El pasado martes, mi amiga Elena, sí, ella que tan buenos regalos culturales me hace, me escribía para comentarme sobre la descarga de una invitación para asistir a la presentación de un libro. Parece que a ella su ordenador no se lo permitía.
Y resulta que el libro no iba a ser un título más. Sería el homenaje biográfico a un profesional de la radio...
Ya conocéis de mi afán por participar en actividades culturales de forma normalizada.
Así pues entre una cosa y otra, le pedí que me permitiese apuntarme al carro y abusar de su bondad generosa para darme otro garbeo cultureta.
Se iba a homenajear a un genio de la divulgación histórica y además con el añadido de que lo había hecho pese a su ceguera: Juan Antonio Cebrián.
Os cuento.
Allá que nos fuimos, al madrileño Círculo de Bellas Artes, en medio de una tarde primaveral y con una asistencia masiva. La ocasión la pintaban calva.
El acto, pese al retraso que tuvo en comenzar, fue muy bonito: entrañable, emotivo y con el calor de lo hecho de corazón. Los sentimientos estuvieron a flor de piel.
El libro presentado lleva por título “Fuerza y honor: Juan Antonio Cebrián y los pasajes de su Historia” y Silvia Casasola, su viuda, y Fernando rueda han sido sus autores.
El libro recoge anécdotas, historias y vivencias de uno de esos personajes de saber renacentista, enciclopédico, que le llevaron a ocupar altas cuotas de audiencia radiofónica pese a lo intempestivo de la hora de emisión de su programa, La rosa de los vientos.
Para alguien como yo, ya sabéis: goloso del saber divulgativo y luchador por la normalización, el hecho de tener su ejemplo ha sido, no pocas veces, todo un estímulo. Su prematura muerte fue una pérdida dolorosa, pero ahí han quedado sus libros y sus programas.
Como a mí, a él le gustaba transmitir el color a través de la voz y la palabra, nuestro mundo de sonidos y de imaginación.
Escuchamos los testimonios de sus compañeros, y amigos, además de los autores.
El líder de Mago de Oz leyó una hermosa carta dirigida a él e interpretó la canción que da título al programa (y que si pincháis en el título de la entrada, podréis escuchar).
Al final, cómo no, compramos el libro y tuvimos la ocasión de que nos lo firmasen. Pudimos hablar de lo que para los ciegos él significó y cómo luchó por ir más allá.
Realmente, una vez más elena me hizo un regalo, un presente de amistad, de hondo calado, de recuerdos y de emoción.
Todo un lujo haber estado allí y sentir, escuchar, compartir.
viernes, 27 de marzo de 2009
Un nuevo regalo de elena
Publicado por Alberto en 5:19 p. m. 7 Dejaron su huella
Etiquetas: Conferencias
martes, 24 de febrero de 2009
Ollas, pucheros y cocidos
Inauguro, con esta entrada, una nueva etiqueta en la que agruparé mi presencia en conferencias varias. Los que me váis conociendo sabéis de mi afán por participar en las actividades de mi entorno, en aspirar a la normalidad, en aprender, en ser uno más.
En esta línea, descubrí hace unos días, por casualidad, buceando en Internet la página del Ateneo madrileño, una institución con tantas reminiscencias culturales que no dudé en fijarme el objetivo de lanzarme a la piscina.
. Vi que se organizaban numerosas actividades, y entre ellas, conferencias muy curiosas. A algunas de las que ponía para el mes de febrero llegaba tarde, pero había otras dos a las que aún podría asistir. Hoy ha sido la primera de ellas y el viernes, será la segunda.
Han debido pensar que era una buena forma de prepararnos para la cuaresma, hablando de ollas, pucheros y cocidos. Todo un lujo para el paladar y una buena forma de empezar con buen pie en el objetivo.
Alguna vez se ha dicho que somos lo que comemos. Pienso que en buena medida, esto es cierto, pues la gastronomía de los pueblos simboliza su evolución, sus recursos, etc.
Bueno, os voy a comentar un poco acerca de la conferencia.
La ha impartido la profesora Matallana, adscrita a la facultad de Farmacia de la Universidad Complutense.
A lo largo de la hora aproximada de duración ha disertado sobre los antecedentes, ingredientes, tipos, variedades y presencia literaria de este plato tradicional de nuestra cocina.
Los antecedentes podrían remontarse a la olla negra de los espartanos, a otra sopa recogida por el romano Apicio y especialmente a la adafina de los judíos (pero en este caso, claro, sin tocino ni derivados del cerdo).
Los ingredientes eran muy variados y abundantes, dependiendo del nivel adquisitivo o clase social de los comensales. En la olla podrida castellana era esencial el tocino como símbolo de cristianos viejos. A él se añadían las verduras (ajo, cebollas, coles, etc.), legumbre (garbanzos) y carnes varias de todo tipo (carnero, gallina, jamón, chorizo, tocino, tocino, aves…).
Se recogen referencias a la olla podrida y luego al puchero en la literatura española del Siglo de Oro, y antes, en el arcipreste de Hita, desde el Quijote cervantino a Calderón.
Se hablaba de olla podrida en doble sentido: por su larga cocción y por su abundancia o poderida.
Se decía también que era el plato del sota, caballo y rey o de triple vuelco: la sopa (sota) ligera, escurridiza y a modo de aperitivo. La verdura y legumbre (caballo) por su energía fibrosa. Y la carne (el rey) por su contundencia y rango.
A fines del siglo XIX, con Alfonso XII se introduce la patata y en los pueblos castellanos se populariza el tocinero, figura que iba de casa en casa con una ristra de tocino, la introducía en el puchero y dependiendo de la duración del rezo del Credo se dejaba más o menos para que diese el gusto necesario. Una vez cobrado el estipendio, pasaban a la siguiente casa.
Los cocidos de ricos eran auténticos banquetes pantagruélicos, pero siempre con esa estructura.
Otro dato curioso ha sido el hecho de que hubiese veces en que se ponía candado a la tapa del puchero para evitar la mengua en los pedazos de carne desde que salían de las cocinas hasta que llegaban a la mesa del potentado señor.
Las posibilidades que brindan estos cocidos, potes u ollas hicieron de ellos más que un plato típico, un auténtico fenómeno sociológico.
En España hay distintas variedades, desde el cocido madrileño, el pote gallego, la fabada asturiana, el cocido maragato, el canario, etc. Aunque en todos ellos la base es la misma. Luego se introducen variantes locales en cuanto a composición o forma de servirlo.
Después de todo lo aprendido, más las fotos (que yo me he perdido) no dudéis en que a uno se le ha hecho la boca agua: el sabor a lo auténtico, lo sabroso de los platos de cuchara y el pensar en que estos platos han de degustarse en un ambiente reposado, placentero y bien acompañado (hacer un cocido o una fabada para uno no llena), ha sido muy enriquecedor.
Termino recordando la última fabada que degusté en un excelente restaurante asturiano, acompañado de mis amigos Elena, Alfonso y Paloma. He evocado aquella magnífica tarde de domingo y aquella frase de Alfonso: “estas fabes están espectaculares”.
Que aproveche.
Publicado por Alberto en 9:57 p. m. 1 Dejaron su huella
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