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viernes, 2 de agosto de 2019

Málaga y Nerja: entre la espuma y los sueños.

Si ya el poeta y filósofo, Solomon Ibn Gabirol (1021-1058) dijo que "el comienzo de la sabiduría es desearla", yo, que, ni mucho menos soy sabio, aunque aspire a serlo, deseé, regresar a Málaga para saborearla con la calma que no fue posible el pasado diciembre. Quise reencontrarme con sus gentes y calles y, sobre todo, pasear por sus playas. Además, en un justo ejercicio de memoria visual, quise también, acercarme a la Nerja de Verano azul, aquella magistral serie de mi admirado Antonio Mercero que tanto me acompañó en mi niñez. Así que entre los días 27 al 31 de julio reservé en el Hotel Palacete Los álamos y para allá que me fui. Me esperaba en la estación María Zambrano, mi admirada poeta Julia Montoya, con la que tanto me unen sensibilidad y versos. El clima fue estupendo, librándonos del temido Terral y de todo lo que cuenta, las sensaciones pasan a formar parte de esta crónica, asentada en los recuerdos. Sensaciones como la paz que obtuve al pasear descalzo, la noche del sábado, por la playha del Palo casi en soledad, mientras el mar sonaba poderoso. El contacto con la arena, el sonido de las olas, el silencio frente al ruido de Madrid. Algo inolvidable. La emoción de asomarme al Balcón de Europa, después de haber recorrido la cueva de Nerja, 60 años después de que fuera descubierta, con sus construcciones de estalactitas aunque con la ausencia de pinturas. Es emocionante bajar a la cueva e imaginar aquellos pobladores que, miles de años atrás, la habitaron y dotaron de magia. Los personajes de Verano azul se presentaban ante mi fantasía al tiempo que paseábamos por calles con casas llenas de rosales y plazas con la música de arpa... Tito, Bea, Desi, Javi, Chanquete, Julia la pintora, la otra o tal vez fuera ella la Julia que venció su claustrofobia por llevarme dándome la mano escaleras abajo al fondo de la cueva. Es curioso escuchar a los camareros del bar El tintero ofreciendo los platos de pescaíto y, a modo de subasta, elegir el que te apetece sabiendo que te cobrarán por plato, independientemente de que se trate de gambas, de boquerones o de puntillitas. Sabores de Málaga, frutos secos garrapiñados, vino dulce, pasas, espetos de sardinas... Es bonito superar los miedos y ser capaz de flotar aunque sea un poquito en el mar gracias a la cuerda con boyas que dispone la Playa de la Misericordia en el punto accesible. Da gusto saber que la discapacidad no es obstáculo para poder bañarse. Hamacas para nosotros, voluntarios que te guían, elementos de accesibilidad. Julia me anima a que me deje llevar, cogido de la cuerda y suelte los pies. Lo consigo en parte, pero cuando lo hago sé que estoy venciendo al miedo. Lástima que lo poco que gano puede que sirva de poco, pero, al menos, lo conseguí. La calle Larios abarrotada de gente, pero llena de historias y tiendas, el Café de Chinitas, el Museo Picasso, la Manquita o catedral de la Encarnación, el teatro romano, la alcazaba... lugares que se llenan con la música flamenca y las palabras de gitanas vendiendo lotería. Días de sol y emociones que junto a Manuel Altolaguirre me acompañarán para siempre: "En mis labios los recuerdos. En tus ojos la esperanza. No estoy tan solo sin ti." Málaga hospitalaria y fecunda en mágicas caricias de luz y generosidad. Pero aún habré de regresar para cruzar el Caminito del rey y, por qué no, comprobar qué es eso de "que salga el sol por Antequera" jejejejej.

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sábado, 18 de noviembre de 2017

Cádiz en mis sentidos

"Vete de mi vera que yo no quiero verte, que cuando yo te veo tú me das la muerte" (Camarón de la Isla, 1950-1992) Ardua tarea es resumir cinco días de un viaje a Cádiz, San Fernando y Puerto de santa María sin que resulte aburrido y prolijo en exceso. ¿Mas qué decir? Siento, sentimos Elena y yo, el viento cuando piso la calle, avenida Ramón de Carranza, tras salir de la estación de tren en que llego la mañana del 9 de noviembre. El viento me trae susurros de Arte en mayúsculas y sonidos de ceceos dulces. El olor sabe a humedad de mar y perfume de Historia. Sabemos que el hotel Senator pilla cerca. No tenemos prisa, vamos caminando. Primera aventura: quien nos ayude viene en nuestro tren y va a nuestro hotel. Tomamos posesión de la habitación y la entrada en la que el agua suena y las plantas decorativas entre columnas nos abrazan. Es hora de buscar un lugar para comer antes de que dé comienzo la primera de las visitas concertadas con Cicerones gaditanos. A La gorda nos llevan, típico bar de comidas con sabor a llaneza y gracia. ¿Cómo? ¿Quién? Dos trabajadores que se dedican a montar exposiciones de pintura van para allá y nos ofrecen comer con ellos. Por la tarde volveremos a encontrarlos cuando pasemos por el Consulado argentino. Los primeros sabores se abren paso en el paladar, adobos y miel... una tentadora tarta de zanahoria que nos ayude a ver mejor. En tres partes _jueves tarde y viernes mañana y tarde_ Fernando nos explicará los avatares de la Gades milenaria y constitucional, de la Cádiz de los piratas y comerciantes: plaza de España, Mina, de Las flores, san Juan de Dios, san Antonio, Palilleros; calle Ancha, San Francisco, Palma, Columela; la antigua Tabacalera, la catedral, el teatro Falla, el de títeres de la tía Norica, la Torre Tavira, los palacios como el de Aramburu o el de las Cadenas; las esculturas de la Cigarrera o la Pepa, los bustos de José María Pemán, Rubén Darío, Lucio Columela, Emilio Castelar; el Cádiz oculto entre las cuevas de María Moco, la Casa cuna, el Hospital de mujeres, los conventos; Casa Manteca, Confitería El pópulo, Café Royalti; y sí, no se me olvida... la Caleta, la Alameda Apodaca y el Parque genovés. Leyendas que hablan de un diputado a Cortes del 12 que señala una pista hacia un tesoro, otro tesoro, el que se descubriera en las salinas, perteneciente al Defensor de Pedro, amasado por el terrible Benito Soto que diera para que Espronceda le cantara al Pirata y el Tío de la tiza hiciera de los duros, chirigota o la historia del hombre pez de Liérganes y el milagro de la Virgen de la Palma cuando el terremoto de Lisboa en 1755. Qué sé yo. A la isla de san Fernando vamos, no no, un ratito a pie y otro andando jejejej, no. Nos acercamos al Panteón de marinos ilustres y la Escuela de Infantería para, después de pasar por el monumento a la locomotora de la Azucarera, nos dirijamos a la calle Real por la que pasearemos hasta la Iglesia Mayor y el Real Teatro de las Cortes para acabar tocando el monumento a Camarón, junto a la Venta Vargas, y parando ante el Observatorio de la Armada donde se fija la hora oficial. ¿Y la "Fuente del coño"? Jajajajajaja. Una fuente oxidada que todo el que la ve se pregunta "¿qué coño es esto?" Así que... Y al Puerto de Santa María, sí sí. Sus famosas bodegas, su castillo de San Marcos con el busto de Alfonso X y el del marino Juan de la Cosa con su mapa, la Iglesia Prioral, la Casa de Rafael Alberti y la Ribera del marisco. Ahí es nada. Un vaporcito que se undió de nombre Adriano o su plaza de toros del siglo XIX con sus monumentos al toro y al torero. Y de los lugares a las sensaciones de los sentidos: El oído se hace música con el acento de los lugareños _ese padre que habla con su niño mientras viajamos en el cercanías a San Fernando es la esencia, pero también la música que suena a partir del Festival que están celebrando y que nos deparará un soberbio concierto coral de temas inéditos en la catedral y la banda de pasodobles en San Juan de Dios. Ah, y el carrillón del Ayuntamiento al son de Falla –“el reloj que más Falla de la ciudad” nos dice alguien con su humor gaditano. El tacto que se sacia al tocar la piedra ostionera con sus conchitas marinas y todo, preciosas esculturas como la de la cigarrera o el marisquero, y ese señorial roble de la Alameda. El gusto que se extasía ante los sabores del pescadito, su vino blanco y la dulzura de sus postres. Descubrimos la urta y los camarones, el cazón y las puntillitas. Nos quedamos con Tierra Blanca de las bodegas Páez Morillas. Y la rematamos con los alfajores y el Pan de Cádiz de la confitería Pópolo. El olfato se fija en las freidurías de pescado, la de la Plaza de las Flores la que más, el olor a viejo en sus callejas y cuevas o al nuevo de las muchachas que se van de juerga calle San Francisco adelante. ¿Y la vista? Jajajajaj. Alzo la vista al horizonte queriendo capturar el cielo azul del Puerto o el blanco colonial de los palacios, balaustradas y casonas. Aunque de los sentidos, el que mayor sentido da al viaje son los encuentros con personas fantásticas. Desde Inma y Fernando que se nos prestan como cicerones llevándonos brazo a brazo por los lugares hasta Pepe y Amalia que comparten la tarde del domingo entre literatura y bromas pasando por el reencuentro con Mónica, que fuera mi reparadora de piernas después de volver del Camino de Santiago y con la que el tiempo no pasa si no que perdura eterno. Esa voluntaria que nos ayuda a acceder a la catedral y que resulta que ejerce de tal en Badajoz con una señora a la que conocemos. Y la guinda de todos ellos, Alberto y Marina que, en vez de seguir su destino a Jerez se desvían para llevarnos a Casa Manteca siendo nuestros ojos y ya para siempre acreedores de mi gratitud sin par. Y ese alcalde que a la puerta de un bar se detiene para besarle la mano a Elena y escuchar mi arenga en pro de la accesibilidad. Cuantos nos ayudaron a pasear y a llegar y a disfrutar también fueron el sentido de mis sentidos. El hotel disponía de SPA así que nos atrevimos a pedir usarlo. No era fácil moverse entre las distintas piscinas pero lo hicimos como también hicimos lo demás… con ilusión, paciencia, determinación y constancia. Por cierto, ya me cuidé muy mucho de poner las manos siempre en el borde de las piscinas o en la barandilla no fuera a ser que se me fueran a “curvilear” entre las señoras que haberlas, habíalas. Difícil era volver al hotel después de que Alberto y Marina se fueran pero lo hicimos. Y eso que no éramos Pulgarcitos que van dejando migas de pan, que para eso estaban los trabajadores de un crucero brasileño con los que nos encontramos o los productores de una serie para la televisión colombiana, unos y otros que hacían escala esos días y puede que fueran en busca de brujas o de descanso, quién sabe. Y quisimos quedarnos a comer en el Puerto para que Elena se reencontrara con su antigua compi de curso de telefonía, allá por la otra vida y, caprichosos nosotros, no nos resignamos a quedarnos en el ruidoso restaurante en que nos dejaron Fernando e Inma si no que, otra vez al azar, preguntamos a una pareja que nos aconsejó y, más aún, llamaron por nosotros para que nos reservaran sobre la marcha una mesa en la Venta Feria, la reina de los arroces, en la que degustar una estupenda paella limpita, tanto que llaman ciega jajajaja. Ya se sabe… paella y ciega, pa mí y limpita… ¿la paella o…? jajajajaja. Ah, nuestra amiga Siri. Los marineros del crucero buscan en el mapa la calle que queremos pero Elena se adelanta y le pregunta. “Yo quiero una cosa como ésa” _dirá el sufrido grumete; buscamos direcciones de sitios donde alegrarnos el paladar y Siri nos ilustra vía Google Maps… Nos sobran los motivos para volver porque Cádiz nos roba un poquito de nuestro corazón. Lo vivido ha sido mágico. Frente al rechazo de los del Corte Inglés, la aceptación de las gentes gaditanas. El voto de la utopía, sí: viajar sin ver. Habremos de regresar para entrar en los lugares o perdernos, esta vez por el barrio de Santa María. A lo mejor, es allí donde encontraremos a los espías que se extraviaron en los tablaos flamencos durante la Segunda Guerra Mundial. Volveremos a tocar al marisquero, esa vez en persona y no en piedra, y regresaremos al Royalti para cenar como ilustres diputados a Cortes. Acabo con la copla del Tío de la tiza con el deseo de que seas tú quien ponga la música: Aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar que se encontraba la gente en la orillita del mar fue la cosa más graciosa que en mi vida he visto yo. Allí fue medio Cádiz con espiochas; y la pobre mi suegra y eso que estaba ya media chocha; Con las uñas a algunos vi yo escarbar, cuatro días seguidos sin descansar. Estaba la playa igual que una feria ¡válgame San Cleto! lo que es la miseria. Algunos pescaron más de ochenta duros pero más de cuatro no vieron ni uno…

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martes, 17 de enero de 2017

Crónica de mi bautismo de ultraligero

Crónica de mi bautismo de ultraligero: el domingo, por los aires  Ya se sabe… “el viento es aire en movimiento” y darse un paseo celestial en ultraligero también es andar (entre comillas) por los aires. Pero más aún. Mi amigo Juanjo, compañero de la Fundación Alaine, Alaine vuelve a regalarme momentos únicos, me deparó una apasionante experiencia en eso de la aeronáutica, algo más que dar el paseo. Quedamos a temprana hora para dirigirnos al campo de vuelo Loring, en la zona del Molar, carretera nacional 1 donde tienen su sede un grupo de pilotos de este sistema de navegación. Se trataba, por un lado, de asistir a un taller, impartido por Alfredo, piloto veterano de línea y controlador aéreo, acerca de la seguridad y las comunicaciones y, por otro, disfrutar de la convivencia con una estupenda comida. El día, como decían, estaba “guarrete”, tanto como para que apenas si algún atrevido se le ocurriera aparecer, como es habitual, en su ultraligero. Luego me enteraría, al llegar a casa, del accidente mortal de avioneta en Casarrubios, otro campo de vuelo. En fin, que ya que estaba allí, Juanjo hizo lo posible, dentro de la debida precaución y normas que rigen la cosa, para que pudiera montarme en su Tecnam P-96 de fabricación italiana y 400 kgs de peso, de ala baja a última hora de la tarde, cuando el viento amaina pero con tiempo suficiente para que no se nos hiciera de noche, que no les está permitido volar sin luz diurna. La jornada fue genial. Aprender un poco de ese mundillo, reírme con anécdotas que contaban sobre aterrizajes forzosos y menos forzosos, términos propios como los vectores o flaps o compensadores. Y los distintos tipos o modelos, como el llamado Colchón doblado, el pendular, el de ala alta o baja. El de Juanjo es de ala baja, es decir, que para montarse ha de hacerse por encima del ala. Eso también tuvo su gracia: poner el pie en el estribo, auparme al ala y meterme en la cabina para sentarme con la distancia justa para llegar a los pedales y coger la palanca. Es que es de los que tienen doble mando. No estaba el tiempo para que yo lo manejara, pero todo se andará… Conocí a algunos de los que se autodenominan “aerotrastornados” jejejejje, su sencillez y calidez. Me acogieron como a uno más y, encima, me vine de regalo con un libro supercurioso, Aviones bizarros de Alejandro Polanco y José Manuel Gil, JM, que me lo dedicó y que ya he solicitado me lo adapten en la ONCE, un libro que recoge la historia e historias de los más curiosos artefactos para volar y la osadía de personajes como el Ícaro español, Diego Marín Aguilera. Total, que el día iba pasando. El viento no amainaba. Ya me veía sin bautismo de vuelo. Juanjo me enseñó su avión y otros que por allí había, dejándome tocar todos sus componentes y explicándome la estructura, desde el morro con la hélice, de dos o tres palas, hasta la cola, con su timón. Unos y otros fueron marchándose hasta quedar Fernando, y Juanjo, socios que llevan Loring y yo.Pero sí, sí que volé jejejje. Hubo primero que calentar el avión, durante 10 minutos y luego subir a él y colocarme, algo que tuvo su miga. Pero una vez bien sentado y asegurado con los cinturones, y los cascos para comunicarnos,  nos pusimos en marcha para despegar por la pista hasta elevarnos a 300 ms de altura y una velocidad de 240 kms, eso sí con aire de 60 kms por hora lo cual desaconsejaba hacer muchas florituras, pero fue genial. Pude percibir, con el culo, como ellos dicen, todas las sensaciones, unas más moviditas que otras, giros, subidas, bajadas, baches, la bravura del viento al acercarnos a la sierra de la Cabrera… En fin, que no pude por menos de acordarme de mi lamentable actuación en la montaña rusa de Copenhague y cómo esta vez sí disfruté pese  a lo movidito del garbeo. Incluso el aterrizaje fue estupendo. Claro que volar con un tío que lleva 25 años haciéndolo es toda una garantía de comodidad y seguridad. Me aguarda aún, de su mano, hacerme un selfie en el aire, ir más lejos y acariciar yo la palanca para comprobar cómo, otra vez más, esto de volar es  tan delicado como ha de tratarse a las mujeres jejejejje. Y no olvidaré tampoco a personajes que ese día conocí, de la talla de Laty, simpática marroquí que parece ser da los masajes como nadie y que quiso que le cogiera las manos; Paco, que pronunciar su nombre verdadero nadie hace, y que fue piloto en las fuerzas armadas iraquíes, un auténtico crac; o Pol, piloto de acrobacias polaco. Sin olvidar a JM que estuvo pendiente de mí para que no me faltara de nada y que nos dio clases magistrales de ingeniería aeronáutica. En fin, que si el sábado recibí un regalo de Reyes estupendo, el domingo no quedó a la zaga. Además, jejejje, sin novatadas, que para eso Juanjo es un tío cabal. Otra experiencia más, otra batallita más que contar y recordar. Qué cosas, que un cacharro que se mueve con la mano para girarlo sea capaz de llevarte por los aires, aunque sea en domingo.

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sábado, 12 de septiembre de 2015

Crónica de mi viaje a Dinamarca, agosto 2015



Por tierras danesas: en pos de los cuentos y los diseños

Apenas hace un mes nos disponíamos a iniciar ese viaje anual a un país extranjero de la mano de mis lazarillos viajeros, Alfonso y Paloma, Elena, Nuria y yo, cumpliendo con la tradición que diera comienzo en 2009. Si el año pasado, fue Suecia, éste sería Dinamarca el destino elegido. Durante 5 días pisaríamos, si quiera mínimamente, esa tierra de vikingos y pescadores, de cuentos y diseñadores sostenibles, que es Dinamarca.
Me dispongo a compartir contigo lo que quedó de aquel viaje, además, claro, de mencionar los lugares visitados.

Un poco de Historia:
La historia de Dinamarca comenzó hace más de 100.000 años, pero los primeros pobladores se vieron forzados a retirarse del territorio debido al hielo que lo cubrió durante la glaciación. Desde el 12.000 a. C. la presencia humana ha sido constante en Dinamarca.
Durante el periodo vikingo, Dinamarca tuvo un gran poder basado en la península de Jutlandia, la isla de Seeland y la parte sur de lo que es hoy en día Suecia. A principios del siglo XI, el rey Canuto el Grande (en danés, Knud) conquistó Inglaterra por un periodo de al menos 30 años.
La leyenda dice que la bandera danesa, la Dannebrog, cayó del cielo durante una batalla ocurrida en Estonia en 1219.
La historia de Copenhague se remonta a alrededor del año 800, cuando surge en torno a un pequeño pueblo de pescadores. Desde el año 1300 se convirtió en la capital de Dinamarca en detrimento de Roskilde, un estatus que la ciudad ha mantenido desde entonces. En la actualidad, Copenhague alberga alrededor del 20% de la población de Dinamarca, en torno a 1.200.000 habitantes. Después de una crisis económica, la ciudad ha experimentado en los últimos diez años un importante progreso económico y cultural, y es ahora más fuerte tanto a nivel nacional como internacional.
Al oeste de la capital danesa, a 147 kms. Se encuentra Odense, cuyo nombre  proviene de Odins Vi que significa 'el Santuario de Odín', en relación con la antigua mitología escandinava. Es una de las ciudades más antiguas de Dinamarca. En 1988 celebró los 1.000 años de antigüedad. El Templo de San Knud fue durante la Edad Media un importante punto de peregrinaje para honrar al rey Knud, asesinado en el 1086.
Billund es una localidad danesa en el centro de la península de Jutlandia. Es la sede central del Grupo LEGO. Existe una fábrica en las afueras de la ciudad, que produce el 90% de los productos de la empresa, aunque los efectos de la globalización y la competencia están provocando que se lleve más producción a terceros países. En la carretera de acceso a las dependencias del grupo Lego se encuentra el famoso parque temático Legoland, abierto en 1968.
Legoland es un parque temático que pertenece a la fábrica de juguetes LEGO y que incluye representaciones en miniatura de sitios daneses y del mundo hechos con bloques de lego. El parque abrió en 1968 y actualmente tiene sucursales en Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y Malasia. Legoland Billund es la principal atracción turística de Dinamarca fuera del área urbana de Copenhague, con 1,7 millones de visitantes en 2012.

Nuestras visitas
Pues bien, tras aterrizar el día 16 de agosto a media tarde en el aeropuerto Københavns Lufthavn, Kastrup, en una maniobra muy poco suave por parte del comandante, que hizo que se me pusieran de punta los pelos que no tengo en el cogote, nos dirigimos al Ascot Hotel, en pleno centro histórico de la ciudad, al lado de la avenida Hans Christian Andersen, buena señal, pensé, dimos nuestro primer paseo para llegar a Rådhuspladsen donde se encuentra el Ayuntamiento qe, por cierto, estaba en obras. »» Rådhuspladsen o Plaza del Ayuntamiento fue construida en la segunda mitad del siglo XIX, tras desmantelar la puerta occidental que se alzaba en este lugar y derrumbar los muros defensivos.Vimos también La fuente del dragón (Dragespringvandet) situada junto a la entrada del Ayuntamiento y nos adentramos en la denominada calle peatonal más grande del mundo, la Strøget y buscamos dónde cenar una especie de montaditos que llaman sandwichs daneses, a modo de canapés de pan de centeno con arenques o salmón, etc.
Alfonso nos habló del barómetro animado que adorna lo más alto de  la torre de Richshuset,: una figura dorada de una mujer en bicicleta anuncia el buen tiempo; mientras que una mujer con paraguas, el malo, lo mismo que de una sólida columna que sostiene el grupo de bronce de los Lurblaeserne o tañedores de lur (instrumentos de viento característicos de los pueblos nórdicos).
Durante los dos días siguientes, recorreríamos los principales enclaves de la capital, tanto a pie, como en un crucero por sus canales: desde su parque Tívoli, con su sabor decimonónico y atracciones de hoy; el Palacio Amaliemborg, con el cambio de guardia a cargo de los livsgarde, o guardianes reales, con vistosos gorros y uniformes;  la Frederiks Kirke, o Iglesia de mármol; la Kongens Nitorv, o Plaza Nueva; Vor Frue Kirke, o catedral de Santa María con majestuosas esculturas; las lujosas fábricas de porcelana, orfebrería y diseño de muebles, todas ellas en la calle Amagertorv, una calle llena de fantásticos edificios; Højbro Plads, con su estatua a caballo en honor del obispo Absalónel kastellet que nos llevaría hasta Den Lille Havfrue, el símbolo de la ciudad, La sirenita; el canal Nihavn, con sus terrazas, casas de colores y restaurantes;el palacio real de Rosemborg, con su tesoro, pinturas y salas; el Kongens Have, Jardín del rey el parque más antiguo de la ciudad y en el que una estatua muestra a Andersen entreteniendo a un grupo de niños, leyéndoles sus cuentos; el Københavns Ravmuseet, o Museo del Ámbar  y, en fin, El Black Diamon, la parte de la Biblioteca Real conocida como Diamante Negro por su estructura trapezoidal y por su color, un lugar que no nos pudimos perder.
El miércoles, alquilamos un coche para dirigirnos hacia el oeste, a Odense y Legoland. Para ello, atravesamos un largo puente colgante sobre el mar, el Storebæltsforbindelsen, uno de los más largos del mundo sobre el estrecho del Gran Belt. Ya en Odense, llegamos a la casa natal de Hans Christian Andersen en un entorno mágico, con sus tranquilas callecitas y sus casitas bajas de colores. La casa es ahora un museo en cuyas salas se muestran, no sólo aspectos de la vida del escritor, si no también manuscritos de los grandes personajes del siglo XIX y salas para niños recreadas con imágenes y mobiliario de sus cuentos. Pudimos tocar una escultura que nos ayudó a saber cómo era este grande de la Literatura, un hombre de estatura mayor que la media, pelo abundante y recio, nariz prominente, a modo de berenjena, y manos fuertes. Supimos que su vida estuvo rodeada de tragedias familiares que, seguramente, hicieron que se refugiara en la fantasía para sobrevivir a ellas. Vaya, un entorno sencillo de pueblo es lo que vimos para albergar a un genio.
Subimos, de nuevo al coche, para seguir viaje hasta Legoland. No habríamos tenido idea de este parque, de no haber sido por mi amigo Miguelito, tan aficionado a este juego, que me dijo que procedía de ese país y ello me llevó a indagar en Internet, al preparar el viaje, lo que pudiera haber en torno al Lego. Gracias a Miguelito pudimos emocionarnos al encontrar todo un paraíso para nuestras manos, pudiendo tocar figuras a tamaño natural de personajes tan curiosos como un cocinero de pizza, una vedette de cabaret o Lincoln leyendo a una niña un libro. Eso y más, pero además, nos admiraron las réplicas de ciudades, plataformas petrolíferas, aeropuertos… en movimiento y fabricadas con piezas. ¡¡Increíble!!
Ya, por último, el miércoles, volvimos a callejear por el centro, hicimos algunas compras típicas y nos relajamos en una de las plazas de la capital tomando la última Karlsberg y contemplando un espectáculo callejero.

Mis impresiones y anécdotas
Bien, de todo esto me quedo con que Copenhague no me emocionó. Es verdad que es una ciudad muy tranquila y limpia, con grandes esculturas, parques y fuentes, pero faltas de chispa. Supongo que a ello contribuyó la nula accesibilidad que pudimos disfrutar. Nada de maquetas de monumentos ni braille, ni audioguías ni poder tocar. La ventaja la tenían Alfonso y Paloma que entraban gratis, mientras que nosotros pagábamos como los demás, aunque no viéramos como los demás, y que los semáforos pitaban.
Las emociones vinieron el miércoles en Odense y en Legoland. En la primera por mi pasión por la escritura y la fantasía, y en el segundo por lo increíble que nos parecía que fuera posible construir semejantes cosas con piececitas de plástico ensambladas unas al lado de otras o sobre otras.
En la casa natal de Andersen no pude resistirme a dejar mi firma en el libro de visitas, aludiendo al braille y a la luz que da la fantasía ayudándonos a no olvidar que una vez fuimos niños.
En el Tívoli me monté, por primera y… última, jejejjeje, vez en mi vida en una montaña rusa, supuestamente de niños. Digo última porque las pasé canutas, creía que me caía, que me iba de lado… uuuuuuffffff, que no podía gritar todo lo que quería… Madre mía, pobre Nuria, la que tuvo que aguantar. Tanto debió ser que cuando ella, con Paloma, quisieron repetir, el dueño, no les cobró… jajajjaja. Me río ahora, pero entonces dije que nunca más volvería a comer ensaladilla rusa ni filetes rusos jajajjaaj. Ya se me ha olvidado.
La Sirenita, como seguramente sabrás, es una pequeña escultura que nada tiene que ver con la versión edulcorada de la peli de Walt Disney y que se encuentra en un promontorio en medio del mar, por lo que nada de pretender tocarla los cieguitos.
Nos habría gustado que se pudiera parar en la autopista que tomamos para Odense y apreciar las sensaciones que debían sentirse en el puente, colgados sobre el mar y sin nada más que el asfalto, el acero y el hormigón.
Detrás de mí, por cierto, con todas las explicaciones en inglés que me dejaron a verlas, ojalá, venir en el crucero por el canal, iban tres bulliciosos ingleses silbando a las danesas que debían estar tomando el sol, supongo… no creo que silbaran a mi calva jajajajjaja. Pobrecita ella que se quemó con tanto aire y tanto sol y sin nada que la cubriera. Vaya socarrada.
Al salir del Diamante Negro nos tomamos unos zumos cómodamente en unas tumbonas que había al lado. Una forma muy cómoda de pasar la mañana con un librito, vaya vaya.
Y sí, este año comimos estupendamente, caro pero muy bien. El salmón, estupendo; los helados, ricos ricos; y las cervezotas, ideales, incluido lo que cenamos en el Palace Hotel y en otro restaurante italiano, cuyo camarero era español y que estuvo fantástico.

¿Nada más? Sí, un ruego… No dejes de leer a Hans Christian Andersen, sus cuentos están llenos de verdad.

  
           

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martes, 16 de junio de 2015

Mis penúltimas pequeñas odiseas: ¿vale la pena dar pena?



¿Acaso merece la pena recordar a cada momento lo difícil que es sonreír siendo ciego? ¿Que quisiste visitar el Campo de San Francisco en Oviedo y teniéndolo al lado, fuiste incapaz de atravesar, sin tener que preguntar, la Plaza de la Escandalera? ¿Que pediste un taxi para ir a coger el autobús que te llevaría al pueblo toledano de Cabezamesada y el taxista, sin avisarte, te dejó 20 metros más atrás justo en el punto en el que al salir del coche tenías una moto con la que tropezar sin tú saberlo? ¿O que tus propios compañeros ciegos asturianos duden de que lo que escribiste en tu último libro sea cierto y que pretendan que les convenzas de que realmente disfrutas viajando? ¿O que no puedas ver a las guapas cabezudas vestidas de fiesta por mucha minifalda o top que lleven a la verbena de la plaza? ¿O que seas incapaz de encontrar la escultura de Ana Ozores en la plaza de la catedral ovetense por cerca que esté? ¿O que cuando vas a adorar la reliquia de San Antonio de Padua,en la misa mayor de la iglesia cabezuda el sacerdote que la porte no se dé cuenta y te des un golpe en la frente con ella? ¿Vale la pena dar pena? ¿Que te digan que qué pobre eres que siendo tan joven te quedaras ciego o que creas que estás hablando con alguien y se ha ido sin avisarte o que crees que a quien saludas es una persona en vez de otra confundiéndole el nombre?
 ¡¡No!! No vale la pena dar pena. Lo que vale la pena es dar esperanza, ilusión y ganas de vivir en plenitud.
Y por eso durante los dos últimos fines de semana he zascandileado otra vez más de pequeña odisea en odisea. Entre el 4 y el 7 de junio en Oviedo para presentar mi libro, celebrar mi cumple y recorrer alguno de los pueblos asturianos; y entre el 13 y el 14, viajando a esa localidad toledana lindante con Cuenca que es Cabezamesada para participar en las fiestas en honor de san Antonio.
Porque, en absoluto estoy dispuesto a dar pena te diré que me emocioné en el Centro de Prensa del diario La Nueva España con las palabras de la concejala de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Oviedo y las de Joserra al presentarme, que sonriera al decirme que no publique tan pronto mis motivos para sonreír en Watshapp, que me tomé un desayuno principesco en la pastelería Rialto para inaugurar mi año 49, que me impresionó visitar la Universidad Laboral de Gijón y escuchar el mar en Luanco y Candás, lo mismo que el sonido de gaitas en esa plaza de La Escandalera.
Igual que me emocioné y disfruté, o más aún, al recibir el regalo de natural acogida y sincero cariño de los quintos del 64 en Cabeza, lo bonita que fue la misa de San Antonio con el coro y la banda, lo mismo que la procesión con los encares hacia las casas, el pasear por la calle del Aire o la calle Ciega o por la Glorieta de Cabezamesada.
Sonrío porque sonreír sí vale la pena ante la maestría del maitre del restaurante La cama de la abuela de Oviedo al ponderarnos sus propuestas gastronómicas, asegurándonos que la tarta de manzana está especialmente rica, expresión con la que me quedaré para decirle a a una cabezuda que está especialmente guapa aunque yerre al pensar en mariposas y halos rosas; lo mismo que sonrío al recordar cómo me regalan por el cumple los ingredientes necesarios para guisar una fabada, a mí que no tengo ni idea de guisar o que tenga un ojo excelente para coger la porra más gorda y mojarla en chocolate pasadas las 5 de la madrugada después de haberme librado de que me atraparan los toros de fuego, estando como estaba a resguardo en el portal de casa Pedro y Angelines en Cabezamesada.
No, claro que no vale la pena dar pena cuando vas de acá para allá bien acompañado de amigos como Elena, Joserra y Ana, Pedro y Angelines, Antonio e Inma o Santi, y eres agasajado como al que más por Santos y Paloma.
Sonrío ante la curiosidad de Amaya, Marián y Andrés, que reservan un rato de su marcha palillera para preguntarme cómo hago las cosas sin ver y cómo ellos sís se creen lo que les cuento y aún más sonrío al recibir, no la compasión, si no la admiración de unos y otras.
Y cómo va a valer la pena dar pena si el 14 de junio, mientras recordaba a mi amigo Carlos que ese día tendría que haber cumplido 51 años, quinto también del 64 murió hace 6, él con sus rizos y su chulería de buen tío, me nombraban Quinto de Honor no pidiéndome a cambio otra cosa si no que siga siendo el Albertito soñador, sonriente, entregado, entusiasta, optimista, amigo, aventurero y yo qué sé qué más.
Y otrosí, como dirían los clásicos, cómo va a valer la pena dar pena si en todos estos saraos y vivencias hay siempre un sol que brilla a mi lado iluminando mi utopía de normalidad, un sol que lleva por nombre la amistad y apellido la serena discreción.

    

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viernes, 22 de mayo de 2015

San Isidro 2015 por tierras jienenses



Buena tarde de viernes:
Comparto mi crónica del viaje que realicé el pasado fin de semana a tierras jiennenses. Que te guste y sonrías.
Un abrazo.

San Isidro 2015 por tierras jiennenses

Sería la tercera vez en la que visitaría Jaén, la provincia del olivo y la literatura. Lo haría en esta ocasión de la mano de la ONCE en una excursión que nos conduciría, según el programa, a Úbeda y Baeza, aunque al final acabaríamos conociendo también Cazorla y Bailén. Demasiado contenido para quien prefiere los paseos tranquilos y el visitar pausado.
El buen tiempo, la mejor compañía y la comodidad de los viajes organizados me llevaron a ceder a la tentación de apuntarme pese a las reticencias de un programa tan colmado.
Salir de Madrid el día de su patrón y llegar a la hora de comer a Cazorla, después de haber hecho paradita en una típica venta quijotesca en Puerto Lápice, conocer el centro de interpretación del parque natural de Cazorla, Segura y las Villas, la torre del Vinagre, visitar Úbeda y Baeza, Bailén con su Museo de la Batalla y una almazara en Begíjar. Ahí es nada en dos días. ¿Habría tiempo para degustar los trampantojos, los ochíos o los andrajos?
¿Con qué me quedo de tanta visita?
La torre del Vinagre apenas si me aportó emoción. Cierto que da una panorámica del parque natural mediante un audiovisual y que tiene accesibilidad con letreros en braille (por cierto que algunos estaban mal colocados), texturas y olores, pero se me hicieron artificiales, como enlatados. Mejor habría sido acercarnos al nacimiento del Guadalquivir o haber paseado por algún sendero natural. Y si encima añadimos la paradita en el desolado Mirador de las Palomas al regreso, ya tenemos la primera sensación de tiempo mal aprovechado. Así que el díscolo Albertito y sus buenas amigas con Miguel como guía, pasamos de cenar en el hotel y quisimos callejear por Cazorla a la aventura y en pos de una terraza que nos acogiera en aquella noche de fiestas en honor a San Isicio, el Isidro del lugar. Casas encaladas de blanco, miradores y horizontes de castillos y fortalezas.
De Úbeda recordé mi anterior visita en solitario aunque, no por ello, dejé de descubrir lugares nuevos, como su museo arqueológico y sus callecitas de leyendas y rivalidades familiares o la rejería en la iglesia de san Pablo.
En Baeza descubrí su catedral y su antigua universidad donde me emocioné con la cercanía de Antonio Machado, que tiene una reconstrucción del aula en la que diera clase de francés, tras dejar a su Soria de amores muertos y olmos viejos.
En Bailén, la iglesia de la Encarnación, el Paseo de las Palmeras y, como no,  el inaccesible Museo de la batalla en el que todo se hallaba a resguardo de las vitrinas aunque, eso sí, tuve ocasión de conocer la historia de María Bellido, la Agustina de Aragón del lugar.
Y en la almazara aprendí cosas acerca del olivo y su aceite además de desmitificar tópicos que, por conocidos, no dejan de ser erróneos como eso de que el refinado es mejor. Nos hablaron de lampantes y vírgenes (aceites, oye oye, jejeje), aceitunas picuales y royales para acabar comprándolas rellenas de piña y arándanos. Caprichos del Albertito al que tanto le gusta catar nuevos sabores
Un excelente guía en Úbeda y Baeza que se preocupó, como buen profesional, de traernos unas sencillas láminas con tipos de arcos y que fue muy didáctico, lo mismo que también lo fue el que nos enseñó la almazara.
Un sensacional paseo en trenecito para Elena, Nieves, Nuria, Miguel y yo gracias al que conocimos Cazorla a nuestro aire y con el aire en la cara de la tarde serrana sabatina.
Una simpática pareja que nos ayudó a llegar hasta esa terraza que buscábamos el viernes, después de haber hecho “senting” en el autocar y que se preocupó por dejarnos bien atendidos.
Las plazas de Úbeda y Baeza que son patrimonio de la humanidad y la catedral de Baeza en la que me desvivo por hacerme una fotito junto a unos increíbles cantorales medievales que no podré tocar pero que sentiré cercanos. Paso de lo demás, pero incordio a Eva, la monitora, para que me haga la dichosa foto. Por cierto, me agradece el empeño ya que ella sí ha podido verlos y admirarlos.
Queremos tomar café pasadas las 11 de la noche un sábado noche, no hay café. Pedimos refrescos y suponemos que traerán tapa, pues no. No hay tapa que valga, pero lo que sí hay es el mal carácter de la camarera que nos atiende.
El helado de aceite de oliva se nos hace pastoso y grasiento. No, no nos gusta. Ahora que los trampantojos eso ya es otra cosa, croquetas de chocolate, a modo de leche frita pero con chocolate. Qué buenas.
Y sí, la literatura estuvo presente. Literatura en el recuerdo de los poetas Machado y Sabina y de las coplas de tradición oral que me canta Rosa, la compañera del asiento de delante del autocar que, a sus 71 años, las recuerda de maravilla, romances de amores trágicos y nobleza de sangre.
El ingenio espontáneo que me surge para crear un monólogo de doble sentido con las clavijas y los botones en los que meter los… cargadores (no vayas a pensar en otras meteduras, jejeje) al hilo de que en la habitación no ha habido manera de encontrarlos aparte los del baño.
Y cómo no, eso de que el Albertito hace a lo que toque aunque tocar, toque poco. Que toca trabajar, se trabaja; que toca, ayudar, se ayuda; que toca, darse el banquetazo, pues también; ahora que tocar… este cieguito ha de resignarse a las vitrinas, jejejej.
En fin, mucho autobús, mucha información que se pierde entre los cerros ubetenses y las puñaladas traperas de la familia Trapero o los vítores que no son otra cosa que el precedente de los grafitis o las marcas de cantero y lentitud desesperante en el servicio del hotel que hace surgir la ironía como remedio al enfado.
Eso sí, sonrisas y humoradas, ciegadas y cieguerías que no falten para compensar como el que pretenda hacer una foto al don Quijote de la venta y me la haga a mí mismo sin saberlo o  ante mi comentario de que ando buscando aceite por si acaso lo pierdo, me ofrezcan un tapón como remedio.


    

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