jueves, 20 de junio de 2013
Palabras
Por fin, tras una intensa semana que me ha impedido escribir,
me quito el gusanillo y comparto contigo un nuevo poema.
Un poema primaveral que rinde homenaje a una primavera que
hoy termina, una primavera de clima variable pero de intensos momentos.
Que te resulte grato. Que te sea evocador.
Con cariño y gratitud.
Palabras
Zambullirme en el estanque de tu cuerpo querría
Y perderme entre los nenúfares de tu orilla.
Palabras prohibidas.
Saciarme con el jugo de tus frutas
Y hartarme de tus prístinas gotas.
Saborear la pulpa de tus fresas
Y colmar mi boca de sorpresas.
Palabras inquietas.
Oler el néctar de tus pétalos
Y libarlo hasta no dejar nada de ellos.
Tocar acordes de melodía sin fin
En tu melena de querubín.
Palabras traviesas.
Ver en tus ojos la belleza
Y olvidar mi ciega certeza.
Explorador de piel aspiro a ser
Para tu espalda recorrer.
Palabras juguetonas.
Arqueólogo de pliegues,
Conquistador de tus dones.
Un sueño tengo:
A ti poseerte.
Palabras vedadas.
Esa sería mi mejor suerte,
Y abrazarte contento.
Tu placer, mi búsqueda.
Tu goce mi deuda.
Palabras insinuadas.
Tus susurros, mi melodía.
Tus gustos, mi ambrosía.
Un volcán de ardiente lava,
Un mar de espuma blanca.
Un bosque de frondosa floresta,
Una brava catarata.
Estos son los parajes
A los que canto mis pasiones.
¿Tú conmigo descubrirlos quieres?
Palabras que no son palabras, sino auténticas verdades.
Publicado por Alberto en 5:35 p. m. 2 Dejaron su huella
Etiquetas: Aprendiz de poeta
jueves, 13 de junio de 2013
Viajero soy
Buenas noches: que os guste.
Viajero frustrado digo que soy
Mas nuevos lugares siempre descubro.
Hacer más que ver.
Peregrino de andares oscuros
aunque siempre la luz sale a mi encuentro allá donde voy.
Estaciones de tránsito siempre atestadas,
Trenes, autobuses y aviones.
Sentir más que ver.
Siempre ligero de equipaje me ves,
Nunca vacío de limpias miradas.
Un hermoso paisaje de dulce frescor,
Una calle, una plaza, un palacio.
Querer más que ver.
Paseo despacio,
Atrapo su fulgor.
¿Quién saldrá a recibirme?
¿Quién mis manos tomará?
Soñar más que ver.
Tú, amiga me guiarás,
En pos de la felicidad perenne.
Llego a la ansiada meta,
Busco mi edén.
Atesorar antes que ver.
Soy feliz, me siento bien.
Acompáñame a un nuevo periplo, te digo, mientras llamo a tu
puerta.
Viajar, mi mayor placer.
Hacerlo junto a ti.
Percibir más que ver.
Nunca sin ti,
Siempre unidos, nuevos caminos recorrer.
Publicado por Alberto en 11:28 p. m. 3 Dejaron su huella
Etiquetas: Aprendiz de poeta
martes, 11 de junio de 2013
Valencia: valentía a ciegas
Seguramente cuando, en 138 A.C. se funda la capital del
Turia, aprovechando una isla que en éste
había, dándole por nombre Valentia por valentía, como pago por los servicios prestados a
legionarios romanos en las guerras lusitanas, lo mismo que cuando Jaime I el
Conquistador, 1300 años después, la conquista a los musulmanes, no esperarían
ver a unos ciegos, bastón en ristre, recorriéndola de forma autónoma teniendo
en cuenta que era la primera vez que la visitaban. Y haciéndolo, además, con la
sonrisa y el buen ánimo como estandartes.
Pues bien, este ha sido el caso porque qué mejor manera de
celebrar el premio literario que gané a cuenta de la Ilusión que afrontando
semejante peripecia.
Los preparativos corrieron a cargo de Elena, que se encargó
de gestionar la compra de billetes de tren, visitas guiadas y citas con
compañeros suyos con los que compartir, siquiera, un breve encuentro.
Yo descargué una audioguía que nos sirviera para abrir boca
con lo que descubriríamos y que fuimos escuchando durante el trayecto del
viernes por la tarde.
Una vez en la estación de destino Joaquín Sorolla, tuvimos,
como siempre, la ayuda del personal de Atendo, contratado al efecto. Por
cierto, a la vez que nos ayudaban a nosotros, lo hacían con otro señor en silla
de ruedas. Todo un numerito.
El hotel Conforthel Aqua de 4 estrellas muy de diseño y
funcional pero algo complicado de localizar por encontrarse en la 4ª planta de
un centro comercial. Menos mal que el taxista que nos llevó se portó bien que
sino igual estamos aún dando vueltas buscando la recepción. Eso sí, el
personal, una vez que lo encontramos, fue amabilísimo con detalles como el
mandarnos por correo electrónico los servicios que ofrece el hotel u
obsequiándonos con fruta y dulces. Que hubiese braille tanto en el número de
las habitaciones o en los botecitos de gel fue otro punto. Y el desayuno de
bufet, soberbio salvo que, cosas de este país, que el zumo de naranja fuese de
bote. Toma castaña: en Valencia y sin naranjas de verdad.
Quedamos con Consuelo, compañera de Elena, y Paco, su marido, para cenar y charlar con postre incluido en
una heladería. Tuvimos ocasión de comentar vivencias y pedirles que nos sugirieran
algún restaurante donde degustar una paella de confianza cerca de la casa natal
de Vicente Blasco Ibáñez, en plena playa de la Malvarrosa.
El sábado teníamos el programa completo: por la mañana
visita guiada al casco histórico y por la tarde paseo en barca por la Albufera.
Recorrimos el centro desde la Plaza de la Virgen con la
basílica de los Desamparados, la de la Reina con la catedral, la antigua
universidad, la calle de la Paz, la Plaza Redonda, el Mercado Central o la
Lonja de la seda y el Museo Nacional de Cerámica.
Terminada la visita que fue de lo más interesante, hecha
además con 3 personas más, vaya que casi íbamos en familia, nos planteámos cómo
emplear el tiempo que teníamos hasta la salida para el famoso lago. Entramos en
la catedral y aquí dispusimos de una audioguía gratuita que, sentados en un
banco, nos ayudó a hacernos idea de cómo es el templo en que podría hallarse el
Santo Grial.
Después quisimos emprender una nueva aventura: acercarnos a la
casa donde Elena viviera años ha, cuando aún veía. Para ello preguntamos qué
autobús nos conduciría. Y sí, llegamos, con transbordo incluido, sin novedad y en una terraza próxima nos
echamos algo al cuerpo.
Puntuales estábamos
para coger el bus turístico hacia la Albufera. Íbamos solos, madre mía, el
autobús todo para nosotros. Llegamos hasta el lago, y subimos a la barca cual
protagonistas de “Cañas y barro” y pudimos sentir el sol y la brisa de una
tarde veraniega junto al Mediterráneo al tiempo que olíamos la malvarrosa o el
romero y escuchábamos sonidos de aves varias.
No podíamos acabar el día sin disfrutar de la ineludible
horchata valenciana. Bueno, ya la habíamos degustado, junto con el
correspondiente fartón, en el Mercado Central, detalle de la empresa de guías,
pero mi buena amiga Amelche, me había propuesto una incursión en Casa Daniel,
en Alboraya, la meca de la horchata.
¿Cómo ir? Pues cómo ha de ser, en Metro y para allá que nos
fuimos haciéndosenos la boca a agua anticipando el placentero sabor del jugo de
la chufa.
Desde luego que no pudo ser mejor la recomendación y nos
dimos el gustazo.
Con el estómago lleno (hubo que remojarla con un danielet
soberbio de crema y hojaldre, un fartón y otro dulce más de chocolate), nos
aprestamos a regresar al Hotel también en Metro. Preguntando preguntando
llegamos a la estación Amistad y de allí al hotel un bonito paseo de hora y
media, parte del cual lo hicimos acompañados de una familia, cuya niña, Lucía,
aprendió que lo fácil (haber vuelto en taxi al hotel) no es divertido, que lo
divertido es hacer las cosas por uno mismo.
En fin, el día fue fantástico, lleno de satisfacciones y
evocadoras sensaciones. Me tentaba subir los doscientos y pico escalones que
llevan a la campana de san Miguel (el conocido Miguelete) pero lo dejamos para
mejor ocasión.
El domingo teníamos la mañana prevista con paseo por la
playa y visita a la casa del autor de “Arroz y Tartana” o “La barraca”. Pero
no, no hubo suerte. Había obras en la planta baja y el conserge no tuvo mayor
interés en habernos acompañado a la primera planta donde se encuentran diverso
mobiliario y documentos del novelista. Tan poco interés tuvo que ni siquiera se
molestó en informarnos de que en la entrada había un busto (digo del escritor,
jejeje, no del esforzado funcionario) que podríamos tocar para hacernos idea de
su figura. Menos mal que nos lo indicó otro señor que por allí pasaba
ayudándome incluso a hacer una foto. Fue una pena, la verdad, porque tenía gran
interés por esta actividad. Ya sabéis lo que me apasiona conocer los lugares en
que la Historia y la Literatura han sido protagonistas.
Y, después de recorrer el paseo marítimo, esperaba escuchar
el mar pero no fue así, nos dirigimos a La herradura, a darnos el banquetazo,
regalo de cumpleaños, de tomarnos ese arroz a banda tan esperado y tan
exquisito.
Así pasó el fin de semana, con la satisfacción de emprender
otro viaje por nuestra cuenta, a nuestro aire, sin importar la ceguera,
sabiendo disfrutar y estando con normalidad.
Aún tuvimos tiempo, en la estación, de comprar otra horchata
para el camino.
Y mientras el AVE volaba hacia la rutina madrileña, recordé
momentos que pasan a ser inolvidables: que el taxista que nos lleva a la visita
guiada del sábado por la mañana sea familiar de una chica ciega que también
Elena conoce, las vueltas que dimos en torno a la fuente del padre Turia, con
sus ninfas y su cuerno de la abundancia, y que cuando la enchufaron nos sirvió
de utilísima referencia, el poder tocar la catedral a través de una estupenda
maqueta que hay al lado de la seo, la increíble portada en alabastro del Museo
de Cerámica que también pudimos tocar, esos chistes que uno hace como la
respuesta dada a cierta camarera ante su pregunta de si estaba bueno todo a lo
que dije hasta la camarera está buena o cuando una de las personas que hizo la
visita con nosotros me señala dónde tocar una escultura y yo que dirijo mi mano
hacia ella apuntando a que es ella la escultura (“me han llamado muchas cosas,
pero nunca escultura, jejejejje, dice”), Inma, la chica que estaba haciendo un
máster y que se dedica a la detección temprana de niños ciegos, qué casualidad,
y que se mostró muy interesada por mis andanzas literarias, el que el conductor
de uno de los autobuses urbanos que cogimos en dirección a la zona de Mestalla
se baje y nos ayude a cruzar la calle, dejando vehículo y pasajeros a la luna
de Valencia por un rato, o esos periplos en Metro.
No pude tampoco, por menos, que elevar una oración en la
catedral en memoria de mis padres que, 50 años atrás, realizaron su viaje de novios por esos mismos lugares.
No sé si es excesivo decir que fuimos dignos merecedores del
apelativo que el cónsul romano dio a la ciudad, al fundarla, en recuerdo de sus soldados, el caso es que
quienes con nosotros se encontraban así nos reconocían: “¿Qué no son de aquí? ¿Que
es la primera vez que vienen? ¿Y se atreven a venir solos? ¡Qué valientes son
ustedes!”
Ya digo, no sé si fuimos o no valientes, lo que sí sé es que
disfrutamos un montón y no nos perdimos una. Bueno, algo sí nos perdimos: el
agua de Valencia. Creo que es una bebida que entra sola pero sale haciendo que
quien la toma pille unos ciegos que flipas. Claro que como nosotros ya vamos
así, pues no sé. Queda pendiente para otro viaje.
Me quedo con los sonidos de campana del reloj que daba las
horas no sé si en la catedral o en la basílica de los Desamparados, los sonidos
de las fuentes, el pasar por delante de la imprenta que fue y ahora es un
restaurante, en la que se editaron una de las primeras ediciones del Quijote y
eché en falta a músicos en las calles y el sonido de los semáforos (parece que
funcionan con mando a distancia pero como nosotros no disponemos de él, pues a
cruzar a pelo se ha dicho).
Hasta un próximo periplo.
Publicado por Alberto en 10:04 p. m. 3 Dejaron su huella
Etiquetas: De viajes
lunes, 10 de junio de 2013
Café Literario Ferreiro: finalizamos su primer año
En el mes de julio pasado, 4 ciegos totales, apasionados de
la lectura y la buena literatura, nos juntamos en una terraza veraniega para
dar a luz lo que sería una idea ilusionante: crear un lugar de encuentro y
amistad en torno a un libro, comentándolo y enriqueciendo su lectura.
Se trataba de hacer una tertulia integradora y en la que su
denominador común fuese el contar con el autor del libro a tratar en cada
sesión.
Nos reuniríamos los segundos lunes de cada mes y el lugar no
podía ser mejor: un estupendo restaurante que nos acogió enseguida con entusiasmo
y detalles excelentes: era el Restaurante Ferreiro en la madrileña calle
Comandante Zorita 32. Por cierto, muy recomendable tanto por su gastronomía
como por su trato.
Con estas premisas comenzamos en noviembre y acabamos hoy.
Los escritores que nos han acompañado han sido: José Miguel
Vila, Elena Peralta, Ignacio Santamaría, María José Rubio, Javier Reyes, Manuel
Enríquez, Nieves Barambio y Carmen Posadas que ha puesto colofón al elenco de
escritores invitados.
Hemos tratado temas y géneros literarios diversos: desde el
reportaje periodístico y testimonial, la poesía, la novela realista y la
histórica.
Sin haberlo pretendido de manera consciente, hemos cumplido
con las reglas de la paridad de género y autores ciegos / videntes. Que no se
diga, jejej.
En las tertulias se ha comentado el proceso de creación
literaria e investigación, se ha hecho análisis de los textos y nos hemos
acercado a realidades tan distintas como las de la prostitución y los presos,
la obra social de ONGs, el mundo de los perros guía, la recreación histórica de
episodios tan diversos como la Ilustración española, la Revolución Rusa o la
vida cotidiana de la España del siglo XX vista a través de los ojos de 4
generaciones de mujeres.
Por mi parte, como promotor y participante, ha sido una
experiencia fantástica y que ha visto plenamente cumplidas las espectativas con
que la iniciamos.
La comida con que hemos celebrado todo ello ha sido
soberbia, en la que la camaradería, el ambiente relajado y el buen yantar han
sido protagonistas.
En octubre, el día 14, retomaremos esta sana costumbre de compartir
café y literatura.
Una muestra más de cómo se pueden organizar actividades en
un entorno normalizado y autogestionadas con éxito, pese a la discapacidad
visual. Un reto más superado.
Publicado por Alberto en 10:15 p. m. 3 Dejaron su huella
Etiquetas: Así soy
domingo, 9 de junio de 2013
Entre paellas y ciegos
Recién llegado de mi periplo valenciano que ya contaré comparto
mi cuento dominical de cada semana.
He intentado jugar con las palabras e invitaros a la sonrisa
a cuenta de ellas. ¿Lo habré logrado?
Que estéis bien.
Con cariño.
-Chica, entre visitar al dermatólogo y jalarme una paella
rica rica, de ésas que llaman ciega, no hay duda. Me quedo, jejejejje, con…
-Con la paella, claro.
-No, no, neim. El dermatólog está muy , pero que muy bueno,
también es ciego y me lo comería.
-Vaya, ¿te lo comerías?
-Sí, y no dejaría ni los huesos. Está como un queso.
-O sea, que te va más el queso que la paella.
-NO sé. A mí lo que me va es el dermatólogo. Aún recuerdo
cuando le conocí por primera vez. Mi tía Gertrudis, ella sí que sabe, acudió a
él para que le curase su calvicie tras haber experimentado con toda clase de
mejunjes y sales minerales. Estaba harta de probarlo todo y necesitaba una
solución, era joven aún y no quería usar peluquín. No sé lo que hizo con ella o
con su piel, qué arte alquímica usaría, pero lo cierto es que al cabo de pocas
semanas volvía a lucir un melenón. Total que con semejante acicate me fui para
su clínica, un pisito discreto, para ver qué era capaz de hacer con mi acné y mis
ronchas celulíticas.
-¿Celulitis tú? Pero si estás más flaca que flaca. Si por
caderas tienes un pedazo de recta que para sí la quisieran los locos de la
carretera. Calla, calla. Qué ocurrencias.
-Que sí, tía. Que me veía horrible. Total, que para allá que
me fui. Además, como era ciego pues no se daría cuenta de mi espantosa facha.
-¿Y te curó?
-Ya lo creo. Lo primero que me dijo: “vaya buena pinta que
tiene”.
-Claro, era ciego.
-Oye, oye. Sin faltar, ¿eh?
-Ay, hija. Cómo te pones por nada.
-Total que me pasó sus dedos de filigrana por las zonas a
curar y cada vez que lo hacía notaba un cosquilleo…
-Ya ya, me parece que tú lo que buscabas era que te curara
otra cosa.
-Uy, mírale. Si viene por allí.
-¿Por allí? ¿Quién?
-Sí, boba. Es que no ves nada.
-Bueno, parece que todo se pega: el dermatólogo, ciego; yo
que no veo nada y tú, ahora, emperrada en que vayamos a conocer no sé qué
bodega en El Ciego, un pueblo de no sé dónde.
-Sí, en La Rioja. Y, de paso, luego vamos a La Guardia que
hacen un festival muy chulo en torno a las fábulas de Samaniego.
-Ah, muy bien. En El Ciego pillamos un ciego que flipas a
base de vino va, vino viene y luego nos vamos, fabula fabulandus, a darles
palique a los animalillos como aquel burro al que le sonó la flauta por casualidad
o la cigarra o la zorra y sus cuitas con las uvas. Y aún querrás, claro, que
invitemos a tu don Juan ése que por allá viene, cómo eres. Me gusta, me gusta
el plan.
-Ay, sí. Que así él nos guiará entre tanta cieguería.
-Pero cómo puede ser que un ciego entienda de pieles?
-Toma, pues tocando, cómo va a ser. Supongo que entre pieles
y pellejos él se las apañará bien con esas manos que ellos usan tanto y tan
bien.
-Sí, claro; pellejos de vino. Ah, pues tendré que mirar yo
de que me eche la mano encima a ver cómo me ve. Que sí, que sí; que es tuyo, ya
sé.
-¿Mío? No creo. No tengo ni idea de si estará casado o
soltero o yo qué sé.
-¡Don Crispín!...
-Uy don Crispín, tócame el culín, ejejej. Con ese nombre…
-Pero mira que eres cotorra.
-Hola, cómo está. Que soy la Lupe, su paciente.
-Ah, guapa. Cómo me alegro de encontrarla. ¿Cómo está?
-Bien, muy bien. Aquí con una amiga. Chon, te presento a don
Crispín, mi dermatólogo.
-Ah, encantada. Hablábamos precisamente de usted.
-¿Ah sí? Ya se sabe: hablando del rey de roma, por la puerta
asoma. ¿Y qué decían de mí?
-Pues que queremos ir al pueblo de El Ciego y nada mejor que
un ciego para guiarnos por él. ¿Podría…? Lo pasaremos bien.
-Hombre, si se trata de hacer turismo y de hacerlo tan bien
acompañado como con ustedes, no veo motivo para negarme.
-jajajja. No, si ver no ve nada, ¿cómo iba a ver motivo?
-Chica, no seas picajosa. No te burles de don Crispín.
-Que no, que no. Que tiene razón, jejejej. ¿Chon ha dicho
que se llama? Chon es a chinchín como crespón es a Crispín tirintintín.
-Vaya, vaya, muy graciosos los dos.
-Lupe… no te pongas tan seria que no pasa nada. Entonces,
¿contamos con usted para el viajecito?
-Claro que sí, sin dudarlo. Díganme cuándo y nos
organizamos. Tengo la sensación de que estará genial. Bueno, les dejo que tengo
prisa, me esperan en el colegio de videntes con sus bolas de cristal y todo.
-¿Qué dice? ¿Va a que le adivinen el futuro?
-No, voy a curarles las verrugas. Que mucha bola y mucho
adivinar pero tienen la piel hecha una pena. No sé si es que harán conjuros con
epidermis de sapo y rabos de lagartija o qué. En fin, bueno; ya me dirán, que
me apunto a la excursión.
-Muy bonito. Tú haciendo chistecitos con él.
-¿Celos, querida? Vaya vaya. Si lo he encontrado
simpatiquísimo. Tú lo que pasa es que eres muy cortada. Deja tu contención y
lánzate. Ay ay, cuánto tengo que enseñarte.
-Sí, sí; muy lista pero estás como yo, pa vestir santos.
Vamos, pintando monas.
-Y gatos, si hace falta. El caso es pintar.
Ya ya, bueno. Vámonos a la agencia de viajes a buscar
folletos y luego nos tomamos algo. Y no te pases con mi Crispín, ¿eh? Que te
conozco.
-Que no, mujer. Que tú eres mi amiga. Y en esta guerra
nuestra amistad es la que gana.
-Ay, Chon. Si es que eres más maja, tía… ¡Dame un abrazo!
-Toma un abrazo. Lupe, dame un abrazo. Y que nos quiten lo
bailao. De ciego a Ciego y tiro porque me toca.
Publicado por Alberto en 9:59 p. m. 3 Dejaron su huella
Etiquetas: Relatos
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