domingo, 4 de diciembre de 2016
La ternura de la abuela Pura
Dedicado a mi querida Leire por recordarme que cada día hay
motivos para sonreír. Besines.
Cuentos a la luz de los valores
La ternura de mi abuela Pura
Mi abuela Pura es la caña. Cada vez que voy a visitarla
siempre está igual: junto al hogar entre pucheros, con su moño canoso bien alto
y con su delantal de cuadritos blancos y negros. Me da un abrazo muy fuerte muy
fuerte y me pellizca la mejilla.
Yo la quiero mucho porque me da peladillas y me cuenta
cuentos.
Yo sé que a veces está triste porque su cara, de normal es
como la luna, y entonces es como si el cielo estuviera nublado. Debe ser que
piensa en el abuelo Fermín que subió al cielo hace años. Yo no había nacido
aún, así que no le conocí.
Me encanta mi abuela Pura, con sus dichos y consejos. Me
dice que aprenda mucho para ser algo el día de mañana y yo le digo que así lo
haré aunque no la entienda mucho. A mí lo que más me importa es estar con ella.
Mi abuelita Pura me habló un día de su gato Cenizo y me dijo
que se perdió y que ella lo pasó muy mal porque no volvía. Pensó que algún
gamberro lo habría destripado sin razón. Me dijo que lo anduvo buscando por el
corral y las eras y que al final lo encontró con otros gatos. Supo, vaya usted
a saber cómo, que se iba a servir a la Reina de Corazones por lo que viviría
mejor que con ella, así que le dejó marchar.
Y otro día que se encontró con un cochinillo cojo. Estaba muy
flacucho. Ella, aunque siempre fue pobre, lo cogió para curarlo. Mientras el
cochinillo pudo estar con ella siempre la seguía a todas partes, incluso cuando
entraban al gallinero para recoger los huevos recién puestos. El cochinillo no
les hacía nada a las gallinas, sólo acompañaba a la abuelita. Luego el
cochinillo se hizo grande y lo convirtieron en chorizos y morcillas y
salchichones.
Y lo ricos que son sus guisos. A mami no se le da mal
tampoco eso de cocinar, pero hasta que le salgan como a ella falta mucho. Me
chupo los dedos con sus pechugas de pollo o con sus macarrones con atún o con
sus patatas fritas. Ummmm, se me hace la boca agua.
Les cuento todo esto porque resulta que me he decidido
escribirle la carta a Papá Noel pensando en ella. Me pregunto qué regalos
querría que le trajese. Es difícil. Ella nunca pide nada. Aunque igual si le
trajera un corazón nuevo no le iría mal. Es que mami me dice que está malita y
que su corazón está viejo. No sé. Yo le dije un día de regalarle mi muñeca de
trenzas pero me dijo que ella ya tenía la mejor muñeca del mundo, no tengo ni
idea de cuál será, yo nunca se la he visto.
Igual Papá Noel me hace caso si le pido eso del corazón
nuevo. Estaría chupi rechupi. Bueno, se lo pediré a ver qué pasa. Y si no se lo
trae… ya le daré yo alguno de los regalos que me traiga a mí, igual el coche
teledirigido o el juego de las gemelas.
Estoy contenta. Mami me ha dicho que la abuelita vendrá a
pasar con nosotros la Navidad. Ojalá venga para ver mi actuación en el cole. Es
que voy a hacer de corderito y si está ella me saldrá mejor.
Ay, mi abuelita Pura, cuánto la quiero, es tan tierna…
parece un peluche grande. La quiero tanto que por estar más tiempo con ella
hasta haría lo posible por aprobar las mates, que es lo que peor se me da.
Me voyh que ya llaman a la puerta. Sé que es ella que viene
ya, qué ilu.
Publicado por Alberto en 9:21 p. m. 0 Dejaron su huella
Etiquetas: Relatos
domingo, 27 de noviembre de 2016
El encuentro del Café Novelti
Dedico mi cuento dominical a Mercedes Reinosa por querer
visitar Salamanca no sólo mirándola a través de la vista, si no contemplándola
con todos los sentidos. Gracias por su amistad y comprensión.
El encuentro del Café Novelti
El viajero solitario camina por las sobrias calles de la
ciudad del Tormes. Busca la musa que le inspire en su ceguera de escritor
perdido. Muchos son los lugares recorridos, pocos en los que se ha sentido
pleno de luz creativa. Intuye que esta vez sí lo va a conseguir, que volverá a
encontrarse con aquélla que mueva sus dedos por la sensual y tentadora piel de
la Literatura. No sabe, busca, persigue sin descanso una luz que él sabe bien,
vedada para siempre. Desemboca en la Plaza Mayor, recorre despacio sus
soportales.
-anda, Mercedes. Vamos a hacer una paradita en ese café tan
chulo, que tanta Cultura da mucha sed. No veas cómo tengo los pies de patear
esta ciudad. Que sí, que está genial pero que ya no doy más de sí.
-Hija, Ana, si queremos ver cosas, habremos de caminar.
Pero, sí; entremos en ese café de tanta Historia e historias como es el Novelti.
Es uno de los sitios que marqué en la guía como imprescindibles. ¿Sabes que fue
inaugurado en 1905 y que es uno de los más antiguos de España?
El viajero franquea las puertas del Novelti. Recuerda que allí
tuvieron asiento insignes como Unamuno, Ortega y Gasset, Martín Gaite o Torrente Ballester; que fue allí donde
nacería Radio Nacional y que las tertulias literarias alcanzarían categoría de
magno acontecimiento. Mesas de mármol, sillones de piel, decoración suntuosa, consumiciones
bien servidas. Se sentará allí y escuchará. Qué otra cosa habrá de hacer. Lo
suyo es escuchar, observar, soñar, escribir. Solitario siempre, viajero que
nunca termina de encontrar su Ítaca o acaso es que no exista para él, como
tampoco la Penélope que tanto ansía conocer..
-Ufff, qué chulo es todo esto, Ana. ¿Te imaginas? ¿Te
imaginas que nosotras fuéramos escritoras. Abriríamos un cuaderno en blanco y
con la pluma trazaríamos letras al aire.
-Yo ahora lo único que me imagino es una cerveza bien fría.
-En ese cuaderno escribiríamos la historia de un valiente
príncipe que simula ser mendigo y una cautiva mora de ojos negros como la noche
y voz sensual como de madrugada.
El viajero se ha sentado en una de las mesas del fondo.
Pedirá un café solo, solo como él y se pondrá a contemplar, oído en ristre. No
lejos de donde él se encuentra, las voces de dos mujeres conversan animadas. De
entre el resto, son ellas las que más le llamarán la atención. ¿Tal vez por la
discordancia de la una y la otra? ¿Acaso por lo prometedor de lo que transmite
una de ellas? Sí, ésa que fabula un cuento de príncipes valientes y moras
cautivas tan cercano a las leyendas románticas de su siglo predilecto.
¿Cómo serán ellas? ¿De qué color serán sus ojos? ¿Y su
melena? Vestirán de manera informal, no en vano son turistas, o igual no, igual
son salmantinas, qué sabe él.
-Buenas tardes, señoritas, ¿me dejan que les recite un poema
de pícaro estudiante?
El viajero solitario escucha y sonríe. Otro pedigüeño más. A
él, igual, al momento de entrar en la Plaza Mayor también se le acercó otra
poeta ofreciéndole la misma mercancía. Se ve que lo tienen bien organizado: a
ellas, un galante letrista de capa y sombrero; a ellos, una damisela de saya y
escote picarescos.
-No estamos para poemas ni para nada. Por cierto, vaya rollo
eso de la Cueva. Mucho hablar del demonio y de sus clases y nada de nada.
Humedad, muchas escaleras y angostos pasillos. Lo que sí me ha gustado es el
Jardín de Calixto y Melibea.
-Bueno, Ana. Ya sabemos que a ti te va más la naturaleza,
pero no me digas que no hay aquí materia de inspiración literaria. Y que no se
te olvide el bueno del Lazarillo.
El pedigüeño pasa de largo, una vez que les ha dejado un
pliego con un poema. Luego regresará, bien a recogerlo o bien a cobrarse alguna
moneda a cambio.
-Vaya, se me ha
olvidado cómo seguía nuestro cuento del príncipe y la mora. Claro, tú ni idea,
seguro.
-¿Yo? Ni idea. Ya sabes que a mí me interesan más las
historias policiacas de intriga. Los amores y lo exótico te lo dejo a ti. Mira
que nos llevamos bien y que viajamos juntas por tantos sitios, pero qué
distintas somos.
-Disculpen… ¿qué les parece si hacemos que el príncipe salte
desde el puente al río que da acceso a la mazmorra en que está cautiva la mora?
.-Ah, podría ser. Muchas gracias, señor.
-Espero no molestarlas, pero… no he podido por menos que
interesarme por su cuento.
-No es molestia. Seguro que a usted también le habrá
distraído el tipo ése de los poemas.
-Ah, no. A mí, no. Creo que sólo se pasa por las mesas en
que hay señoras. ¿Son ustedes de aquí?
-No, hemos venido a conocer Salamanca. Pero siéntese. ¿Me
querrá ayudar a ponerle fin al cuento? Mientras tanto mi amiga Ana descansa.
-¿Qué final le gustaría ponerle? Lo fácil es el clásico
rescate y amor eterno. Otro podría ser más atrevido… la mora es una bruja que
encanta a todos los que quieren liberarla y los convierte en piedra…
-jajajajja. Sí sí, eso me gusta.
-Ana, qué poco romántica eres. A mí me gusta que los cuentos
accaben bien. ¿Y a usted?
-Bueno, me gustaría poder decir lo mismo, aunque por
desgracia lo normal es que acaben mal. Si esto que ahora nos está ocurriendo
fuera un cuento, puede que lo deseable es que acabara en un flechazo entre
alguna de ustedes y yo, pero lo que sucederá es que ustedes se marcharán por su
camino y yo por el mío. Así son los cuentos.
-¿Así? O a lo mejor no. Usted me enseña a buscarles finales
a mis cuentos y yo a encontrar principios a los romances.
-Ah. No está mal, no está mal.
-Uy uy uy, cómo se pone la cosa.
-Bah, no se crean. Total, es solo un cuento. Miren, ya
vuelve el poeta. ¿Qué le van a decir?
-Que se meta el poema por donde le quepa.
-jajajjajaja. Un poema que quema no es poema si no compone
zalema.
El viajero sabe que los cuentos, cuentos son. Pronto pondrá
una excusa y dirá que le esperan. Dejará a las dos amigas, aceptará la
invitación al café y partirá de nuevo.
-Qué simpático ese señor. Es raro. No sé, me ha dejado
perpleja.
-Ay, ay. Qué cosas tiene la Literatura. Anda, vamos a seguir
visitando la ciudad. Que si no me dirás que vaya sosa que soy. Saca la guía y…
¿Y si…? ¿Y si por una vez los cuentos acabaran bien? Qué
sabe el viajero solitario. Una mujer con aires de mora saldrá a su encuentro,
¿qué le dirá? ¿Qué hará con él?
Publicado por Alberto en 9:07 p. m. 0 Dejaron su huella
Etiquetas: Relatos
martes, 22 de noviembre de 2016
Presentación de La partida de cartas y otras historias de la Vieja Dama
Como
todo en la vida, se prepara, se espera, se disfruta y se recuerda.
Así es. La presentación de
mi tercer libro llegó y queda ya para el recuerdo, una vez pasada y preparada
con tanta ilusión como la primera.
A las presentaciones de
Huellas de Luz aquel 3 de julio de 2012 y de Mis pequeñas odiseas ese otro 12
de diciembre de 2014, se suma ahora la del 17 de noviembre de este 2016.
Cada una de ellas en
lugares distintos, Madrid, Zaragoza y Barcelona; cada una de ellas igual de
emocionantes y cargadas de sentimientos.
En concreto, la que ahora
nos ocupa tuvo lugar en el Casal Can
travi, del barcelonés barrio de Vall d’Hebron y en ella participaron Mercedes
Pajarón, Presidenta de la Asociación Cultural Cau Artistic, como editores del
libro; Marilén Barceló, doctora en Psicología; y el grupo musical Shazam, que
amenizaron el acto con un conjunto de canciones melódicas de los años 60 y 70.
Se hizo mención a los
detalles del libro y cómo se han cuidado al máximo con la cubierta que presenta
un relieve de una de las cartas de la baraja francesa, el tipo de letra y su
contraste con el papel, la corrección ortográfica, etc. Se analizaron los
relatos para concluir que el libro es un tanto provocador al querer hacer un
canto a la Vida a partir de la presencia constante de la Muerte, de tal manera
que nos invita a jugar esa partida que, aun sabiendo tenemos perdida de
antemano, la peleemos y disfrutemos a cada momento.
Por mi parte, quise
reconocer mi admiración por la literatura del siglo XIX y por esa apuesta clara
y apasionada en que hemos de jugar la citada partida, además de resaltar la
especial relación que, desde siempre, me ha unido y continúa uniendo, a la
capital catalana, una ciudad con tantas connotaciones literarias, además.
Al día siguiente, como
complemento a la cita del jueves, participé en un estupendo coloquio en la sede
de la ONCE. En él se puso de manifiesto la importancia de la lectura,
especialmente a través del braille, de aquello que mueve a escribir y del papel
tan necesario que deben jugar las editoriales modestas que apuestan por la
calidad con realismo y entusiasmo, como es el caso de Cau Artistic.
Se me pidió que resumiera
en tres conceptos lo que me gustaría que se llevaran los asistentes. No lo
dudé: disfrutar de la Vida con ilusión y plenitud, hacer de la lectura una fiel
compañera de nuestro viaje vital y poner el fuego de la pasión en todo cuanto
hacemos.
Destacaré, además, la
magnífica dramatización que Mercedes llevó a cabo de uno de los textos al
responder a la petición de una de las personas ciegas que asistió al coloquio
de la ONCE. Leído por ella, el relato cobró una dimensión increíblemente
vibrante.
Más allá de los 30
ejemplares vendidos y de las personas que me acompañaron, me quedo una vez más
con lo que para mí son las puestas de largo de mis libros: momentos para
disfrutar en compañía de esa pasión mía por la literatura y ser motivo de
celebración festiva de esta lucha quimérica que me mueve a aportar luz,
generosidad y sonrisas.
Pero es que a todo ello,
sumo otros inolvidables momentos que han envuelto ese regalo con mucha emoción
y gratitud: el que mi cuñada me acompañase, el que tanta gente se volcara para
que todo saliera bien y a tiempo (incluso atravesando la ciudad en hora punta
salvando el tráfico), el reencontrarme con mi querida Marta, a la que la
enfermedad no amilana a pesar de todo y con la que recuperamos momentos felices
de complicidad, la magnífica acogida de mis compañeras y compañeros del
Servicio bibliográfico.
Pero,claro, a las
emociones y sentimientos, ha de alimentárseles con unas buenas dosis de ricos
platos gastronómicos en entornos tan estupendos como el asador Casa Aranda
modernista o el moderno Abrásame en el Centro Comercial Las Arenas.
Pasear de nuevo junto al
mar del Maresme y escuchar su majestuoso sonido, igual que recorrer calles como
el Paseo de Gracia o el de San Juan y la Avenida Valencia y descubrir establecimientos
únicos como la floristería Navarro o la Casa Amatller. Sin que dejáramos,
faltaría más, de visitar la Sagrada Familia por mucho que no me dejaran subir a
la torre, no fuera a ser que el cieguito recuperara la vista desde las alturas
y tuviera algún problemilla. Claro que… también pude haberla recuperado con la
fastuosa tarta de zanahoria que hizo de postre en Pirineu en Boca. Pero nada de
nada.
Recuerdos imborrables que
me ayudan a vivir a pesar de que, como dije, cada vez que me despido de
Barcelona muero un poco más.
Escucho el mar en la
mañana de domingo con sonidos de paz y fuerza misteriosa.
Acaricio la piedra de
construcciones del gran Gaudí soñando que se transforma en la piel de aquélla
que debiera ser mi amada y musa, pero que es la Palabra.
Miro al horizonte de los
ojos de las personas con que me cruzo mientras paseo y hablo, queriéndome
perder por el laberinto de sus fantasías.
Huelo el aire y la brisa y
la flor. Ellas me hablan de sueños y luz.
Sensaciones y recuerdos
que quedan para siempre en una sinfonía de irrealidad fantasmagórica: una Dama,
quién sabe si joven o vieja, guapa o fea; una carta que alguien me tiende. Qué
sé yo lo que debo hacer. ¿Acaso volver a intentarlo? ¿Volver a atreverme? ¡Un
nuevo libro! ¡Qué osadía! ¡Qué temeridad!
Publicado por Alberto en 4:30 p. m. 1 Dejaron su huella
Etiquetas: Así soyMis lecturas
domingo, 6 de noviembre de 2016
La estrella que se enamoró del mar
Dedicado a esa otra Carmen… para que nunca más vuelva a
tener miedo por las noches.
La estrella que se enamoró del mar
Carmen se llama la estrella que un día vio el mar y se
enamoró de él. Le gustó tanto que quiso vivir para siempre junto a él.
¿carmen una estrella? No puede ser. Las estrellas tienen
nombre de sol o qué sé yo. Bueno, están también las estrellas de mar y las estrellas
de cine, pero Carmen no es ni de las unas ni de las otras. Carmen es una niña
preciosa, de las que iluminan la noche de sus padres con la luz de la sonrisa y
la ingenuidad.
Un día Carmen vio el mar. Vio que por cabello tenía olas,
que por boca, espuma y por cintura, el horizonte. Según le miraba tenía un
color azul chulo chulo o verde bonito o transparente diamante.
Se enamoró del mar, sí. De ese mar mágico y lleno de
aventuras. Ella se imaginó surcándolo en un barco de vela de papel a lomos de
un delfín para hacer de él su jardín y su casa y su universo..
Sus papás le dijeron que tenían que regresar a la ciudad en
que vivían, que el cole la esperaba para que siguiera con sus estudios. Pero
Carmen quería tanto al mar que no podía dejarlo así como así.
No sabía qué hacer. En su ciudad no había mar y ella se
había enamorado del mar hasta las trancas. Ponía los pies para que las olas se
enredaran en ellos, ponía las manos para que la espuma las lamiera con su risa,
ponía su cuerpo para que el horizonte le abrazara con su inmensidad infinita.
Pensó entonces que le escribiría cartas de amor desde su ciudad.
Aunque… y si el mar no sabía leer, ¿quién se las leería?
No, esa no era la solución. Tenía que buscar otra manera de
no separarse de su amado aunque se fuera lejos de él.
¿Y si…? ¿Si se lo llevaba con ella? ¿Cómo? En una botella no
cabía; en la maleta, tampoco. Además, la arena de la playa se quedaría huérfana,
sola sin su mar. No podía ser, no no. Carmen no quería que la arena estuviera
triste porque también le gustaba mucho esa arena fina y calentita con la que
había jugado a construir palacios de princesas. Esa arena como de confites y
azúcar.
Entonces vino un viejo marinero y al verla triste le
preguntó qué le pasaba. Y Carmen se lo explicó. Y el viejo marinero puso su
mano ruda y nudosa en la mejilla fina y lisa de ella y le dijo:
-Toma mi gorra. Cada vez que te la pongas… el mar irá
contigo. Mira… es azul, huele a sal marina y en su interior tiene olas.
Carmen la cogió entre sus manitas, era tan grande que casi
no podía abarcarla. Al hacerlo sintió que podía sonreír.
-Pero… si me regala su gorra, usted tendrá frío por la noche
y se mojará cuando llueva.
-Ah, no. Tengo otras. Aunque ésta es especial y por eso te
la quiero regalar.
-¿Es especial?
-Sí, la compré en el puerto de Terranova en una tienda en la
que se vendían los mejores aparejos para pescar ballenas. La he llevado muchas
veces por todos los mares en que he navegado.
-¿Todos los mares son igual de bonitos? ¿Es que hay más
mares? Yo no quiero conocer otro que no sea éste. Este mar mola tanto…
-Ay, niña mía. Cuando seas mayor querrás descubrir otros
mares.
-No, señor. Yo siempre me quedaré junto a este mar.
-Anda, ponte la gorra. A ver cómo te queda. Uy qué chula. Jejejeje.
Te tapa las orejas y la visera te da un aire de grumete la mar de divertido
jajajaj.
-No se ría, oiga… Uaaala, si siento que el mar se ha subido
a mi cabeza. Qué guay.
Pasó el tiempo, la estrella Carmen y sus papás retomaron la
rutina en la ciudad que no tenía mar, pero Carmen nunca se separaba de su
gorra. Casi no se la quitaba ni para dormir. ¡Una estrella con gorra! ¿Qué
curioso.
Porque sí, Carmen siguió siendo la estrella que iluminaba
las noches de sus papás con su sonrísa y su ingenuidad.
Hoy, esa misma Carmen, esa misma estrella, vuelve a su mar.
Han pasado los años. Se ha hecho mayor. Ya la gorra de marinero no le queda
grande, no le tapa las orejas ni le pone pinta de grumete. Carmen es una mujer
hermosa, soltera, eso sí, pero que no ha perdido su brillo de niña. Durante
todos esos años la vida la mantuvo alejada de su mar, más aún de lo que lo
estaba cuando vivía en la ciudad. Sus padres tuvieron que emigrar por causa del
trabajo. No ha podido volver hasta hoy.
Y hoy, cuando por fin puede regresar esperando recibir de
nuevo el abrazo del horizonte y la sonrisa de la espuma se pregunta también si
volverá a encontrarse con aquel viejo marinero.
Qué bien se siente sentada sobre la arena recibiendo
aquellas mismas sensaciones que la hicieron enamorarse del mar. Se quita la
gorra y…
Una gaviota se la lleva alto, muy alto, al cielo. Carmen
verá reflejarse, mientras mira cómo desaparece su vieja gorra del viejo
marinero, su rostro en una ola gigante que la envuelve. Y carmen, entonces, oh,
maravilla de las maravillas, se convertirá ella también en ola y ya para
siempre vivirá en su amado mar.
¿Y sabes qué? Que cuando alguien llega por primera vez a cierta
playa, una ola gigante sale a saludarles sonriendo. Una ola en forma de
estrella alargada y con el color azul marino y rayas amarillas. Si es tú caso,
fíjate bien en ella. Es Carmen que sale a tu encuentro para enseñarte lo que es
el amor de verdad.
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Etiquetas: Relatos
viernes, 4 de noviembre de 2016
Te sientas
Te sientas
Te sientas en el viejo banco del viejo parque. Tú también
eres viejo. Todo es viejo, incluido el otoño.
Nada parece tener sentido en todo aquello.
No, no es un parque al que los niños irían a jugar ni en el
que las parejas se declararían su amor eterno.
El banco está oxidado en su hechura y resquebrajado en su
madera. Sí, claro, como tú.
Sí, como tú. ¿Y tú? Pobre viejo cansado y solo. Te sientas a
esperar. A esperar, ¿a quién? ¿Qué?
Tú qué sabes.
Una cosa sí sabes: que no te puedes morir aunque quisieras.
La muerte no es para ti.
Quisiste la muerte, ella se prendó de ti y,
cuando quiso quedarse contigo, la burlaste y, al hacerlo, te maldijo. Nunca
volvería a encontrarse contigo. Vagarías eternamente vivo con la decrepitud de
lo viejo. Los viejos árboles carcomidos, el viejo banco, el viejo parque, el
viejo otoño. Todo lo viejo serías tú.
Nada hay de hermoso en tu vieja vida de viejo.
¿Qué pasó para que la muerte te maldijera con tanta saña?
Estabas en la trinchera en medio de la más cruenta guerra
que jamás se haya dado. La muerte no dejaba de hacer su trabajo, tú la veías y
la deseabas. Un nuevo proyectil cargado de gas mostaza cayó a tu alrededor. Los
pulmones te ardían, los ojos quemaban tanto que ni siquiera les calmó la
ceguera, las manos se agrietaron con el ácido.
La muerte se detuvo a tu lado, la viste, estaba a punto de
alzarte con sus manos a la esquelética espalda.
Pero otra imagen se cruzó delante de ella con más fuerza.
Era la imagen de Aurora, la novia que dejaste en el pueblo cuando te llamaron a
filas. Le prometiste que mientras ella te acompañara permanecerías vivo.
Aurora, la vida; la otra, la muerte.
Y la muerte te maldijo para siempre.
¿Y Aurora?
Aurora se casó con otro.
Regresaste al pueblo, Aurora ya no era para ti. Creyendo que
habías muerto, como le dijeron, se casó y cuando regresaste ya no era para ti.
Y ahora esperas eternamente a que la muerte olvide que hubo
una madrugada en la que la despreciaste.
Te sientas en el viejo banco del viejo parque cuando el
otoño es tan viejo. Crees que nadie vendrá a acompañarte.
-Hola, ¿puedo sentarme a tu lado?
-¿Aurora? ¿Eres Aurora?
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Aurora. Eres la muerte. Abrázame, abrázame.
La vida, la muerte. Descansas al fin. Ya nada es viejo,
vuelves a ser cjoven, como si nada hubiera ocurrido, como si nunca hubiera
habido una guerra y una maldición y un equívoco.
Publicado por Alberto en 9:04 p. m. 0 Dejaron su huella
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