martes, 22 de marzo de 2016

La tarta de chocolate



Buena noche de martes…
Hoy se me ha ocurrido este cuento. A lo mejor te gusta, jejjejeje. Al menos es dulce. Que lo disfrutes y saborees con gusto.
Un abrazo especial.

La tarta de chocolate

Es imposible que las hadas salgan de las tartas de chocolate como también lo es que los duendes lo hagan de los pasteles de manzana.
Es imposible, claro. Las hadas y los duendes no tienen su hogar en las tartas ni en los pasteles, lo tienen en la imaginación o, como mucho, en los bosques de robles y en las nubes de verano.
Entonces, ¿por qué Luci afirmaba con tanto ahinco que aquella tarta de chocolate que su madre le cocinó por su cumpleaños no podían comérsela? Es que, decía, que entonces dejaría a su hada sin casa y eso sería un desahucio inadmisible.
Pero, ¿es que aquella niña de seis años podía saber, acaso, lo que quería decir desahucio? Seguramente no, lo que pasaba es que a sus padres les habían avisado del juzgado de eso y debió de escucharles en medio de la zozobra familiar. Se le quedó la palabreja encasquillada en su mente de niña y no había manera de sacársela.
¿Y lo de la tarta de chocolate?
Bueno, es que la mamá de Luci, como todas las mamás era muy buena cocinera y había querido hacérsela a su niña aunque, para ello, hubiera tenido que pedir los ingredientes a los vecinos, so pretexto de haber encontrado cerrado el súper cuando fue a comprarlos.
Claro, que los vecinos, sabían muy bien la verdadera razón. No tenían dinero para dispendios. Y hacerle una tarta de chocolate a Luci por su cumpleaños lo era. Al menos, eso podría pensarse en medio de las penurias en que estaban a punto de naufragar la familia de Luci.
Total, que la niña no quiere comerse la tarta, esa tarta que con tanto esfuerzo e ilusión ha preparado mamá.
Sí, mamá Araceli, la que se pregunta si es que nada le va a salir bien. Si es que ni siquiera su hija va a saber valorar lo que ha hecho.
Pero Luci insiste. No puede comerse la tarta porque entonces dejaría a su hada sin casa y eso no puede ser.
Ya se oye de fondo la sirena de la policía, Posiblemente, vengan para echarlos. También se oyen gritos de los vecinos que protestan.
-Cariño, no tenemos tiempo. Anda, hazme ese favor. Prueba la tarta.
-Que no, mamita. Que es una casa muy bonita para mi hada favorita.
-Tita tita tita. ¿Qué quieres hacer entonces?
-No sé. Me gustaría cuidarla y ponerle un jardín de macedonia de frutas.
-No estamos para jardines. Y con este calor, se va a derretir el chocolate si no te la comes.
Justo cuando alguien llama a la puerta, más bien la aporrea, la tarta parece derretirse.
Ni la niña ni su mamá pueden verlo porque bastante tienen con pensar en si les tirarán la puerta abajo, como si Luci, piensa, tirara la puerta de la casa de su hada al comérsela.
-Señora, veníamos para que nos firme el apremio. Deben firmar…
-Firmar, ¿qué?
-Debe firmar usted y su marido.
-¿Mi marido? Puaf, tendrán que buscarlo ustedes, que por aquí hace mucho tiempo que no viene.
--Bueno, pues tendrá que firmar usted. A mí tanto me da.
-Me temo que no será necesario que lo haga.
-¿Y usted quién es?
-¿Yo? No me creería si le dijera quién soy. Pero tenga este talón con el que responder a los gastos. Que ni la señora Araceli ni la niña Luci ni, mucho menos, yo queremos que nos quiten nuestro hogar.
Todos se muestran perplejos. Nadie sabe de dónde ha salido esa figura. O quizá sí. Luci ve cómo de la tarta de chocolate se ha abierto un hueco, a modo de portalón en el tejado.
-Anda, Luci. Prueba la tarta que, con tanto cariño, ha hecho tu mami, que yo me quedaré a vivir con vosotras en esta casa por lo que ni vosotras, ni yo, nos quedaremos en la calle.
Y la mamá Araceli y la niña Luci disfrutaron como nunca del mejor manjar que nadie hubiera hecho jamás.
¿Y entonces? ¿Era verdad? ¿Es cierto que, por increíble que parezca, también en las tartas de chocolate viven las hadas?

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domingo, 13 de marzo de 2016

En un rincón de Madrid



Buenas noches dominicales
Respondo al reto que me lanzara el viernes mi querida Pilar, la niña de Burgos. A ver qué tal le parece, a ver si he cumplido. Jejejejje. Estas niñas… que le ponen retos al Albertito, cómo le gustan.
Feliz semana.

En un rincón de Madrid

Don Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Alfonso-Pimentél, príncipe de Anglona y marqués de Jabalquinto, desempolva su peluca rizada una mañana de marzo de 1840en el vestidor de su palacio. Es una manía que tiene junto a la de dar cuerda a los muñecos articulados de su gabinete. Muchos no entienden que no se la encargue a cualquiera de sus lacayos o doncellas pero a él le gusta hacerlo personalmente.
No lo imagina aún, pero ese día va a recibir una noticia inesperada del gobierno. Va a ser nombrado Capitán General de Cuba por lo que tendrá que dejar su querida Madrid y sus frecuentes paseos de caza por el Pardo. Echará de menos las relaciones con artistas e inventores. Sabe que en esto también es raro. Nadie de los de su clase se dedica a fomentar la creatividad en medio de las corrientes románticas de pasiones desmesuradas que tan de moda se han puesto de la mano de Larra, Espronceda o Bécquer. Muchas veces ha participado de incógnito en las tertulias literarias de los cafés como el Levante o el Parnasillo. Cuando lo ha hecho se hace llamar Perico Téllez.
Pero algo más echará de menos en su destino cubano. Eso será su jardín, al que mima con amor de madre.Cierto es que no puede evitar que hasta él se acerquen los pillastres de las proximidades a la Plaza de la Paja y es que tanto el palacio como el jardín se encuentran en un barrio de castizos y manolas, de gentes humildes, muy alejado del nobiliario Madrid de los Borbones. Qué se le va a hacer, ese palacio viene de antiguo y no se ha querido mudar. En el fondo se encuentra a gusto en él.
  Ah, su jardín, su rincón secreto con la pérgola y los laberintos de vegetación y coloridas flores. El rumor del agua que evoca los jardines árabes de la historia patria, los aromas infinitos de las plantas con nombre de rosas, gladiolos, espliego o tomillo, el tacto diferente de hojas leñosas y troncos alfombrados. Por él pasea, en él sueña, desde él imagina. Claro, siempre que no tenga que reñir a los mocosos que, no sabe cómo, o tal vez sí, interrumpen semejantes ensoñaciones sensoriales.
Se dice que si aún quisieran de su jardín algo más que corretear y vociferar, acaso no le importaría recibirles y hasta agasajarles con jícaras de chocolate y surtidos platos de picatostes. Pero qué puede esperarse de unos rapaces que apenas si tienen para comer y que están acostumbrados a sobrevivir, huyendo, corriendo, escapando.
Jesusito se ha levantado a regañadientes, como cada mañana. No irá a la escuela si no que tendría que llegarse hasta San Francisco el Grande y ponerse en la cola de los pobres para tratar de afanar algo que llevar a la casucha en la que malviven sus padres y cuatro hermanos, bueno, ahora son cuatro, podrían haber sido algunos más, pero murieron otros cuatro, víctimas del hambre y la mala higiene.
La Paca, su madre pone a calentar la olla a la espera de que llegue algo de carne más allá de los huesos de oveja o gallina vieja. Mientras, irá al lavadero para lavar la ropa que le den en los conventos. El Jesús, su padre, desollará las reses en el matadero, antes de llevarlas a rastras a los puestos del mercado, cerca de la calle Toledo, en lo que muchos años después dirán el Rastro.
Pero Jesusito, a sus seis años, no quiere ir a pedir a la iglesia. Es tan pequeño que siempre se queda atrás y nunca, o casi nunca, saca algo más que aburrirse y recibir pescozones y burlas.
Así, que decide merodear por el barrio. Hace buen día después de un invierno de mucho frío y hambre.
Entonces se topa con una verja de hierro forjado y una portezuela por la que colarse. Le atrae la aventura, le llama lo desconocido. Igual esa puerta le permitirá entrar en el lugar en el que nunca se pasa hambre.
Ya está. El lugar le gusta. Se siente bien. Da un paseo al azar. Le importa poco, qué puede importarle a un niño de seis años que nada tiene y que está acostumbrado a los golpes y las privaciones, qué sendero elegir de entre los que se encuentra ante sí. Es verdad que el sonido de la fuente le atrae, pero tampoco es para tanto. Hay muchas fuentes en Madrid y él conoce varias. Lo que de verdad, de verdad, le atrae es el grueso tronco de un árbol misterioso. No sabe qué nombre tendrá, pero le gusta, lo siente como amigo.
La copa es muy alta y frondosa pero lo que le fascina es que en la base del tronco,, junto al musgo, hay otra especie de puerta. Otros dirían que no es más que una cicatriz de rayo o tajo de hacha. Cómo evitarlo. Y mira que está flacucho, pero se arrastra para franquearla. Ya está dentro. ¿Qué hay allí?
Eso no lo sabe este humilde escritor. Lo que sí sabe es que cuando quiera salir no podrá. Está atrapado y siente miedo porque escucha cada vez más cerca pisadas rotundas de hombre mayor. Además escucha a ese hombre mayor refunfuñar y jurar. Tiene miedo aunque igual, como es tan pequeño, no lo descubre.
  -¡Y tú? ¿Qué haces ahí, mocoso del demonio? ¿Es que no te vas como el resto de tus compinches?
-Señor, no me pegue. No soy malo. Es que… me he quedao atascao. Mis papás me pegarán si no vuelvo pronto a casa.
-Anda, chiquillo. Dame la mano que te ayudo.
Y el hombre de Estado, noble de cuna y eterno aprendiz de vocación, don Pedro, ya con el nombramiento en el bolsillo del gabán, hará algo que nunca creyó que haría.
Se apiadará del Jesusito, le escuchará y aprenderá a querer después de que, entre hipidos y tartamudeos, le cuente sus cosas. Esa tarde el chiquillo llevará para sus papás y hermanitos golosinas y carne buena.
Más aún, nunca el príncipe de Anglona se olvidará de él y se ocupará de que Jesusito reciba la mejor educación, destinará una buena cantidad de reales para que el niño, el día de mañana sea alguien. Cuando regrese de Cuba y sea nombrado, hasta su muerte en 1851, director de la Real Academia de Bellas Artes de san Fernando, velará por el futuro de aquel chiquillo que una tarde de marzo quedara atrapado en el tronco del roble más antiguo de su jardín.
Si hoy visitamos este desconocido rincón de Madrid, acaso nos encontremos con aquel árbol centenario. Quién sabe. Igual, si ponemos oído alguna voz misteriosa nos cuente qué fue del Jesusito, qué vivió dentro de aquel tronco y adónde fue de mayor, ejerciendo de botánico.




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miércoles, 9 de marzo de 2016

Reír



La Vida en 100 palabras
Reír

Reír es bailar con el viento travieso al rozarse con tus mejillas de flor y tu mirada de almíbar.
Es ser castañuelas, tocadas por tus manos en una sinfonía sin igual.
Es celebrar que vienes conmigo al paso, haciendo de mi sombra oscura, luz iluminadora.
Es embellecer el mundo al saber que tú lo haces pleno de colores nuevos.
Es buscar la aurora cuando anochece brincando por las ramas de la alegría.
Es crear burbujas con las que brindar al enlazar tus sueños y mis realidades.
Es hacerle la burla a la tristeza para que incluso ella se sienta bien.

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domingo, 28 de febrero de 2016

La mejor decisión



Buena noche, éste es el cuento que surge a partir del reto que me lanza Pilar, una niña burgalesa a la que conocí en mi excursión a Santo Domingo de Silos y que esta tarde, al pedirle una idea para él, me daba aquélla según la cual los padres de unos niños morían y pasaban a ser cuidados por los tíos. Ahí es nada. Jejejeje.
En fin. Feliz semana llena de aniversarios. Un abrazote.

La mejor decisión

¿Qué otra cosa podían haber hecho aquellos ancianos. La edad, su situación económica, sus fatigas… hacían previsible que tomaran otra decisión pero el recuerdo de una frase les hizo inclinarse por hacer lo más inesperado e ilógico.
A los ancianos Pilar y Manuel les llega la noticia despiadada de que el hermano de aquélla y su mujer, Antonio y Rosa acaban de morir mientras realizan uno de sus viajes de solidaridad a la lejana India. Parece ser que uno de los trenes Shatabdi  de la Indian Railways, a pocos kilómetros de llegar a su destino en Bombay, descarriló. Poco importa a qué se deba semejante catástrofe, si a las lluvias monzónicas o a la sobrecarga de pasajeros o qué más da.
El caso es que tendrán que asistir a la repatriación y demás trámites funerarios, a las alabanzas que nacen siempre después del peor día, aquél en que uno se muere y a los lisonjeos de unos y otros.
Pero a los buenos de Pilar y Manuel, que pasan sus días en el pueblo, el problema que les quita el sueño, más allá de la desolación de haber perdido a un hermano y una cuñada con los que tampoco es que tuvieran una estrecha relación, es la situación que se plantea con las niñas que iban adoptando cada vez que volvían de un viaje. No se ven capacitados para asumir semejante responsabilidad. ¿Cómo van a saber criar ellos, desde su ignorancia y ancianidad, a una adolescente rusa que trajeron de Astracán, a dos mellizas chinas y a otra casi bebé que vino de no saben qué país africano, de ésos negritos del África Tropical, como cantara la canción?
-Mujer, lo mejor sería que los de los Servicios Sociales los reasignen a otras familias. Tampoco son tan mayores como para que hayan forjado lazos de hermandad. Que no estando el hilo de la sangre como telar, los lazos no se anudan igual.
-Sí, marido. Eso debiera ser, pero es que no puedo dejar de pensar en aquella frase que mi hermano me dijo una vez, al principio de todo, cuando yo le reprochaba que se fuera a esas tierras de Dios a ayudar, dejando aquí todo. Me dijo: “hermana, el día en que el Amor no me deje ciego, estaré muerto.” Me pidió que le dejara vivir. Y es que yo no dejaba de recriminarle y decirle que estaba ciego por irse de casa y dejarnos abandonados.
-Sí, sí. Todo eso está muy bien. Él se iba a arreglar el mundo, mientras a ti te dejó la vulgaridad de sacar adelante la casa y a cuidar de tu madre con su Alzhéimer y todo y a sacrificarte por ella. Que no, mujer, que no te reprocho nada. Mientras el Antonio y la Rosa se dedicaban a arreglar el mundo, tú y yo nos quedamos en este pueblo, cada vez más aislados. ¿Y ahora qué? ¿Ahora pretendes que nos traigamos a las cuatro mocosas y que las adoptemos? ¿Tú te crees que se van a adaptar al pueblo y a nosotros siendo tan distintos y estando acostumbradas a vivir en la capital? Qué sabemos nosotros a nuestra edad de cambiar pañales o de repasar la lección o de las tonterías del pavo que debe tener la rusa?
-Ay Antonio. Me dan tanta pena. Han debido de padecer tanto al nacer y ahora que tenían una familia con cariño y cuidados que tengan otra vez que empezar de nuevo me rompe el corazón. Ya lo sé. Ya sé que, porque no pude darte hijos, no sabemos ni cambiar pañales ni repasar la lección ni calmar los ardores de la adolescencia, pero sí sabemos, y mucho, de la Vida. Porque para saber de la Vida no hay que ir a la Universidad ni recorrer el mundo. Para saber de la Vida hay que vivir y tú, como yo, hemos vivido mucho. Hemos vivido una guerra y lo que vino después y nos hemos adaptado a muchos cambios y sabemos lo que es sufrir y lo que es sacrificarse y lo que es luchar. Pero también sabemos reír cuando es fiesta y bailar y cantar, que anda que no se te da bien a ti eso de las palmas y a mi las castañuelas, que bien que nos han envidiado siempre cuando nos subíamos al escenario de la verbena.
-Ay Pilar, Pilar. Se ve que tú también estás ciega. Te ciega la bondad y el corazón.
-Puede, Toñuco pero, como mi hermano me enseññó aquella vez, también yo quiero seguir viviendo aunque me ciegue el Amor. Acogeremos a las criaturas y las cuidaremos y querremos como si tuvieran nuestra sangre y les daremos lo mejor. Y tú, aunque refunfuñes, también las querrás y les enseñarás tus historias de cuando ibas de viaje a comprar huevos o cuando me conociste cuando buscabas unas hierbas para curarte el mal de muelas y yo te hice el emplasto que te lo curó.
Y sí, la decisión que tomen Pilar y Antonio será la mejor porque ellos ejercerán de padres a sus más de setenta años y las niñas les cojerán pronto cariño porque son hijos del abandono y la miseria. Al principio les costará adaptarse, claro, porque en aquel pueblo blanco cordobés no hay Metro ni grandes distancias y ruidos de ciudad. Pero el pueblo se colará en sus venas y aprenderán a jugar entre la tierra y el río, a ser constructores de juncos y dibujantes de amapolas y margaritas.
Los del pueblo también aprenderán a querer a esas personitas tan diferentes y aún más sabrán querer al Antonio y a la Pilar. Todos echarán una mano dándoles consejos o prestándose para dejarles cuadernos y libros.
Los años pasarán y las niñas crecerán queriendo a esos padres tan especiales que también se apagarán porque la cera de la Vida se acaba siempre consumiendo.
Y sí, un día las cuatro hermanas deberán consolar a su madre porque el Antonio se morirá una madrugada de finales de abril, como si quisiera que le aprovecharan para vestir el patio siendo un farolillo más entre las flores perfumadas. Y pocos meses después, porque de otra forma no podría haber sido, también habrán de consolar, pero esta vez a ellas mismas, cuando encuentren dormida para siempre a su madre el día de la verbena de agosto, aquella misma verbena en la que reinara tantas veces junto a su Antonio como el mejor dúo del cante y la castañuela.

  


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sábado, 27 de febrero de 2016

Falta de accesibilidad en el Museo de Historia de Madrid

Hola, comparto este bonito escrito que acabo de enviarles vía correo electrónico a los del Museo de Historia de la Ciudad de Madrid para que sepas cuál es la realidad de la accesibilidad en esta estupenda Piel de Toro. Ya digo, mucha legislación, muchos congresos y seminarios, mucha palabrería y buenas intenciones, pero ahí estamos. Con decir que el edificio tiene rampa para entrar, ascensor y baños adaptados se quedan tan anchos y tienen el morro de poner "instalación accesible" en la web. Pero mira que es caprichoso el Albertito, querer tocarle la progmática barbilla a Felipe IV... o tocar los herrajes de un arcón... qué ocurrencias tiene con eso de querer tocarle los tejados al Teatro Real... Si es que no puede ser.!!!!!!!!
Ala, que aproveche... y si te apetece, lo compartes o yo qué sé.
Te pongo enlace a su página web por si quieres darles las ""gracias"" de mi parte (entre muchas comillas, claro):
http://www.madrid.es/portales/munimadrid/es/Inicio/El-Ayuntamiento/Cultura-y-ocio/Museo-de-Historia-de-Madrid?vgnextfmt=default&vgnextoid=8f3079262ef5d010VgnVCM1000000b205a0aRCRD&vgnextchannel=0c369e242ab26010VgnVCM100000dc0ca8c0RCRD

Buenas tardes:
Soy una persona ciega total que, casualmente, el pasado jueves, acompañado de mi cuñada que sí ve, descubrimos el Museo de Historia de la Ciudad, sito en la Cl. Fuencarral nº 78. Nos decidimos a entrar al disponer de tiempo para visitarlo pues nos pareció interesante.
A la entrada indiqué mi discapacidad y si había alguna medida de accesibilidad para disfrutar del Museo pese a mi ceguera. Se me indicó que no había ninguna.
Conforme comenzamos la visita mi cuñada me indicó algún busto que, teniendo en cuenta que estaba al alcance de mis manos y que en absoluto creí que pudiera deteriorarse por el hecho de que pasara mi tacto de ciego por su figura, nos detuvimos a hacerlo pero inmediatamente, una vigilanta me recriminó el que estuviera tocándolo. Por mucho que expuse que era ciego, se mantuvo incólume. En la segunda planta, dada la experiencia, al detenernos junto a la maqueta del Teatro Real, decidimos preguntar a los vigilantes que volvieron a negarme la posibilidad de tocarla y comprender así algo de la historia de mi ciudad.
En fin, que, con la frustración en mi ánimo acabamos la visita con las explicaciones de mi cuñada, contándome lo que había, incluidas las maquetas y demás materiales que, incomprensiblemente, se me vetaban.
Quiero expresar mi más absoluta disconformidad con semejante política de barreras al patrimonio madrileño. Cuando tanto se habla de accesibilidad sobre el papel y en congresos, seminarios y eventos varios, conformarse con decir que el edificio es accesible porque tenga rampas, ascensor y baños adaptados, según lo expuesto en su página web, me resulta intolerable. Y es que oigan, la accesibilidad no sólo es quitar barreras físicas, que también, es dejar que quienes padecemos ceguera podamos, gracias a nuestras manos, tocar para ver. Frente a la magnífica experiencia vivida el domingo pasado en el Museo Arqueológico de Alcalá de Henares, en la que pudimos tocar piezas originales de ánforas fenicias y piezas de cerámica sigilata sin que sucediera ninguna tragedia, y eso que éramos cerca de 20 ciegos, , me parece lamentable que se me diga que no puedo tocar un busto de bronce del rey Felipe IV por si lo tiro o un arcón del siglo XVII, como si se fuera a disolver cual polvo entre los dedos. No hablo ya de lo frustrante que resulta el tener al alcance de las manos maquetas, aparte de que sean resguardadas en vitrinas, que en este caso ni siquiera, y que no pueda verlas a través de mis manos.
Espero y deseo que consideren este escrito mío de disgusto y hagan lo posible porque también yo, como ciudadano madrileño, pueda disfrutar de su museo. De acuerdo, sí, preservando la conservación del patrimonio, yo soy el primero en desearlo, pero no cayendo en el absurdo de pensar en mi torpeza o falta de sensibilidad.

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martes, 23 de febrero de 2016

Alcalá de Henares: de los mosaicos romanos a las plumas cervantinas



A 32 kms. De Madrid se encuentra esta ciudad en la que actualmente viven más de 200.000 habitantes y que asienta sus raíces en 5000 años de Historia siendo lugar de paso de la Vía Augusta que comunicara la Mérida y Zaragoza romanas dando lugar a Complutum, pero que vería su máximo esplendor con la figura de Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) que fundara la Universidad Complutense en 1499 y. Los Reyes Católicos residirían en la Villa donde nacería su hija menor Catalina en 1485, aqquélla que casara con Enrique Viii, muy querida por el pueblo británico, pero que sería protagonista de la ruptura religiosa de la iglesia anglicana. Sin olvidar, claro está, que allí fue donde nació, en 1547, aquel ingenio de las letras que fuera Miguel de Cervantes.
Pues bien, hasta allí nos desplazamos un grupo de personas ciegas, junto con 4 monitores para descubrir sus principales monumentos.
Domingo de buena mañana, las calles están tranquilas. Atravesamos los porches de la Calle Mayor en dirección a la Plaza de Cervantes donde nos espera el guía. Al pie de la escultura del escritor nos hace un somero repaso de la trayectoria histórica y sus distintos avatares. Luego nos dirigimos hacia la Iglesia de Santa María, que está prácticamente derruida, pero que es donde fue bautizado Cervantes. En la capilla que sí se conserva, pudimos tocar la pila bautismal y algunas curiosas esculturas, como ésa que representa, en madera, el libro abierto del Quijote y del que salen las figuras de Sancho y el Ilustre Caballero.
Tras atravesar la ruta literaria de Alcalá, denominada así porque allí nacieron Manuel Azaña, el propio Cervantes y se da una de las fundaciones de Santa Teresa, nos dirigimos a la Casa Museo que alberga la cuna de Cervantes, consta de un estupendo patio interior con salas como la de las Damas y  dos plantas aunque sólo visitamos la baja.
Después nos dirigiremos al Museo Arqueológico de la Comunidad de Madrid, eso sí, pasando antes por la fachada del Palacio Episcopal, que goza de una fastuosa reja labrada,  y alguno de los numerosos conventos alcalaínos.
En el Museo Arqueológico disfrutaremos de una experiencia emocionante al poder tocar piezas originales milenarias, desde los huesos de un corzo prehistórico hasta objetos de cerámica sigilata o ánforas fenicias, sin olvidar un estupendo audiovisual que nos pone en situación. Esto demuestra que no estoy tan equivocado cuando tanto reivindico el tocar piezas originales y no réplicas porque en absoluto se pone en peligro su conservación. Sofía, la guía, es magnífica.
Es hora entonces, después de tanta cultura, de ir en busca de una curiosa tienda de dulces monacales y el restaurante donde haremos la comida.
La tienda en la que degustaremos algunos ricos productos como los nevaditos o las rosquillas de anís y los lazos, remojados con vino de naranja o de misa, es de lo más original en cuanto a su decoración y ambientación, además de ese detalle de la dueña que ofrece chuches a los perros guía. Algo insólito en este tipo de degustaciones. Difícil resulta resistirse a no adquirir alguno para disfrutar luego tranquilamente en casa.
Por la tarde, nos dirigimos al yacimiento romano de Complutum y a la Domus de Hipólito. Un viaje al pasado aleccionador. Nos sorprende especialmente la Domus de este mosaiquista de posibles, una auténtica villa romana con sus termas, sus jardines y dependencias, incluidas las letrinas en las que se hacía vida social al tiempo que se purificaban los esfínteres. Realmente muy recomendable.
Así transcurre esta excursión de lo más atractiva en la que los guías son estupendos, el tiempo impropio para estas fechas y en que mi imaginación se desborda.
No olvido el aroma perfumado a incienso de la tienda de dulces ni el tacto de las esculturas de los personajes cervantinos, con ese banco en el que uno se fotografía pudiéndole dar la mano al bueno de Sancho Panza o Don Quijote, además del tacto de los mosaicos ni el bullicioso ambiente turístico de restaurantes varios y enclaves para echarse al coleto un buen vermut con su correspondiente tapa.
Ah, y esa curiosidad de los agujeros ladinos, rústicos porteros automáticos, jejejejej. Un agujero que conectaba la planta superior de la vivienda, en la inferior se encontraba el comercio, con la calle. Cuando alguien conocido llamaba a la puerta, en vez de bajar el dueño a abrir, tiraba la llave amarrada a una cuerda a través de ese agujero. Siempre tan ingeniosos los judíos.
No puedo, tampoco dejar de recordar aquella otra visita que hace años enfrentáramos una festiva tarde de agosto tres ciegos totales y en la que, por las prisas, la persona que nos ayudaba, nos equivocó de tren y en vez de ir a Alcalá, íbamos en dirección contraria con el consiguiente retraso y anulación de la visita guiada que habíamos concertado aunque, eso sí, sin perdonar las famosas tapas del bar Índalo.

 

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