Si ya el poeta y filósofo, Solomon Ibn Gabirol (1021-1058) dijo que "el comienzo de la sabiduría es desearla", yo, que, ni mucho menos soy sabio, aunque aspire a serlo, deseé, regresar a Málaga para saborearla con la calma que no fue posible el pasado diciembre. Quise reencontrarme con sus gentes y calles y, sobre todo, pasear por sus playas. Además, en un justo ejercicio de memoria visual, quise también, acercarme a la Nerja de Verano azul, aquella magistral serie de mi admirado Antonio Mercero que tanto me acompañó en mi niñez. Así que entre los días 27 al 31 de julio reservé en el Hotel Palacete Los álamos y para allá que me fui. Me esperaba en la estación María Zambrano, mi admirada poeta Julia Montoya, con la que tanto me unen sensibilidad y versos. El clima fue estupendo, librándonos del temido Terral y de todo lo que cuenta, las sensaciones pasan a formar parte de esta crónica, asentada en los recuerdos. Sensaciones como la paz que obtuve al pasear descalzo, la noche del sábado, por la playha del Palo casi en soledad, mientras el mar sonaba poderoso. El contacto con la arena, el sonido de las olas, el silencio frente al ruido de Madrid. Algo inolvidable. La emoción de asomarme al Balcón de Europa, después de haber recorrido la cueva de Nerja, 60 años después de que fuera descubierta, con sus construcciones de estalactitas aunque con la ausencia de pinturas. Es emocionante bajar a la cueva e imaginar aquellos pobladores que, miles de años atrás, la habitaron y dotaron de magia. Los personajes de Verano azul se presentaban ante mi fantasía al tiempo que paseábamos por calles con casas llenas de rosales y plazas con la música de arpa... Tito, Bea, Desi, Javi, Chanquete, Julia la pintora, la otra o tal vez fuera ella la Julia que venció su claustrofobia por llevarme dándome la mano escaleras abajo al fondo de la cueva. Es curioso escuchar a los camareros del bar El tintero ofreciendo los platos de pescaíto y, a modo de subasta, elegir el que te apetece sabiendo que te cobrarán por plato, independientemente de que se trate de gambas, de boquerones o de puntillitas. Sabores de Málaga, frutos secos garrapiñados, vino dulce, pasas, espetos de sardinas... Es bonito superar los miedos y ser capaz de flotar aunque sea un poquito en el mar gracias a la cuerda con boyas que dispone la Playa de la Misericordia en el punto accesible. Da gusto saber que la discapacidad no es obstáculo para poder bañarse. Hamacas para nosotros, voluntarios que te guían, elementos de accesibilidad. Julia me anima a que me deje llevar, cogido de la cuerda y suelte los pies. Lo consigo en parte, pero cuando lo hago sé que estoy venciendo al miedo. Lástima que lo poco que gano puede que sirva de poco, pero, al menos, lo conseguí. La calle Larios abarrotada de gente, pero llena de historias y tiendas, el Café de Chinitas, el Museo Picasso, la Manquita o catedral de la Encarnación, el teatro romano, la alcazaba... lugares que se llenan con la música flamenca y las palabras de gitanas vendiendo lotería. Días de sol y emociones que junto a Manuel Altolaguirre me acompañarán para siempre: "En mis labios los recuerdos. En tus ojos la esperanza. No estoy tan solo sin ti." Málaga hospitalaria y fecunda en mágicas caricias de luz y generosidad. Pero aún habré de regresar para cruzar el Caminito del rey y, por qué no, comprobar qué es eso de "que salga el sol por Antequera" jejejejej.
Leer másviernes, 2 de agosto de 2019
Málaga y Nerja: entre la espuma y los sueños.
Publicado por Alberto en 1:25 p. m. 0 Dejaron su huella
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sábado, 18 de noviembre de 2017
Cádiz en mis sentidos
"Vete de mi vera que yo no quiero verte, que cuando yo te veo tú me das la muerte" (Camarón de la Isla, 1950-1992) Ardua tarea es resumir cinco días de un viaje a Cádiz, San Fernando y Puerto de santa María sin que resulte aburrido y prolijo en exceso. ¿Mas qué decir? Siento, sentimos Elena y yo, el viento cuando piso la calle, avenida Ramón de Carranza, tras salir de la estación de tren en que llego la mañana del 9 de noviembre. El viento me trae susurros de Arte en mayúsculas y sonidos de ceceos dulces. El olor sabe a humedad de mar y perfume de Historia. Sabemos que el hotel Senator pilla cerca. No tenemos prisa, vamos caminando. Primera aventura: quien nos ayude viene en nuestro tren y va a nuestro hotel. Tomamos posesión de la habitación y la entrada en la que el agua suena y las plantas decorativas entre columnas nos abrazan. Es hora de buscar un lugar para comer antes de que dé comienzo la primera de las visitas concertadas con Cicerones gaditanos. A La gorda nos llevan, típico bar de comidas con sabor a llaneza y gracia. ¿Cómo? ¿Quién? Dos trabajadores que se dedican a montar exposiciones de pintura van para allá y nos ofrecen comer con ellos. Por la tarde volveremos a encontrarlos cuando pasemos por el Consulado argentino. Los primeros sabores se abren paso en el paladar, adobos y miel... una tentadora tarta de zanahoria que nos ayude a ver mejor. En tres partes _jueves tarde y viernes mañana y tarde_ Fernando nos explicará los avatares de la Gades milenaria y constitucional, de la Cádiz de los piratas y comerciantes: plaza de España, Mina, de Las flores, san Juan de Dios, san Antonio, Palilleros; calle Ancha, San Francisco, Palma, Columela; la antigua Tabacalera, la catedral, el teatro Falla, el de títeres de la tía Norica, la Torre Tavira, los palacios como el de Aramburu o el de las Cadenas; las esculturas de la Cigarrera o la Pepa, los bustos de José María Pemán, Rubén Darío, Lucio Columela, Emilio Castelar; el Cádiz oculto entre las cuevas de María Moco, la Casa cuna, el Hospital de mujeres, los conventos; Casa Manteca, Confitería El pópulo, Café Royalti; y sí, no se me olvida... la Caleta, la Alameda Apodaca y el Parque genovés. Leyendas que hablan de un diputado a Cortes del 12 que señala una pista hacia un tesoro, otro tesoro, el que se descubriera en las salinas, perteneciente al Defensor de Pedro, amasado por el terrible Benito Soto que diera para que Espronceda le cantara al Pirata y el Tío de la tiza hiciera de los duros, chirigota o la historia del hombre pez de Liérganes y el milagro de la Virgen de la Palma cuando el terremoto de Lisboa en 1755. Qué sé yo. A la isla de san Fernando vamos, no no, un ratito a pie y otro andando jejejej, no. Nos acercamos al Panteón de marinos ilustres y la Escuela de Infantería para, después de pasar por el monumento a la locomotora de la Azucarera, nos dirijamos a la calle Real por la que pasearemos hasta la Iglesia Mayor y el Real Teatro de las Cortes para acabar tocando el monumento a Camarón, junto a la Venta Vargas, y parando ante el Observatorio de la Armada donde se fija la hora oficial. ¿Y la "Fuente del coño"? Jajajajajaja. Una fuente oxidada que todo el que la ve se pregunta "¿qué coño es esto?" Así que... Y al Puerto de Santa María, sí sí. Sus famosas bodegas, su castillo de San Marcos con el busto de Alfonso X y el del marino Juan de la Cosa con su mapa, la Iglesia Prioral, la Casa de Rafael Alberti y la Ribera del marisco. Ahí es nada. Un vaporcito que se undió de nombre Adriano o su plaza de toros del siglo XIX con sus monumentos al toro y al torero. Y de los lugares a las sensaciones de los sentidos: El oído se hace música con el acento de los lugareños _ese padre que habla con su niño mientras viajamos en el cercanías a San Fernando es la esencia, pero también la música que suena a partir del Festival que están celebrando y que nos deparará un soberbio concierto coral de temas inéditos en la catedral y la banda de pasodobles en San Juan de Dios. Ah, y el carrillón del Ayuntamiento al son de Falla –“el reloj que más Falla de la ciudad” nos dice alguien con su humor gaditano. El tacto que se sacia al tocar la piedra ostionera con sus conchitas marinas y todo, preciosas esculturas como la de la cigarrera o el marisquero, y ese señorial roble de la Alameda. El gusto que se extasía ante los sabores del pescadito, su vino blanco y la dulzura de sus postres. Descubrimos la urta y los camarones, el cazón y las puntillitas. Nos quedamos con Tierra Blanca de las bodegas Páez Morillas. Y la rematamos con los alfajores y el Pan de Cádiz de la confitería Pópolo. El olfato se fija en las freidurías de pescado, la de la Plaza de las Flores la que más, el olor a viejo en sus callejas y cuevas o al nuevo de las muchachas que se van de juerga calle San Francisco adelante. ¿Y la vista? Jajajajaj. Alzo la vista al horizonte queriendo capturar el cielo azul del Puerto o el blanco colonial de los palacios, balaustradas y casonas. Aunque de los sentidos, el que mayor sentido da al viaje son los encuentros con personas fantásticas. Desde Inma y Fernando que se nos prestan como cicerones llevándonos brazo a brazo por los lugares hasta Pepe y Amalia que comparten la tarde del domingo entre literatura y bromas pasando por el reencuentro con Mónica, que fuera mi reparadora de piernas después de volver del Camino de Santiago y con la que el tiempo no pasa si no que perdura eterno. Esa voluntaria que nos ayuda a acceder a la catedral y que resulta que ejerce de tal en Badajoz con una señora a la que conocemos. Y la guinda de todos ellos, Alberto y Marina que, en vez de seguir su destino a Jerez se desvían para llevarnos a Casa Manteca siendo nuestros ojos y ya para siempre acreedores de mi gratitud sin par. Y ese alcalde que a la puerta de un bar se detiene para besarle la mano a Elena y escuchar mi arenga en pro de la accesibilidad. Cuantos nos ayudaron a pasear y a llegar y a disfrutar también fueron el sentido de mis sentidos. El hotel disponía de SPA así que nos atrevimos a pedir usarlo. No era fácil moverse entre las distintas piscinas pero lo hicimos como también hicimos lo demás… con ilusión, paciencia, determinación y constancia. Por cierto, ya me cuidé muy mucho de poner las manos siempre en el borde de las piscinas o en la barandilla no fuera a ser que se me fueran a “curvilear” entre las señoras que haberlas, habíalas. Difícil era volver al hotel después de que Alberto y Marina se fueran pero lo hicimos. Y eso que no éramos Pulgarcitos que van dejando migas de pan, que para eso estaban los trabajadores de un crucero brasileño con los que nos encontramos o los productores de una serie para la televisión colombiana, unos y otros que hacían escala esos días y puede que fueran en busca de brujas o de descanso, quién sabe. Y quisimos quedarnos a comer en el Puerto para que Elena se reencontrara con su antigua compi de curso de telefonía, allá por la otra vida y, caprichosos nosotros, no nos resignamos a quedarnos en el ruidoso restaurante en que nos dejaron Fernando e Inma si no que, otra vez al azar, preguntamos a una pareja que nos aconsejó y, más aún, llamaron por nosotros para que nos reservaran sobre la marcha una mesa en la Venta Feria, la reina de los arroces, en la que degustar una estupenda paella limpita, tanto que llaman ciega jajajaja. Ya se sabe… paella y ciega, pa mí y limpita… ¿la paella o…? jajajajaja. Ah, nuestra amiga Siri. Los marineros del crucero buscan en el mapa la calle que queremos pero Elena se adelanta y le pregunta. “Yo quiero una cosa como ésa” _dirá el sufrido grumete; buscamos direcciones de sitios donde alegrarnos el paladar y Siri nos ilustra vía Google Maps… Nos sobran los motivos para volver porque Cádiz nos roba un poquito de nuestro corazón. Lo vivido ha sido mágico. Frente al rechazo de los del Corte Inglés, la aceptación de las gentes gaditanas. El voto de la utopía, sí: viajar sin ver. Habremos de regresar para entrar en los lugares o perdernos, esta vez por el barrio de Santa María. A lo mejor, es allí donde encontraremos a los espías que se extraviaron en los tablaos flamencos durante la Segunda Guerra Mundial. Volveremos a tocar al marisquero, esa vez en persona y no en piedra, y regresaremos al Royalti para cenar como ilustres diputados a Cortes. Acabo con la copla del Tío de la tiza con el deseo de que seas tú quien ponga la música: Aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar que se encontraba la gente en la orillita del mar fue la cosa más graciosa que en mi vida he visto yo. Allí fue medio Cádiz con espiochas; y la pobre mi suegra y eso que estaba ya media chocha; Con las uñas a algunos vi yo escarbar, cuatro días seguidos sin descansar. Estaba la playa igual que una feria ¡válgame San Cleto! lo que es la miseria. Algunos pescaron más de ochenta duros pero más de cuatro no vieron ni uno…
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martes, 17 de enero de 2017
Crónica de mi bautismo de ultraligero
Crónica de mi bautismo de ultraligero: el domingo, por los aires Ya se sabe… “el viento es aire en movimiento” y darse un paseo celestial en ultraligero también es andar (entre comillas) por los aires. Pero más aún. Mi amigo Juanjo, compañero de la Fundación Alaine, Alaine vuelve a regalarme momentos únicos, me deparó una apasionante experiencia en eso de la aeronáutica, algo más que dar el paseo. Quedamos a temprana hora para dirigirnos al campo de vuelo Loring, en la zona del Molar, carretera nacional 1 donde tienen su sede un grupo de pilotos de este sistema de navegación. Se trataba, por un lado, de asistir a un taller, impartido por Alfredo, piloto veterano de línea y controlador aéreo, acerca de la seguridad y las comunicaciones y, por otro, disfrutar de la convivencia con una estupenda comida. El día, como decían, estaba “guarrete”, tanto como para que apenas si algún atrevido se le ocurriera aparecer, como es habitual, en su ultraligero. Luego me enteraría, al llegar a casa, del accidente mortal de avioneta en Casarrubios, otro campo de vuelo. En fin, que ya que estaba allí, Juanjo hizo lo posible, dentro de la debida precaución y normas que rigen la cosa, para que pudiera montarme en su Tecnam P-96 de fabricación italiana y 400 kgs de peso, de ala baja a última hora de la tarde, cuando el viento amaina pero con tiempo suficiente para que no se nos hiciera de noche, que no les está permitido volar sin luz diurna. La jornada fue genial. Aprender un poco de ese mundillo, reírme con anécdotas que contaban sobre aterrizajes forzosos y menos forzosos, términos propios como los vectores o flaps o compensadores. Y los distintos tipos o modelos, como el llamado Colchón doblado, el pendular, el de ala alta o baja. El de Juanjo es de ala baja, es decir, que para montarse ha de hacerse por encima del ala. Eso también tuvo su gracia: poner el pie en el estribo, auparme al ala y meterme en la cabina para sentarme con la distancia justa para llegar a los pedales y coger la palanca. Es que es de los que tienen doble mando. No estaba el tiempo para que yo lo manejara, pero todo se andará… Conocí a algunos de los que se autodenominan “aerotrastornados” jejejejje, su sencillez y calidez. Me acogieron como a uno más y, encima, me vine de regalo con un libro supercurioso, Aviones bizarros de Alejandro Polanco y José Manuel Gil, JM, que me lo dedicó y que ya he solicitado me lo adapten en la ONCE, un libro que recoge la historia e historias de los más curiosos artefactos para volar y la osadía de personajes como el Ícaro español, Diego Marín Aguilera. Total, que el día iba pasando. El viento no amainaba. Ya me veía sin bautismo de vuelo. Juanjo me enseñó su avión y otros que por allí había, dejándome tocar todos sus componentes y explicándome la estructura, desde el morro con la hélice, de dos o tres palas, hasta la cola, con su timón. Unos y otros fueron marchándose hasta quedar Fernando, y Juanjo, socios que llevan Loring y yo.Pero sí, sí que volé jejejje. Hubo primero que calentar el avión, durante 10 minutos y luego subir a él y colocarme, algo que tuvo su miga. Pero una vez bien sentado y asegurado con los cinturones, y los cascos para comunicarnos, nos pusimos en marcha para despegar por la pista hasta elevarnos a 300 ms de altura y una velocidad de 240 kms, eso sí con aire de 60 kms por hora lo cual desaconsejaba hacer muchas florituras, pero fue genial. Pude percibir, con el culo, como ellos dicen, todas las sensaciones, unas más moviditas que otras, giros, subidas, bajadas, baches, la bravura del viento al acercarnos a la sierra de la Cabrera… En fin, que no pude por menos de acordarme de mi lamentable actuación en la montaña rusa de Copenhague y cómo esta vez sí disfruté pese a lo movidito del garbeo. Incluso el aterrizaje fue estupendo. Claro que volar con un tío que lleva 25 años haciéndolo es toda una garantía de comodidad y seguridad. Me aguarda aún, de su mano, hacerme un selfie en el aire, ir más lejos y acariciar yo la palanca para comprobar cómo, otra vez más, esto de volar es tan delicado como ha de tratarse a las mujeres jejejejje. Y no olvidaré tampoco a personajes que ese día conocí, de la talla de Laty, simpática marroquí que parece ser da los masajes como nadie y que quiso que le cogiera las manos; Paco, que pronunciar su nombre verdadero nadie hace, y que fue piloto en las fuerzas armadas iraquíes, un auténtico crac; o Pol, piloto de acrobacias polaco. Sin olvidar a JM que estuvo pendiente de mí para que no me faltara de nada y que nos dio clases magistrales de ingeniería aeronáutica. En fin, que si el sábado recibí un regalo de Reyes estupendo, el domingo no quedó a la zaga. Además, jejejje, sin novatadas, que para eso Juanjo es un tío cabal. Otra experiencia más, otra batallita más que contar y recordar. Qué cosas, que un cacharro que se mueve con la mano para girarlo sea capaz de llevarte por los aires, aunque sea en domingo.
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sábado, 12 de septiembre de 2015
Crónica de mi viaje a Dinamarca, agosto 2015
Publicado por Alberto en 11:45 p. m. 0 Dejaron su huella
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martes, 16 de junio de 2015
Mis penúltimas pequeñas odiseas: ¿vale la pena dar pena?
Publicado por Alberto en 7:03 p. m. 4 Dejaron su huella
viernes, 22 de mayo de 2015
San Isidro 2015 por tierras jienenses
Publicado por Alberto en 5:25 p. m. 0 Dejaron su huella
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