintor, Auguste Renoir para que inmortalice el acontecimiento. A sus 22 años está causando la admiración de la gente culta de la capital con su mezcla de sensualidad femenina y naturaleza en los motivos de sus obras. Sin embargo, rechazará la oferta so pretexto de tener un compromiso previo para marchar a unos territorios nuevos que se están explorando por aquel entonces en la lejana África de selvas y grandes lagos.
-Encárguenle el trabajo a otro amigo mío, que no les defraudará. Claude Monet. Yo le doy mi recomendación sin lugar a dudas.
Así lo hará mr. Wilson y nada hará presagiar lo que va a suceder.
Monet será testigo mudo de lo que acontezca el domingo 6 de octubre de aquel año en que un tal Alfred Nobel comenzará a fabricar dinamita de forma industrial y alguien operará por vez primera en Glasgow con anestesia, contrastes de muerte y vida, de tragedia y esperanzas.
Monet se ha provisto de pinceles y telas, de pinturas y aceites. Llega discreto, sintiéndose extraño en medio de todo aquel lujo y boato. Él que ha sido rechazado por su familia, que malvive con su querida Camille, joven con la que está empeñado en forjar su futuro, y que lucha por abrirse hueco entre los sabios de la Academia. Está nervioso. Sabe que se juega mucho.
Al fondo se ven las barquichuelas y pequeños vapores, el clima es benigno para ser otoño y el ambiente no puede ser más amable. Hay dos sillas dispuestas para el presidente norteamericano y el zar ruso. La mesa de mármol, las sillas torneadas, una botella de champán y dos copas.
El tiempo pasa, la tarde transcurre plácida pero sin fin. Monet espera a los invitados. Los invitados no llegan. Monet espera. La luz empieza a declinar. Su idea comienza a perder efecto. Negra suerte la suya. El cuadro que debería darle prestigio universal va a quedar en nada. ¿Qué importa ya que retrate a otros personajes secundarios si los principales no aparecen. ¿Qué ha podido suceder?
Siente ganas de llorar, de huir y marcharse de allí. ¿Para qué permanecer en ese hotel que nada bueno le trae ya?
Empieza a recoger sus útiles de artista. Da unos pasos…
-¿Claude? ¿Te marchas? No lo hagas.
-¿Quién es usted, madame? ¿Qué más me da a mí quedarme? Ya nada tengo que hacer aquí. La tarde ha declinado y la luz no es la apropiada para pintar. ¡Malditos políticos! La tarde, mis ilusiones, el futuro de Camille y el mío… perdidos por nada.
-No se marche, joven amigo.
La que así le interpela es una mujer madura de serena belleza, vestido etéreo de gasa y velo que le cubre el rostro.
-No ha perdido el tiempo… un día sus cuadros superarán en fama y valor a lo que esos dos fantoches han firmado hoy. Tenga fe. Ande, siéntese conmigo en esa mesa.
-¿En esa mesa? Esa mesa no es para mí.
Una tenue sonrisa dibuja el vaporoso rostro de la mujer al tiempo que un brillo siniestro refulge en sus ojos.
-Ahora sí lo es. Siéntese y brinde conmigo por su futuro. Yo lo sé todo.
Las cristalinas burbujas rebotan en las copas, el sonido resuena en el horizonte. Brindan. Ya es noche cerrada en Sainte-Adresse. La terraza ha quedado desierta. Monet gira su vista a las titubeantes luces que corresponden a las estrellas reflejadas en el mar. Cuando vuelva a mirar frente a sí, algo increíble habrá sucedido…
Está solo. La mujer ha desaparecido sin más.
¿Quién era? Toda su vida se lo preguntará. ¿Quién pudo ser aquella mujer que brindó con él aquel 6 de octubre de 1867? Lo averiguará mucho después. Sí, la madrugada del 5 de diciembre de 1926. La misma señora con idéntico atavío y velado el rostro se le aparecerá ante su lecho de muerte. Le tenderá la mano y le sonreirá.
¿Sabes ya quién soy?
Y sí, Claude Monet lo comprenderá. Sonreirá y cogerá esas manos frías que la mujer le tiende. Lo hará y al hacerlo… morirá.


 


  

           

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Las paradojas del Amor



Paz y bien. Feliz domingo. Las paradojas del amor.
Y es que también pensé, Camino a Santiago, en eso del amor y sus paradojas.
Dicen que es ciego y, sin embargo, a través del amor todo se ve en color. Estás enamorado de alguien, de la vida, de la belleza. No ves si no brillo y esplendor.
Y luego… dejas de estar enamorado y… los colores se tornan grises, neutros y anodinos. Qué curioso. Jejejeje.
Estás enamorado de alguien, de la vida, de la belleza. Nada se te hace inalcanzable, puedes con todo, te sientes hércules poderoso. Dejas de estarlo, nada te motiva, la derrota es segura, vencido no ya por las pruebas de los crueles dioses si no por la debilidad.
Estás enamorado de alguien, de la vida, de la belleza, dispuesto a no beber otra cosa que no sea los besos de tu amada y, sin embargo, no sientes sed. Dejas de estarlo y la sed se hace insaciable, bebes y bebes queriendo que el alcohol te haga olvidar el desamor.
Estás enamorado, en fin, de alguien, de la vida, de la belleza, engordas de dicha sin apenas comer. Dejas de estarlo y comes y comes, queriendo recordar el dulce sabor que te dejara en el paladar la piel de a quien amaste, pero ya no hay nada que sepa como aquélla. Y comes y comes y, tal vez engordes en lo físico, pero el corazón muere de inanición.
Amor, esa cosa mágica que colorea sin colores, fortalece a los débiles,, sacia sin comer y endulza sin azúcar.
¿Qué es, Amor? ¿Dónde está? ¿En el solitario pétalo de una flor? ¿En el descuidado guiño de unos ojos ciegos? ¿En el bombón que todos olvidaron? ¿En el agua que manaba de una fuente de la que nadie se atrevía a beber por desconocer si era potable?
¡Qué sé yo! ¿Cómo he de saberlo?
Un abrazo.  

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viernes, 17 de octubre de 2014

Haikus de otoño



Buena tarde de viernes:
Respondo, con estos humildes doce Haikus de otoño, al reto que me lanzara mi admirada Rosa Sánchez. Espero haber sabido cumplir sus altas expectativas y ser merecedor de su emoción.
Visualmente creo que deben colocarse en columna, pero no sé cómo quedarán. Sí creo respetar los requisitos del género, en cuanto a métrica (5, 7 y 5 sílabas) y con la alusión temporal a la estación, el marcador o kigo.
Con cariño. Va por ti, Figura hermosa de alma grande.
Pronto un nuevo reto para tu ingenio de maestra.

Haikus de otoño

Si hay estrellas
En mi noche oscura
Es por tu faro.

Hoja seca, yo;
Alfombra mullida, tú.
Mi dicha: los dos.

Mar de octubre,
En calma por tu querer,
Ése, mi espejo.

Los cucuruchos
De castañas, me sacian
El hambre de ti.

Tardes de calma
Para gozar de tu amor
Juntos, tú y yo.

Cantos de perdiz
Son música celestial.
Tu risa en paz.

Una caricia
De musgo en el árbol
Es sentir tu piel.

Setas mojadas,
Húmedas de rocío.
Tus labios para mí.

Llueven tus ojos
Cascadas de emoción
Donde bañarme.

Los días cortos
Se alargan, buscando
Tu fértil vientre.

Beso tus dedos,
Mariposas de seda,
Miel en mi boca.

Senda de mi ser.
Tu mirada coqueta,
Mi mejor premio.


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jueves, 16 de octubre de 2014

Palabras de barro



Buena tarde de jueves:
Con cariño, aquí mi nuevo esbozo poético que canta a la palabra.
Que te haga soñar.
Un abrazo.

Palabras de barro

Arena y agua.
Materia primera.
Una palabra.

Manos que moldean,
Boca que pronuncia,
Trazos que trazan blancas hojas.

Mi vida, mi país,
Barro y palabras.
Mi hogar, la poesía.

Adobe al sol,
Aprendiz de musa mayor.

Mi patria, los cuentos;
Mi pueblo, las cartas;
Mis raíces, los versos.

Palabras desmoronadas
Por el huracán de la decepción y la mentira.
Barro desvaído
Por la vacuidad de quien mucho dice y nada cumple.

Cabaña que construí
Para ti y para mí.

Una palabra, Amor;
Manos que moldean.
Mi cuerpo en tu cuerpo;
Mi lengua en tu lengua.

Acogerte quiero en mi choza
De barro y palabras.
Quererte quiero
Con mis estrofas de líquido limo.

Palabras de barro,
El más hermoso libro de cerámica:
Complicidad y grandeza.
Tú y yo.





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