martes, 16 de julio de 2013

Carmen



Os debía cuento dominical por aquello de la crónica de mi viaje en globo.
Vaya hoy para homenajear a esas Cármenes amigas que me regalan su apoyo y recuerdo.
Por ellas, por la imaginación y la curiosa sonrisa.

¿Carmen? ¿Quién es Carmen? ¿Una niña? ¿Una anciana? ¿Un hada? ¿Una hechicera?
Carmen no tiene edad, Carmen siempre se ha visto libre del yugo del tiempo. Para ella no hay calendarios ni estaciones.
A Carmen se la pudo ver impregnando sus dedos en el pigmento que decoraría la cerámica  en los albores de la humanidad, pero también como matrona romana y modelo de humanistas o luchando en la frontera de la muerte por sobrevivir y enseñar a hacerlo a los demás.
Tú, incluso,  puedes encontrártela cualquier día de éstos al volver la esquina o al abrir una puerta.
¿Quién es Carmen?
Carmen es la espuma del oleaje que lame la playa a la que arribarán los esforzados marineros que llegan sin apenas haber logrado botín en lejanos mares.
Es el musgo que vestirá rocas milenarias y árboles centenarios, alfombrando los pasos de quienes deslicen dedos acariciadores, que aspiran a saber cómo escribir en la piel de la persona amada.
Es la estrella sonriente que titila en la noche, junto a la luna, haciéndose faro de soñadores perdidos.
 Es, en fin, la mariposa de brillantes colores que aletea entre rizos y flores.
-Caballero, ¿me permite que le ayude?
-Claro, guapa. Cómo no. Ay ay, quién tuviera tus ojos de luz.
-Señora, venga conmigo que le desvelaré el misterio de la fantasía.
-¿Será eso posible? Enséñame a tejer con hilos de ilusión y agujas de quereres.
-Muchacho, deja que te guíe por el pasillo de tu laberinto de valeroso campeón
-Lléveme, sí, señora mía hasta las más bravías batallas contra facinerosos y salteadores de honras. Quiero ser adalid de doncellas y nobles causas, desfacedor de entuertos y ganador de simpares combates con dragones y gigantes.
-Ande, no se aflija, buen anciano. Apóyese en mi hombro y cuénteme cómo aprendió a silbar.
-Hija, si ya ni aire resta que insufle a mis vacíos pulmones. ¿Qué habría de enseñar un viejo como yo? Labios mellados, dientes derretidos, paladar amnésico.
Ese señor ciego, esa señora, ese muchacho, ese anciano, sin saberlo, han conocido a Carmen.
Carmen es la guía luminosa de ojos velados, la imaginación de la literatura, la arrojada lealtad y la sabia confidente.
¿Morirá Carmen algún día?
Mientras haya un corazón limpio, una mirada curiosa, un alma soñadora, un loco sensible, Carmen vivirá.
¿Y si alguien ambicionara con poseerla para sí, únicamente?
No podrá hacerlo. Ella es esquiva de egoístas y acaparadores. Los conoce de la misma forma que conoce al generoso.
Carmen tiene cuerpo de sonrisa, piernas de peregrino, manos de peluche y cara de flor en flor, luce vestidos de confites y su melena es una cascada de campanitas.
  Siempre anda por ahí, haciendo piruetas sobre la lluvia y llevando por sombrero el arco iris. Es traviesa, le gusta sorprender y, sobre todo, sobre todo, donde verdaderamente se encuentra a gusto es entre esos amigos que sólo tienen un corazón.
 ¡Carmen! ¿Eres tú? Gracias por tocar mis dedos con tu pluma y hacerme cosquillas en el estómago de enamorado de la poesía y la pasión. Eres hermosa, sí. Dirán algunos:
-¿Cómo lo sabes si no ves?
Y yo les diré:
-Ah, eso es un secreto. Un secreto que tal vez, sólo tal vez, algún día te cuente mientras mordemos a dúo el algodón dulce de las nubes.



   

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domingo, 14 de julio de 2013

Viajar en globo: otro reto superado



Narrar que ayer, para mí, fue uno de esos días en los que me he sentido pleno por haber cumplido otro de mis objetivos marcados para este curso, afrontando una nueva aventura: viajar en globo, es una gran satisfacción por aquello de que lo que se comparte enriquece y se hace grande.
La cuestión estriba en proponérselo, ser tenaz y buscar quién pueda ayudarte a cumplirlo.
La proposición era ya antigua: desde que leía a Julio Verne de niño aquel libro suyo de Cinco semanas en globo se convirtió en sueño, aventuras, viaje, sorpresas, emoción.
Con el tiempo uno madura (jejejje, o no), lee cosas en torno al origen de la aeroestación, con los hermanos Mongolfield y cómo surge en el último tercio del siglo XVIII algo increíble: ¿cómo es posible que una bolsa que se llena de aire caliente pueda mantenerse suspendida en la atmósfera sin que caiga por su peso?
Y finalmente no está demás esa cuota de romanticismo, y fantasía, que acompaña a esta disciplina de los globos.
Me preguntaba: ¿qué se sentirá a una altura considerable sostenido por una barquilla y una lona sin otra protección que el gas caliente que hace que se eleven? Y más aún sin ver. Ya sabéis: nada mejor que un ciego que quiera experimentar eso de otear el horizonte a vista de pájaro, jajajaj.
La tenacidad viene de querer hacer algo y cumplirlo. No echarse atrás, aprovechar la ocasión, empeñarse. El piloto, Laureano Casado,  nos dijo ese axioma que asevera: “navegar en globo es como la vida: te subes a él pero no sabes adónde te conducirá y para avanzar deberás aprovechar las oportunidades que las corrientes te presenten”. La tierra desde la que partes, el fuego que alimenta la energía que lo sostiene, el aire que lo guía y el agua que aúna
lo anterior.
Y el apoyo, en mi caso, aprovechando el servicio de la Asociación de Ocio Inclusivo Igualar.
Con estas premisas, sustentado en mis cómplices de siempre, Nuria y elena, nos pusimos a ello.
Le pedimos a Igualar: búscanos un presupuesto para montar en globo. Poco tiempo después nos dijeron: ya lo tenemos: transporte con monitor de apoyo, viaje en globo durante una hora, brindis con cava, diploma y desayuno.
Y todo eso, un 13 de julio del 13, bonito capicúa. Como para ser supersticioso.
Supondréis que la espectación que se nos generó fue grande: al final nos embarcaríamos Nuria y Aurora, Carmen y Miguel, Elena y yo. En principio, saldríamos de Ocaña pero al final, las condiciones de corrientes atmosféricas hicieron que partiéramos de segovia (la incertidumbre del axioma, uno nunca sabe desde donde saldrá ni dónde llegará).
Eso sí, el madrugón no nos lo quitaba  nadie: a las 5.30 h. vendrían a recogernos.
Al llegar, ya estaban los globos, 6 en total. El nuestro, amarillo y verde.   
A nosotros, se unirían tres personas más, una madre con su hijo y la prima de aquélla. Nos presentamos, se hicieron algunas fotos, quienes veían nos comentaban la jugada, aunque no tanto como para hacerme idea exacta de lo que ellos veían, eché en falta mejores descripciones visuales, aunque supongo que debe ser difícil transmitir a una persona que no ve lo que, desde las alturas están viendo los que ven, no sé. Y llegó el momento de partir.
La primera sorpresa: subir a la barquilla. Yo pensaba que estaría a ras de suelo y no sería nada más que levantar la patita y franquearla. Pero no. Resultó que estaba elevada como un metro. “Pongan un pie aquí (un estribo) _nos pusieron la mano en el lugar_, el otro aquí, dense impulso y apoyen el culete en el borde barra de la estructura y giren el torso para que las piernas estén dentro de la barquilla y déjense caer. Ya está. Uffffff.
¿Cómo era el globo? 25 metros de altura (como un edificio de 8 pisos), 6.000 metros cúbicos de aire y una estructura de cuerdas que lo mueven, a modo de timón. 4 botellas de propano lo impulsan.
Despegamos. No noto nada. ¿Seguro que nos hemos movido? Y tanto, como que estamos a 300 ms. Sobre los monumentos de Segovia, con su acueducto, su catedral y su alcázar. Seguimos subiendo, hasta 1000 ms. Sigo sin notar nada. No se, no tengo sensación de movimiento, hace un giro panorámico, lo mismo, no se oye nada, más allá de los calentadores de gas que lo regulan y propulsan.
Quienes ven, nos van describiendo. Hemos pasado ya la ciudad, qué curioso; ahora campos de cereal, unos cosechados, otros no; algún animal corriendo; nos alineamos con el resto de globos, como simulando una escalera de colores, qué bonito.
Todo se ve mínimo desde lo alto.
Y el cieguito que sigue sin notar nada. Sí, cuando hay silencio, sin el ruido propulsor, se siente mucha paz, pero es tan efímera… cuando estamos cerca del suelo, olores a cereal y paja secos, el gas en combustión, los quemadores crepitando.
Le pregunto a mi móvil, excéptico: “¿dónde estoy?” Me responde: “en Valverde del Majano”. ¿Es verdad? Sí, pudiera ser. Se ven, a lo lejos, las montañas de la sierra de Guadarrama.
El tiempo pasa deprisa. Ya casi llegamos, una hora de vuelo ha pasado en un instante. Antes planeamos en vuelo rasante sobre un trigal, es el único sonido que me impresiona, como si lo peináramos.
Se prepara el aterrizaje. Nos explican cómo debemos ponernos para evitar posibles percances: con las manos agarradas a un asa de cuerda firmemente atada a la barquilla, las rodillas flexionadas y la espalda bien apoyada con la cabeza inclinada hacia abajo. Al tocar suelo, daremos algunos botes. Lo normal.
La maniobra, como todo el trayecto es resuelta por Laureano con precisión de maestro, del que lleva miles de horas de vuelo y ha protagonizado numerosas aventuras para el programa de televisión, Al filo de lo impposible.
Ya estamos. ¿Adónde nos ha llevado el globo y la corriente? Vuelvo a preguntarle al móvil: “estás en Hontanares de Eresma.
El piloto presume ante los de los otros globos de que se ha ubicado gracias a la información proporcionada por… ¡un ciego! Milagro de los milagros. Jejejejjejejejej. Me encanta.
    Tras bajar, se procede a plegar el aerostato, nos dejan tocar la tela especial, los anclajes y la corona de aluminio ”hiperresistente” en la que convergen todas las cintas – costuras. El proceso no es demasiado largo: desinflan el globo, recogen la tela haciendo como un puro y doblándola para guardarla en una bolsa (iba atada a la barquilla, habíamos preguntado por su función, a alguien se le ocurrió pensar si no ssería _¿a mí, acaso?_ que era para depositar los vómitos de los pasajeros mareados, jjejejejejeje) y montan en un remolque la cesta de media tonelada de peso que ha soportado a 11 personas, 4 bombonas de propano y la estructura.
Después vendrán los comentarios y valoraciones, el brindis con cava y ese almuerzo prometido en la famosa localidad de Zamarramala.
Laureano nos presenta a su equipo, incluido Angel Vallés, ex librero jubilado de 71 años, fotógrafo y enamorado de la ciudad del cochinillo y el acueducto.
También nos relata otros viajes en globo: desde aquéllos en que ha presenciado peticiones de mano y bodas hasta los que ha llevado a personas enfermas que no querían morirse sin cumplir su sueño. Sin olvidar alguna despedida de soltera, etc.
Y cómo no: nos habla de sus hazañas y percances por el mundo en la isla del volcán Estrómboli, Canaíma, o los Andes. Todo ello regado con nuestra curiosidad y preguntas incesantes.
Regresamos a Madrid con sentimientos encontrados: la satisfacción del sueño cumplido, cierta decepción por lo vivido pues esperaba más emociones, ganas de más charla compartida con Laureano y quienes participamos en la actividad, alegría por haber compartido mi mundo de ciego con quienes nos han acompañado, poniendo humor y amor en acciones y palabras…
El sábado transcurrirá feliz, reposando lo vivido y haciendo algo más aún: asistir a una función de teatro accesible con audiodescripción _para algo que se hace, habrá que aprovecharlo y fomentarlo_ en el teatro Sampol, “Noche de reyes” de Shakespeare. Vamos Elena y yo, el sitio es ignoto para nosotros y alejado de casa, ¿cómo ir? ¿En taxi? No, no; en Metro, primero, y luego en autobús. Ya sabéis eso de “lo fácil no es divertido…”. Llegamos justo a la hora de comienzo. La obra es una comedia de enredo difícil de seguir por la mezcla de personajes y trama pero nos gusta por su moraleja y humor. A la salida, esperando a que Miguel y su primo vengan a buscarnos para tomar algo en una terraza próxima a la ermita de san Antonio de la Florida y el río Manzanares, nos aborda una de las actrices muy interesada en conocer qué nos había parecido la función y su accesibilidad. Nos llamó la atención su interés y nos hizo gracia comentar la obra con una de sus protas. Algo nada habitual.
La guinda fue cenar en terraza junto al río, entre exuberantes risas a cuenta de historias de ciegos y cieguerías mil. Jajajjaja. Total, que nos dieron las 2, como la canción. Ahí es nada, casi 24 horas de momentos y experiencias.
Y eso: que ya he subido en globo, he plantado un árbol y he publicado un libro. Y ahora, ¿qué? Pues qué ha de ser: seguir buscando retos que superar, no le haría ascos, por cierto a montar en submarino (jajajajjajaja, y mirar a través del periscopio, jajajaj), y yo qué sé, lo que surja siempre que sea compartido y lo haga con buena compañía, como la tuya, naturalmente.

     

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jueves, 11 de julio de 2013

A ti, mi Musa



¿Quién será? ¿Serás tú? ¿Será doña Imaginación? ¿O doña Ilusión? ¿O…?

A ti, mi Musa

Caracola de sonidos misteriosos, portadora;
Concha de tesoros anhelados, guardadora.
Musa, que no me faltes, te pido.
DE poemas y cuentos, bordadora,
De historias y magia, creadora.

Lámpara maravillosa otros querrían,
Alfombra voladora sobre la que en ella viajarían.
Musa, que te encuentre en el rincón de mi olvido.
Malabarista de palabras que, con ellas, jugarían,
Equilibrista de raras piruetas que sobre letras caminarían.

El más lejano horizonte tú, con tu guía,  me enseñas,
Héroes y caballeros que cantan a sus galantes dueñas.
Musa, que de tu inspiración primera sea servido.
Cataratas de infinitos colores sean tus enseñas
Bosques de traviesos duendes y hadas risueñas.

¿Encerrarte en una huérfana teoría de moribundo escritor?
No haré tal, si imploro tu eterno fulgor.
Musa, que desde tu cielo, construyas sobre mí tu nido.
¿Apresarte, mediante conjuros, sin rubor?
No, dejar que vueles libre a mi alrededor.

Musa, mi dueña y enseña;
Musa, mi olvido y mi nido.
Musa, mi faro y tesoro.
Musa, mi principio y mi fin.

Te encontré cabalgando a lomos de invisible red,
Te seguí por veredas de historias con título de vuesa merced,
Te buscaré entre jardines de laberíntico césped,
Te pondré, icono, de cabecera en mi pared.

Si yo escribo, es para ti, musa mía.
Si yo juego a ser dios de las palabras, es por ti, faro mío.
Si yo sueño, anudando sueños, es contigo, norte de mi brújula.
Si yo, ganara triunfos de laurel coronado, a tus pies depositaría mi prenda, fuerza mía.
  
  
  
    

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martes, 9 de julio de 2013

Marcas táctiles en el suelo: utilidad versus estética



Siguiendo en la línea de compartir aspectos que a las personas ciegas nos afectan, quiero hoy comentar lo que suponen esas márcas que cada vez más proliferan en los suelos de calles y edificios de nuestras ciudades.
El suelo para una persona ciega constituye una valiosa fuente de información a la hora de nuestra movilidad de forma autónoma. Tanto porque el tacto en los pies también se desarrolla al pisar como porque con el bastón lo rastreamos deslizando la punta del bastón blanco en un ejercicio de muñeca digno de los mejores malabaristas, jejeje.
Por eso resulta de mucha utilidad que se pongan vías de referencia táctiles en el suelo pero, claro… de tal forma que no sean tantas que resulten inútiles o que sean ocupadas por obstáculos que hemos de sortear, perdiendo con ello su pista.
Una alfombra, un encaminamiento, unas rugosidades, baldosas diferentes… son algunas de ellas.
Seguramente para quienes veis pasan desapercibidas en cuanto a su función y tal vez, por eso, se olvide su importancia.
Hasta hace unos años, cuando yo iba por el andén del Metro me pegaba a la pared, tropezando con bancos y dándome algún cogotazo en la bóveda del techo. Todo fuera por no irme a la vía. En un momento dado, se puso una franja de textura diferente que marcaba la línea roja del borde. Tanteándola con la punta del bastón tenía esa referencia que me ha permitido desde entonces caminar por el centro del andén, sin golpes ni topetazos.
Se están poniendo en los rebajes de bordillos que permiten cruzar pasos de cebra, unos botones en relieve que son también muy útiles para saber que por ahí es por donde has de cruzar y que no es la entrada a un garaje..
Una alfombra que te lleva desde la puerta al hall de entrada o, incluso, al ascensor, está también muy bien.
Y, cómo no, un pasillo / encaminamiento de textura distinta al resto del pavimento, puede conducirte, sin dudarlo, a la boca del Metro, ardua de localizar de otra manera sin verla, claro.
Ahora bien, todo esto es genial pero… ¿y cuándo se diseña una especie de malla con nudos y trazos en relieve? ¿Y cuándo esos encaminamientos están ocupados con terrazas? ¿O si pretenden que con mi suela del zapato o la punta de mi bastón distinga entre botones, rayas en relieve u otros símbolos que indican referencias distintas según los casos? ¿Es que se creen que tengo una cámara fotográfica en los pies o en el bastón?
Lo que no puede ser es trasladar directamente referencias visuales al relieve. Lo mismo que el tacto de las manos es limitado y comprende trazos sencillos, el de los pies no es capaz de diferenciar entre un botón circular, un cuadrado en relieve o unas rayas longitudinales.
Me molesta mucho esas adaptaciones que se ponen creyendo que es la panacea por estar en relieve y, sin embargo, no dejan de ser meramente vanos esfuerzos que quedan en lo estético anulando su función práctica.
En la plaza de la Puerta del Sol o en la Estación de atocha han puesto esas redes con nudos y líneas en relieve que a mí no me sirven de nada, pues no soy capaz de saber, cuando se juntan en un nudo, si sigo en la dirección por la que venía o me he torcido.
Y para qué contar las marcas en las aceras, todo un catálogo de relieves. Para indicar el paso de cebra, un tipo, para marcar la parada del autobús y la boca del Metro, otra y yo qué sé. Un lío de muchas narices.
Acabaré diciendo que hace unos años, cuando inauguraban la remodelación de la Puerta del Sol, fui llamado para hacer de conejillo de Indias y aparecer en Tele Madrid supuestamente para ponderar el gran logro del inefable concejal de turno que nos estaba facilitando tanto la vida a los cieguitos. Pero… oh, sorpresa, el torpe del Albertito no fue capaz de orientarse entre tanta línea y tanto nudo en relieve. Claro que me tuve que escuchar del genial representante municipal que si no me sabía mover o que si no había practicado con bastón. ¿Qué tendría que haberle dicho? ¿Qué queréis que os diga? Me dieron ganas de darle con ese bastón que, según él, yo no conocía. Pillé un rebote tremendo. Como si él se hubiera puesto alguna vez en el lugar de una persona ciega total a la que mandan que se oriente en medio de una plaza enorme. Y aún más decía: que la obra había sido validada por los técnicos de la ONCE. Muy bien, me parece muy bien que los técnicos de la ONCE (videntes ellos, al fin y al cabo) lo dieran por bueno, pero a mí, ni me sirvió entonces (perdiéndome la oportunidad de recibir la medalla al ciego listo de la tele con azafata guapa y todo) ni me sirve ahora por mucha malla y mucha red en relieve que hayan puesto. Algo puramente estético que hace que la gente diga: “ah, estos relieves del suelo son para ustedes” ¿Qué coño van a ser para nosotros, si no nos sirven de nada.
En fin, lo de siempre: de teorías y teóricos está el mundo lleno.
Vivir para ver.
    

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domingo, 7 de julio de 2013

El banquetazo de Tiburcio



Que estos calores estivales parece que me han reblandecido el cerebro. Espero que el cuento que ha salido hoy del majín os haga sonreír.
Un refrescante abrazo de… jejjejeje
Con cariño.

Ya sé lo que haré: conectaré la plancha y pondré a freír la moral.
Sí, está decidido. Usaré como mejor mineral energético los viejos tacos de calendarios que fui comprando. Están ya tan gastados que ni tinta les quedan siquiera. Ya no hay modelos tan guapas que luzcan sus encantos como lo hacían entonces. Todo ha ido empeorando tanto… Así la Sosa no me los pillará, siempre escondiéndolos de sus garras.
La pondré al rojo vivo con semejante material. Y aguardaré a que esté bien doradita. A mí siempre me gustó todo bien doradito, aunque, oigan oigan, que tampoco le hice ascos nunca a lo rosáceo hasta que me dio el patatús. Me encanta escuchar el churrusqueo de la plancha cuando tuesta, vuelta y vuelta ese manjar.
Vamos, Tiburcio, que esto ya casi está. Vaya cómo te vas a poner.
-¡Tiburcio! ¿Qué haces? Cómo has puesto todo de humo. Si aquí no hay quien respire.
Ya está la Sosa refunfuñando, como siempre. Bah, que le den sal por ahí, a ver si, algún siglo de éstos, se pone a tono. Yo seguiré con mi moral. Aunque, qué quieren que les diga, me gustaría más poder comerme otro guiso con más salsa que ésta, magro filete sin casi nada más que el hueso. Si es que ya lo digo yo: donde esté un buen chuletón de locura, que se quite esta Moral por sana que sea.
En fin, no queda otra. Menos mal que la paso con un buen vaso de poesía que sino ni por ésas. Ah, poesía, qué buen licor es. Me lo trajo Polvorosa en un tonelillo y de ahí me lo voy trasegando, eso sí, sin que se entere la Sosa, que hay que ver con ella, cómo se las gasta, ni que fuera sargenta de legionarios espartanos.
 Pero bueno, a falta de locuras buenas serán morales, aunque sean sin pan.
¿Y si…? ¿Y si vertiera un generoso chorro de poesía sobre el filete de moral? Igual tomaba mejor sabor. No sé en qué libro de culinario arte leí que no hay nada mejor para la plancha que, cuando se carece de lubricante graso, que un buen chorrillo de licor.
Procedamos, procedamos.
Uy uy uy, cómo huele esto. Como le dé por venir a la Sosa ahora… me monta… jejejeje, qué más quisiera ella. ¿O yo? Que a mis años no es cuestión de andarse con exigencias ni remilgos. Ya ven: moral a la plancha, nada de vicios, nada de excesos; moderación moderación, Tiburcio.
 Pues nada, ya me he comido la moral. ¿Y ahora qué? Si resulta que me he quedao con más hambre que el perro de un ciego. ¿El perro de un ciego, hambre? Si sé que se pegan una vidorra que no hay quien les tosa.
Aaaaachís. ¿Lo ven? Ya me ha dado el achuchón. Qué va, ni siquiera, arrechucho y gracias.
¿Arrechucho? ¿No habíamos quedao en que era perro y no chucho?
-Tiburcioooooo. Ya has vuelto a beber. ¿Qué hablas de perros y chuchos?
-Que no, mujer. Que esta vez me has traído el filete de moral de peor  calidad que de costumbre. ¡Me quieres matar a base de moral! Y mira que te digo, que en tratándose de moral, no escatimes. Que para una cosa que puedo comer sin tasa, pues que mejor que seasuprema. ¿En qué empleas los cuartos que te doy para que la compres? Seguro que me los sisas y se los das al peluquero, que a ti te peina y a mí me toma el pelo.
-Ay qué chocho viejo eres. Si no me das na, ni pa calandraques tengo. Quita anda, que a ver cómo habrás dejado la plancha.
-Pues más limpia que limpia, que hasta reluce y todo.
-¡Qué va a relucir si está llena de manchas. No sé con qué habrás adobao la chuleta pero está echa un asco.
-Cómo va a estar echa un asco la plancha si la moral no despide ni grasa ni nada.
 -Quita, anda; quita. Que ya la limpio yo. ¡Qué hombres! Lo único que saben es atracarse a locura. Con lo bien que sienta un buen plato de moral.
-¿Tú qué vas a decir de cómo sabe la locura? Si no la has probao. Si tú lo único que has comido en tu vida son fideos de recato. Eso que ni sabe a nada, ni alimenta nada.
-¡Glotón, lambroto, tripero!
Pobre de mí, que lo único que puedo hacer es beber poesía. ¿Qué dices, mujer? Si estoy espanao, si no tengo na que llevarme al pirulo. Pa esto sería mejor que me muriera. Cualquier día me meto la moral sin más y se acabó. Al otro barrio. Qué aburrimiento, todos los días, lo mismo.
-Pues hazlo cuanto antes.
-Pa que te vayas con el peluquero, pues vete ya con él y déjame a mí en paz.
-¡Desagradecido, fullero!
-¡Adiós, Sosa del cielo! Que te den  azúcar.
-¡Azúcar nooooooooooooo!
Se va Sosa, se queda Tiburcio solo. ¿Qué hace? Uy si se ha amorrado al tonelillo de poesía y…
-Tiburciooooo, soy locura… ven a mis brazos… déjate querer por mis pechos…
Una susurrante voz de sirena seduce al pobre Tiburcio mientras sigue mamando del tonelillo, cual lechoncillo mamador.
Ni na, ni na, ni na.
-Ahí le tienen. Pónganle la camisa de fuerza, llévenselo. Qué desgracia. Con lo bien que yo siempre le he cuidado. Si agarro al que le trajo la cuba… Yo, teniéndole a raya con carisisísimos filetes de moral y me lo encuentro trastornao, borracho de poesía. ¿Poesía? ¿Qué será eso? ¿Y si pruebo un poquillo de ese brebaje? Paice que tié buena pinta. No, Sosa; no. Tú sigue con lo tuyo y que se vaya el Tiburcio con viento fresco. Tú sigue como siempre, sana sana. Ya lo dijo el sabio: “sana que te sana, culito de rana”. Ah, los culitos y culillos…
Y la Sosa, sí, siguió con sus buenas costumbres de señorita bien, siguió y siguió, pero sola se quedó.
¿Y Tiburcio, nuestro Tiburcio? En el manicomio de la Academia de los Escritores lo encerraron de por vida. Encerrado, sí; mas libre también. Libre de Sosas y morales, esclavo de locuras y deleites. Cada poco su buena ración de poesía sin disimulos ni racionamientos, cada mucho su banquetazo, entonces sí, banquetazo de letras y palabras, uríes y doncellas, galanas todas sin dietas ni abstinencias.
   

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