martes, 17 de noviembre de 2015

Crónica de mis últimos viajes



Entre Valladolid y Peralejos de las Truchas recorro la Senda del Tiempo: solidaridad, amistad y sentidos

Hace años el grupo de rock vallisoletano, Celtas Cortos compuso una canción que forma parte de la banda sonora de mi vida. Se trata de “La senda del tiempo” y cada vez que la escucho algo se remueve en mi alma. Te pego enlace al vídeo que la reproduce: https://www.youtube.com/watch?v=J7DTt0oxy3o
Y esa misma Senda del Tiempo es la que durante los dos últimos fines de semana he tenido la fortuna  de recorrer. Una senda que comenzaría hace 400 millones de años, cuando el actual triángulo que se forma entre Guadalajara, Cuenca y Teruel estaba inundado por un mar helado. Ese mar, andando el tiempo se retiraría y daría lugar a unos paisajes majestuosos en el presente, únicos, surcados de barrancos y bosques, de cascadas y praderas: el Alto Tajo. Pero también, esa Senda que discurre por las calles de Valladolid y que atraviesa, coronada por el Pisuerga, un glorioso pasado de Corte y realeza, que avanza hacia la industrialización del siglo XIX y que hoy culmina en magníficas plazas y avenidas. Senda que también me conduce a Peñafiel, con su castillo y a San Bernardo, con su monasterio y su museo de Vinos Emina-Matarromera.
Pero yo solo no habría podido recorrerla. Habría sido vano mi deseo. Necesitaba para culminarla en su meta, de la constancia de Elena y Miguel, amigos eternos _como la propia Senda_ pero también amigos nuevos como Susana, Maribel, Juan Carlos, Gemma y Jose.
Mi pasión de peregrino de la vida, y de esa Senda, hizo que quisiera asistir a la cena solidaria que la Fundación Alaine organizaba por primera vez en la capital castellana, cena en la que, otra vez más, mis Huellas de Luz estuvieron presentes. Cómo no hacerlo, si el sueño de Alaine es mi sueño: eliminar las barreras para que quien quiera superarse y busque un futuro de esperanza y concordia, no tenga que resignarse a la exclusión o a la impotencia del ser rechazado. Allí firmé alguno de los ejemplares de mi obra, como a Mercedes, quien lo adquirió pensando en sus alumnos del colegio de las Teresianas, a los que les iría leyéndoles los relatos que lo integran.
Que nos llevaría a Elena y a mí a querer hacer un paseo fluvial en el barco La leyenda del Pisuerga, asistir a la teatralización de episodios legendarios como cierto asesinato en casa de Cervantes o fenómenos fantasmales, ambientados en la morada, que fuera del dramaturgo, José Zorrilla o los restos de la colegiata donde fuera ajusticiado injustamente un aspirante a cirujano. Y que buscaríamos una visita guiada por el casco histórico, cuya guía se empeñaría en hacernos sentir como inválidos.
Pero que también avanzaríamos en un domingo increíble por el clima y la generosidad de Maribel, Juan Carlos y Leire en esas visitas a un Museo del vino, casi perfecto en accesibilidad, si no fuera porque le faltaba una señalización táctil de los códigos QR pero que por lo demás, estuvo genial porque pudimos tocar elementos de la talla de ánforas y cráteras, alambiques y prensas, además de oler esencias de anís, lavanda, o tomillo. Ese domingo en que Leire, a sus 8 años, nos da toda una lección de compromiso e imaginación queriendo entrevistarnos para luego contarlo en el cole.
Esa Castilla meseteña de maizales y viñedos, de planicies e Historia nos dejó anécdotas y encuentros inesperados, tapeos y soberbios manjares.
Ah, claro… que la senda debía seguir recorriéndola para llegar a Peralejos de las Truchas y encontrarme con Jose y Gemma, artífices de un proyecto genial: Sentir el Alto Tajo. Proyecto que aspira a mostrar el entorno de forma sensorial, recordándonos que la vida, como el viajar,  es mucho más que ver, es escuchar el silencio para comprender los mensajes de los duendes y las hadas, del río y los árboles; es tocar las piedras fosilizadas y las setas recién salidas; oler aromas de magia y misterio; pisar alfombras de hierba y musgo, recibir el abrazo de las fuentes y cascadas.
Jose y Gemma me ayudaron a ver eso que yo nunca veré, pero que acaso quienes ven, tampoco lo hagan porque no saben mirar. Miguel y yo nos impresionamos profundamente, percibiendo el vacío en la piedra sacrificial del santuario celtíbero de Prado Lobera y la solidez de rocas en formación. Todo un privilegio sensorial que pocos, como ellos, sabrían descubrir y compartir. Aprendemos a disparar con cerbatana y recordamos las escenas de una novela estupenda de José Luis Sampedro, “El río que nos lleva” con los gancheros y la cotidianeidad de las gentes del campo.
Mientras Jose nos transmite sus vivencias de intrépido explorador de cuevas y bosques, Gemma nos enseña tipos de setas y plantas medicinales.
Lo sé, sé que mi senda del tiempo no ha terminado aún. Sé que  aún he de recorrerla, tal vez en soledad, acaso acompañado de esos viejos amigos de siempre y de otros nuevos que me regalen sus manos y su voz y su vista. Senda serpenteante  y ondulada, en ocasiones, yerma y pedregosa, pero casi siempre tupida de la frondosa sombra que refresca el ardor de mi ceguera y sacia mi hambre de sentir y compartir.
Y porque querría que esa senda sea recorrida por más personas como yo, pero de forma menos ardua de lo que a mí se me presenta, quise reivindicar y sugerir: reivindiqué, junto con Elena el que la inclusión del Turismo sea un hecho de verdad y no una mera entelequia teórica y que Gemma cree un pequeño mapa en relieve del entorno y se haga con un álbum de texturas que representen la variedad que tiene Peralejos de las Truchas.
   ¿Adónde me llevará mañana mi senda del tiempo? ¿Con quién me encontraré a su paso? Ojalá seas tú quien me diga… “Albertito, toma mi brazo que voy contigo adelante, que la luz nos acompaña y la magia nos ilumina.” Y entonces, volveré a comprobar aquello que alguien me enseñó una tarde de julio regresando en autocar de Soria a Madrid: “que la distancia no está en los caminos que hemos de recorrer, si no en los corazones que no saben ver.”

  


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viernes, 13 de noviembre de 2015

Las librerías de mi vida



Y por aquello de que hoy se celebra el Día Internacional de las Librerías, tal vez quieras compartir recuerdos de ellas. Acaso te apetezca que te cuente los míos. Quizás, hasta te dé por visitar alguna que esté cerca de donde vives o resulte especial por su historia, o historias.
Bien, mi librería de niño estaba en Ágreda. No recuerdo su nombre, pero sí que a ella acudía para gastarme parte de las propinas que me daban adquiriendo libros como “Marco el romano”, de Mika Waltari; “Las sandalias del pescador” de Morris West; o los de Emilio Salgari o Julio Verne. Estaba poco antes de bajar la cuesta que lleva a la plaza. Cuando subía a Soria con mis padres, si pasaba cerca de la Imprenta Las Heras me gustaba mirar su escaparate, lleno de libros con sus cubiertas prometedoras de historias, iluminadas de imágenes y colores muy alejados de los de mi pueblo meseteño.
Ya más mayor, estudiante en la universidad de Zaragoza, pasaba muchas tardes en la Librería General mirando libros, fijándome en sus títulos, leyendo las contraportadas, hojeando, sintiendo e imaginando.
Otro año, trabajando ya, tuve que venir a Madrid a hacer un curso y visité por primera vez la Casa del Libro, en Gran Vía 29. Nunca olvidaré la impresión que me produjo el que detrás de una estantería, hubiese otra que se descubría al correr la de delante. Nunca había visto cosa igual: montones de libros y detrás, más aún. Qué maravilla.
Pasaría el tiempo, volvería a la General de Zaragoza o a la Casa del Libro, pero más aún: mi primer libro se presentó en librerías, como en La Fugitiva de Madrid, la Codex de Orihuela o El baúl del Libro de Pilar de la Oradada. Qué emoción. Después de tantos y tantos años buscando libros de otros, ahora también uno mío podría ser encontrado por otro lector como yo.
 Y fui a Oporto, y cómo perderme la Lello, todo un paraíso de maderas nobles, vidrieras y confort con los libros como anfitriones.
Sí, ésas han sido las #librerías de mi vida. Lugares en los que me perdí, descubriendo tesoros de fantasía, aventura y exotismo. Es verdad, sigo emocionándome cada vez que entro en una librería, sobre todo si es de las de toda la vida, con su olor característico a cuero y tinta, con el tacto de las hojas y las cubiertas. No sé sus títulos, pero los toco e imagino cuáles serán. Pregunto a quien me acompaña. ¿Qué importa la respuesta si en todos ellos se encuentra la luz que a mis ojos les falta?
Sí, si hubiera de perderme, no lo haría en una isla desierta; lo haría en una librería. Ojalá pudiera recuperar la vista para volver a ver todo aquello porque hay veces en las que no es suficiente con imaginar. Toco los libros, huelo su esencia, escucho sus mensajes ¡pero… no los veo!
Y porque no los veo, fantaseo. Fantaseo con librerías como la Lello de Oporto: magníficos palacios del saber, con sus alfombras y maderas nobles, su escalera torneada, sus antiguos ejemplares de piel y pergamino, su trastienda… librerías mágicas en las que encontrarse con los duendes y las hadas, con personajes de leyenda que salen a mi encuentro y me invitan a que les acompañe al interior de los viejos libros. Librerías en las que tomarme un té con pastitas, servido finamente mientras alguien, acaso tú, o el librero concienzudo o la librera guapa, me guían y cuentan y explican cómo son hoy las portadas, qué obras acaban de recibir, cuáles son sus mejores ejemplares. ¿Habrá aún una oportunidad para mí?
Y, mientras tanto, tal vez, sólo tal vez, quizá en la próxima visita que haga a cualquier librería perdida de cualquier ciudad, esté aguardándome la mejor de las historias: ésa de la que tú, y tu risa, serán protagonistas, sin ninguna duda.

    

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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Sentir




La Vida en 100 palabras
Sentir

Sentir es que te vayas para siempre y me dejes, sin perdonar mis pecados ni absolverme de mis culpas.
Es saber que te alejas de hecho, aunque, de palabra,  digas que sigues a mi lado.
Es percibir tus sentimientos heridos por el filo de mi culpa, que ocultas bajo la gruesa capucha del “otro día te lo digo”.
Es dolerme tus huidas furtivas en la madrugada.
Es, claro que sí, escuchar los sonidos de tus adentros, oler los perfumes de tus arribas, tocar las texturas de tus afueras, saborear el jugo de tus frutos, ver las sombras de tus abajos.


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lunes, 9 de noviembre de 2015

La utopía del Turismo para todos también en Valladolid



La utopía del Turismo para Todos también en Valladolid: #sorpresa, #frustración, #tenacidad.
Era demasiado bonito para ser cierto. Ser cierto que no se nos pusiera ninguna pega a la hora de utilizar la oferta de visitas guiadas de la Oficina de Turismo de Valladolid. El sábado por la mañana en el barco La leyenda del Pisuerga fue así, lo mismo que ese mismo sábado por la noche en otra teatralizada sobre leyendas y fantasmas, al menos, eso nos pareció. Pero… ah, pero.
Siguiendo las instrucciones de la Oficina de Turismo nos presentamos esta mañana en la puerta. Pasa lista la guía. Todo parece conforme…
-¿Nos cogemos de su brazo para seguir la visita?
-Ah, no… eso es un handicap para el grupo. Mi visita es de grupo y ustedes no deberían de haberse apuntado. Deberían hacerla con la ONCE o de forma personalizada.
-Oiga, que en la Oficina de Turismo no nos pusieron ninguna pega…
-Es que los de la Oficina nunca ponen pegas a nada y luego vienen los problemas. Ya sabía que ustedes venían porque la guía de fantasmas y leyendas dio parte en el informe (a saber qué puso, mejor no imaginarlo)…
-¿Qué hacemos, entonces? Simplemente necesitamos su brazo y nada más. Usted haga la visita normal…
-Bueno bueno. Ande, cójanse.
Empieza la visita, bla bla bla… Acaba la visita. ¿Ha pasado algo?
Y ahora nosotros decimos:
¿Es que no tenemos derecho a incluirnos en esas visitas? ¿Es que hemos de someternos a lo que la ONCE organice o a gastarnos un pastón en contratar visitas personalizadas? Dice la guía, ayer estuvo con un grupo de la ONCE de Madrid explicándoles Toro, que claro, que si lo hubiéramos hecho como ella dice, sería más descriptiva y menos informativa (menos datos y más descripciones), que se adaptaría a nosotros. ¿Y la integración normalizada de nosotros, cieguitos chalados que ingenuamente creemos en la normalización? Me he sentido, qué quieres, como ese ciego que va con su perro guía a un restaurante y le niegan la entrada, ya no disfruta de lo que vaya a comer, me he sentido como un mendigo al que se le arroja una pequeña moneda por no decir que no se le da nada, no vaya a ser que nos acusen de… Qué quieres… se me ha agriado el temita, nos han dado ganas de darnos media vuelta, de… pero no. ¿Por qué habríamos de hacerlo?
Esa misma guía, que luego nos ha llevado hasta la puerta de un bar en el que tomar pinchos, que ha querido que fuéramos por baldosas de textura rugosa, no parecía saber que no somos inválidos, si no ciegos, que podemos bajar tres escalones para salir del Pasaje Gutiérrez, en vez de retroceder, ella y todo el grupo, por donde habíamos entrado y dar la vuelta.
¿Qué podemos hacer elena y yo? ¿Resignarnos y darle las gracias por su interés? ¿Callarnos y tragarnos la frustración que se te genera cuando, en vez, de sentirte incluido, se te quiere hacer sentir como que te están haciendo un favor? ¿Este es el Turismo para Todos? ¿O es acaso la utopía por no decir propaganda del Turismo para Todos? NO hablo ya de que no se nos dijera en ningún momento que, más allá, de una reducción en la tarifa de las visitas, hubiera alguna maqueta para tocar o yo qué sé. Algo más allá de ese ahorro, de una rampa. ¿Habrá algo adaptado para ciegos en la oferta turística / cultural de Valladolid?
Tal vez debiéramos haberle dicho lo que sentíamos pero es difícil hacerlo en el momento, no sé. Pero… ¿será posible alguna vez que otro ciego quiera hacer lo que hicimos al reservar las visitas y no tenga que escucharse que su participación es un handicap? ¿Tan difícil es que yo pueda participar, sin ver, en un grupo de turistas que ven? Creo que no, que es muyh poco lo que se me ha de hacer y a lo mejor, hasta el resto del grupo sale beneficiado. Porque claro… a lo mejor el que, en vez de dar nombres y fechas, al resto de la gente, le interesa más que la guía describa cómo es la escultura del conde Ansúrez que hay en medio de la Plaza Mayor o qué representan las pinturas alegóricas del Pasaje Gutiérrez. Así, el Albertito y la Elenita se enteran y, de paso, el resto.
¡¡Viva el Turismo Inclusivo y… la madre que lo parió!! Jajjajajaja.
    

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