viernes, 21 de septiembre de 2012

"Memorias del alzheimer" de Pedro Simón: un libro que pellizca el alma

Si ayer hablaba de un libro protagonizado por los libros y una joven que encontraba en ellos luz, hoy quiero hablaros de otro con la mente puesta en una familia muy querida para mí y afectada por este mal.
Con cariño para ellos y para todos quienes tienen la desgracia de relacionarse con este mal del siglo XXI.

El periodista Pedro Simón publica 'Memorias del Alzheimer'
Rafael J. Álvarez | Madrid
Pedro Simón (Madrid, 1971) es el telediario de los desheredados, la noticia que ellos nunca son. Ha hecho mil cosas en la vida, pero hay una que resume su certidumbre: los que sufren. Por eso en EL MUNDO ha desarrollado un periodismo de denuncia y de calor en el que zumba a los de arriba colocándose con los de abajo. Si será así la cosa que es del Aleti. Periodista sin twitter, es un lector hambriento, un bebedor en compañía de otros y un humorista sin sueldo. "Manolo -le dijo muy serio un día a un becario que hoy triunfa en Andalucía-, ¿tú te tocas?".
Su tercer libro es un viaje permitido al Alzheimer ajeno, un impresionante manojo de historias que sólo olvidarán sus protagonistas. Maragall, Chillida, Suárez, Mercero... Todos cuentan sin contar sus recientes vidas inéditas en un libro con litros de jugo y ni un gramo de morbo sobre una enfermedad que no hace distinciones, 800.000 españoles que son sin saberlo. 'Memorias del Alzheimer' (La Esfera de los Libros) es un recuerdo de nuestro futuro. O, si hay suerte, no. En cualquier caso, se lee a calzón quitado, entre el susto y el humor que son la propia vida. Como la que a él parece haberle cambiado esta aventura de tinta imborrable.
Pregunta.- ¿Qué sabe el Alzheimer de usted?
Respuesta.- Espero que absolutamente nada, espero que pase de largo cuando salga a desfilar... Sentir el aliento de la enfermedad debe de ser devastador. Saber que vas a empezar a olvidar lo que recuerdas y que vas a recordar lo que olvidas. Ese día en que te dicen: "Usted tiene Alzheimer".
P.- ¿Por qué eligió una enfermedad tan desventurada y desconcertante para escribir un libro?
R.- Porque hay 800.000 personas con el mal diagnosticado. Porque cada mes más que se logra aumentar la esperanza de vida, suben los casos exponencialmente. Porque hay gente a la que le cuesta salir del 'almario'. Y porque quizás, sólo quizás, a los cuidadores les ayude saber que un tal Mercero, un tal Suárez, un tal Maragall o un tal Chillida también andan flotando en el líquido amniótico de la desmemoria y no por ello son menos dignos.
P.- ¿Con qué historia de las que narra usted ya no volverá a ser el mismo?
R.- Todas te muerden por dentro. Me quedo con Solé Tura llamando a su hijo 'chaval' porque no recordaba su nombre. Con Chillida confundiendo a su enfermera con Dulcinea y recitándole de memoria poemas de San Juan de la Cruz. Con Maragall metiendo una bolsa de hielos en el lavavajillas en vez de en el congelador... Con tantos y tantos silencios.
P.- ¿Cuál fue la peor noche de tantos días?
R.- Con la historia de una mujer no famosa que culmina el libro: el relato de un matrimonio de agricultores de clase media en un pueblo de Guadalajara. Octogenarios casi. Gonzalo se desnudaba para meterse con su mujer en la bañera y así poder bañarla. Lo hacía con una sonrisa. Enamorado. A diario. Conmovedor.
P.- ¿Cómo es el último Maragall a un metro de distancia?
R.- Su mujer, Diana, fue muy generosa conmigo y me permitió charlar con Maragall durante un rato. Maragall es un hombre afortunado. Mantiene relativamente los niveles cognitivos y tiene una vida muy plena. Sale con amigos, disfruta de la familia... Es cierto que ya ni lee ni escribe, pero es un enfermo ejemplar. Se apuntó incluso a un ensayo clínico que no salió bien. La labor de su fundación está siendo mayúscula.
P.- ¿Qué le habría dicho a Suárez?
R.- Nada. Probablemente le habría acariciado la mano. Eso le aprovecha mucho más al enfermo.
P.- ¿A usted también le quiere Mercero aunque ya no sepa quién es?
R.- La anécdota es real. Me la contó el gran José Luis Garci, que era uno de los amigos que estuvieron yendo a verle durante un tiempo. Iban con él, se lo bajaban al bar y hablaban de cine, fútbol, gastronomía, literatura... Para entretenerlo un rato. Un día, el bueno de Mercero se les quedó mirando y les dijo: "No sé quiénes sois, pero sé que os quiero".
P.- ¿En qué se parecen y en qué se diferencian los elegidos de su libro?
R.- Se parecen en que el Alzheimer es una escalera de caracol que siempre va para abajo, en el proceso de deconstrucción del sujeto, en que todos acaban como niños inermes.
P.- ¿Cómo se cuida a un cuidador?
R.- Ésa es la clave. Y por eso nació este libro. Espero que sea útil en este sentido. El 75% de los cuidadores acaba con problemas de estrés, ansiedad, depresión... Por eso es fundamental que el cuidador tenga momentos de respiro, ratos de ocio. Porque si no es así, lo más probable es que no tengamos un enfermo, sino dos. Hay que ser prácticos: para ser un buen cuidador, tienes que estar muy bien física y mentalmente. Un mal cuidador es el que nunca se separa del enfermo.
P.- ¿Qué familia le impresionó?
R.- Todas. Todas responden a la frase de Chillida: "Un hombre tiene que mantener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo".
P.- En el libro hay mucho humor, todo un ejercicio de valentía por su parte. Atrévase aquí y echemos unas risas...
R.- Transcribo la frase con la que arranca el libro. No es mía, ojo: "En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. En algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con el pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven". No sé si la frase es para reír o para llorar.
P.- Es una risa llena de tristeza. Como periodista, ¿hasta dónde le incordió su conciencia por el derecho de los enfermos a la intimidad?
R.- El libro es de guante blanco. Sólo se cuenta lo que los familiares han querido que se cuente. Curiosamente, a todos les está gustando. Porque, sin que ellos me lo pidieran, he omitido detalles duros que no aportaban nada.
P.- El prólogo de Ángel Antonio Herrera es una terapia de poesía en medio del Alzheimer. ¿Qué tiene de belleza este mal tan masivo?
R.- Bueno, yo no sólo citaría el prólogo. El epílogo también es maravilloso... No creo que el Alzheimer tenga nada de bello. Como no creo que lo tengan ni el dolor ni la desesperanza. Sólo que sí es cierto que el olvido, la mente, el embudo de la razón, como materia prima literaria, son un auténtico regalo.
P.- ¿Es mejor la muerte que el Alzheimer?
R.- Casi nadie se muere del Alzheimer, sino con Alzheimer. Ahora bien, yo digo lo que el enorme Miguel Gila: "En cualquier caso, si se puede, lo mejor es no morirse".
P.- ¿Cómo verá el futuro quien lea su libro?
R.- Espero que con alivio. El tamaño de la letra es grande. La sabiduría de la gente que habla también. Si este libro no es útil no tendrá ningún sentido.
P.- Y usted, ¿de qué se ha olvidado?
R.- De lo mismo que casi todos: que vivir y morir son las únicas certezas.

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jueves, 20 de septiembre de 2012

La bibliotecaria de Auswitz o de cómo los libros son luz


Cuando en agosto pasado buscaba sugerencias de nuevos libros para la revista Punto y Coma, que elaboro mensualmente y que trata de acercar la lectura a las personas ciegas, descubrí en las secciones de Próximamente de varias librerías la novela “La bibliotecaria de Auswitz” de Antonio G. Iturbe y editada por Planeta.
Inmediatamente me llamó la atención. Cómo no, siendo bibliotecario yo y habiendo llegado pocos días antes de visitar ese campo de muerte y horror, aún con el alma estremecida.
¿Podía ser posible que hubiese existido una bibliotecaria en aquel infierno? ¿Dónde iba a encontrarse la biblioteca? ¿En qué barracón?
Este lunes se ha puesto a la venta y los periódicos han recogido su tema y origen.
Un veterano periodista que lee un texto de Alberto Manguel sobre bibliotecas curiosas, una historia que le atrae, una investigación que le conduce hasta Jerusalén.
Y allí, en la capital hebrea, una mujer octogenaria: Dita Kraus, la protagonista.
En 1943 había sido deportada del gheto checo al campo de exterminio. Allí sobrevivirá gracias a la lectura de 8libros. ¿Libros de cuentos? ¿Novelas juveniles? No, no, obras como “Las aventuras del valiente soldado Svej”, un tratado de Geometría u otro de Psicoanálisis.
A sus 14 años sabrá burlar la oscuridad del horror nazi y encontrará luz en esos libros tan poco apropiados para su edad pero que se convertirán en su tesoro más preciado.
Si muchas veces me habéis escuchado hablar sobre la importancia de la lectura, esta novela con fondo real ratifica mi opinión. Como su autor dice: “A falta de pan, la literatura es el hueso de jamón que echamos al caldo de la vida para que sea más sabrosa”.
Y dice también Antonio Iturbe lo mucho que le impresionó conocerla, con su sentido del humor y su lucidez aún hoy día. Qué maravilla.
Ya estoy deseando leerla. Seguro que me va a emocionar. Recordaré la visita que hice a Auswitz y los restos que quedan de aquello: la doble alhambrada, el poste y celdas de castigo, las instalaciones, el vagón de ganado, el vacío del holocausto.
Si la leéis antes de que yo pueda hacerlo, una vez me la adapten en audio, me contáis ¿vale?


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domingo, 16 de septiembre de 2012

Amistad


Como prometí, retomo hoy mi costumbre de enviar mis cuentecillos que no pretenden otra cosa sino animar y sembrar ilusión. Ojalá lo consiga también durante este curso.
Gracias por ser tan fieles y regalarme vuestra confianza.
Os agradeceré vuestras críticas o comentarios.
Bueno, allá vamos. Viva la amistad que nunca muere si es con mayúsculas, pase el tiempo que pase.
Abrazos de luz y feliz semana.
Con cariño.

Sinforoso siente cansancio, está harto. Tanto oír la palabra amistad y, sin embargo,  de él nadie es amigo ya.
Eloísa, siempre experta en almendros, en cambio, nunca cree haberla escuchado. Ella, tan deseosa de ayudar y sin saber cómo ser amiga.
¿Y el paraguas? Es conxciente de que tan solo es querido en razón de su utilidad por lo que ni le es dado ofrecerla ni recibirla. Claro, es un objeto y dicen que ese sentimiento  se reserva a las personas en exclusiva. ¿Cómo él va a ser amigo de un banco o de una cartera?
A Sinforoso le gusta pasear. Más ahora, en otoño, que el campo muestra colores nuevos y olores distintos tras el estío.
Eloísa aguarda. Eternamente ha sucedido lo mismo. Sabe que alguien llegará hasta ella aunque solo sea durante un instante. Cómo le gustaría que quien quiera que, hasta allí arribara, lo hiciera para quedarse.
Es octubre. Es tiempo de sacarle del armario, no sea que vaya a llover y eso que ya se sabe: que no lo llevas, te calas; que lo llevas, no cae ni una gota.
 ¿Quién es Sinforoso? ¿Quién es Eloísa? ¿Quién el paraguas?
Hace muchos años, parece mentira, el anciano Sinforoso sí tuvo una amiga. Muchos creyeron que era su mujer aunque, en realidad, nada más hubo entre ellos que un sincero afecto lleno de complicidades.Después del accidente trabajó mucho llevando ilusión aquí y acullá, haciendo de payaso, alegrando a todo el mundo pese a que él, en numerosas ocasiones, estuviese triste. Se vació la maleta de la chispa que provocaba risa y se quedó sin nada. ¿Sin nada? No, con un paraguas que fue sombrilla de la guapa equilibrista, su amiga a la que le obligaron a abandonar porque no era ni su marido ni formaba parte de su familia.
Eloísa tenía su casa junto al almendral. No recordaba cómo había llegado hasta allí. En su cabeza había una nada que quería recordarle a todo. Al principio esto la enloquecía, pero aprendió a ignorar y a mecerse en la placidez de la rutina alfombrada de hojarasca, ciclos de cosechas y transitar de visitantes que marchaban ignorándola, como sin verla. No lo sabe, pero a su puerta alguien llamará. Ella no atenderá porque está sumida en su laberinto perpetuo sin salida.
Es que un particular ha encontrado esa especie de cabaña un poco desvencijada y le parece escuchar algo que podría… Se dice que son alucinaciones de viejo chocho. Se ha secado el sudor que perla su frente y ha continuado caminando. ¿Y el paraguas con el que se acompañaba a modo de bastón? Lo deja olvidado. Pasará un rato hasta que se percate del despiste, tan sumido está en sus cavilaciones que ni cuenta se ha dado de que no lo llevaba.
La anciana olvidada sale para no sabe qué. Tropieza. ¿Qué será? Se agacha y lo ve. Comienza a recordar: un vuelo en el aire del alambre al trapecio, una… ¡sombrilla! Sí, su amiga, aquélla con la que hacía juegos malabares y tanto flirteó incitando. La abraza al percibir, cuánto tiempo hacía que no lo sentía, calor en el alma.
Sinforoso no ha podido avanzar sin regresar allá donde dejó su, entre comillas,  bastón abandonado. Está seguro de que lo hallará, pero la sorpresa sustituye a su seguridad. ¿Qué habrá sucedido? ¿Llamar otra vez a aquella puerta? Si antes nadie ha respondido, ¿para qué voy a repetirlo?
Duda entre insistir, continuar _total qué más da a esas alturas de su existencia_ o pasar.
Entretanto, Eloísa descorre el velo de la memoria. La nada se llena con recuerdos. Amigo, amigo, amigo.
El paraguas, recuperada su verdadera condición de sombrilla, abrazado, se sabe querido y quiere. ¡También para él tiene significado la palabra amistad.
Eloísa torna afuera. Mira al cielo vestido ya de luna y estrellas, mira en su derredor, observa con ojos nuevos sus viejos entornos. Ve una figura que se aleja, ¿la reconocerá? ¿Saldrá en pos de ella? Está tan a gusto con su querida sombrilla y su recién recobrada memoria que no se atreve a moverse, por si pierde pie aunque… un grito brota impetuoso de su seno: ¡¡amigooooo!!
Sinforoso se detiene, vuelve la vista sobrecogido. ¿Qué grito ha sido ése? ¿De qué garganta procede? ¿De su hueca cabeza? ¿De la noche? ¿De…? ¿Aún le quedará una oportunidad?

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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Asturias: destellos de accesibilidad, cariño y aventuras


El miércoles pasado os escribía diciendo que volvía y que quería contar. Pues bien, hoy retomo ese propósito para hablaros de mi último viaje compartido otra vez, con mis amigas Nuria y Elena.
El destino, Oviedo y algunos otros parajes más de este paraíso en la tierra que es Asturias.
Tras los oportunos preparativos para la búsqueda de alojamiento  y visitas guiadas, entre el 6 y el 9 de septiembre volvimos a llenar el equipaje de ilusión y empeño para afrontar el reto de un nuevo periplo a ciegas.
Contamos con el ofrecimiento de Joserra y Ana, su mujer, para ayudarnos a llegar más lejos y ver con sus ojos lo que habríamos de percibir nosotros con nuestros sentidos.
El caso es que, con ellos, la guía y nuestra complicidad, podemos decir, sin rubor, que lo aprovechamos  al máximo.
Tarde del jueves, visita guiada por las iglesias del prerrománico (San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco), calle Uría, parque de San Francisco, plaza de la Escandalera, universidad y catedral con su cámara santa para terminar en la calle Gascona, el Bulevar de la Sidra.
El viernes, con Joserra y Ana, Arriondas, Covadonga (con su basílica y la gruta donde mora la Santina), Cangas de Onís, Lastres, la Cuevona y Ribadesella.
El sábado, por nuestra cuenta, en autobús, Villaviciosa y la playa de Rodiles.
Y el domingo, misa en san Juan el Real con banda de gaitas y coro, y otro paseo por el centro remojado en La Paloma, el clásico de los vermuts ovetenses.
Tras el programa, las emociones:
Sorpresa cuando la guía nos dice que viene provista de una serie de herramientas para ayudarse en las explicaciones que nos ofrecerá. Resulta que son réplicas de los monumentos visitados adquiridas en la tienda de souvenirs. Esta sí que es buena, al fin, una profesional del turismo se preocupa por adaptarse a nuestras necesidades. Tanto lo ha hecho que incluso ha pedido asesoramiento a alguien conocido nuestro. Genial.
Alegría al descubrir que, en Ribadesella, en las casas de los indianos, hay placas rotuladas en braille que explican la construcción y orígenes.Estupendo, los puntitos nos reciben también allí.
Cosquilleo en mis manos y mi alma al tocar los agujeros de las balas que determinada guerra dejó en las columnas del patio de la universidad, palpar la piedra auténtica de más de 1200 años o el tejo centenario que los celtas adoraron en la lejana noche de los tiempos.
Gratitud a nuestros lazarillos de ese 7 de septiembre (recuerdo la canción de Mecano) por su compañía, sus explicaciones y su charla entrañable y enriquecedora, remojada con cierto compuesto (no sé si  con o sin novia) y determinado zumo de manzana inevitables.
Frustración ante lo difícil que se me hace la ciudad de la regenta a la hora de moverme por sus calles sin semáforos acústicos y con cruces anchos que se me atragantan cuando ya creía que los tenía dominados. Pregunta aquí y allá: “enfrente, ahí al lado, cerca…” Conceptos ambiguos que no me ayudan. Menos mal que Nuria está allí para orientarme con su “GPS de ciega” y su habilidad a la hora de orientarse.
Sobrecogimiento al encontrarme junto a la Santina, dentro de la gruta después de prender 4 velas por la felicidad de nuestras familias. Rezo ante la imagen para pedir paz y bien. Sobrecogimiento también cuando el domingo, la banda de gaitas y tambores interpreta el himno de la región, ese “Asturias, patria querida” que todos conocemos pero que allí, en vivo, suena majestuoso.
 Ilusión al tocar algunas de las estatuas que pueblan las calles y que nos permiten ver tipos característicos de la tierra, como son el viajero, con su paraguas y sus maletas; la lechera, con su cántaro y su borriquillo y su atuendo de campesina; Boody Allen, a tamaño real que impresiona por lo pequeño;  y, cómo no, Ana Ozores con sus perifollos de sombrero florero, collarón de perlas y guantes; además del dedo gordo de La maternidad de Botero, punto de encuentro y encuentros.
Placidez al escuchar el mar, con sus ritmos y palabras evocadoras de color y espuma, casa de sirenas y veleros.
Gozo de los sentidos al paladear viandas tan excelsas como ese guiso de patatas con tiñoso (cabracho), esa fideguá con mariscos, ese arroz con leche requemado o esa tulipa de helados de turrón y tarta de queso.
Incredulidad al circular con el coche por las entrañas de una cueva con sus estalactitas y todo. Nos bajamos para sentir el eco y el frescor de ese paraje próximo a Tito Bustillo (que estudiara allá por mi época de aspirante a arqueólogo). Resulta impresionante la sensación.
 ¿Y las anécdotas?
Buscamos un lugar distinto para cenar. Nos mandan a la calle Miguel Pedregal, está llenísima, abarrotá. ¿Qué hacer? Seguir caminando calle adelante. “Este bar parece que está más tranquilo.” “Pasen, pasen, ¿qué les apetece?” “¿Dan de cenar? ¿Qué lugar es éste?” ¡Una pizzería italiana, La góndola! Tócate los pindingos, ir a Asturias y acabar bebiendo Lambrusco. Que no se diga. Ahora, que es todo un acierto, tanto que hasta nos regalan, para llevarnos, la copa veneciana, una góndola enpequeño, que ha dado acogida a un lecho de macedonia cubierto de tres bolas de helado, ahí es nada.
¿A qué se va a Asturias? Toma, pues claro, a comprarse un sugerente bañador para Elena. ¿Dónde? Donde va a ser, en El Corte Inglés.
¿Cuál es el nombre del restaurante donde nos damos el banquetazo y metemos un gol por la escuadra a Joserra a la hora de pagar la comida? Sí, señor: El Mirador de San Roque. Mientras ellos miran, nosotros actuamos. Que ver no veremos, pero comer y estar ojo avizor… eso no falta.
Ir a una terraza para tomarte algo y encontrarte con otro ciego de allí. Tiene ojo la cosa. Ya se sabe lo que es el mundo.
Una señora que se ofrece para ayudarnos. Le decimos que lo mejor es que le tomemos del brazo. Lo va a hacer Elena, pero ella que dice: “no, no; que se coja el señor, que no le dé vergüenza”. Ala, carne fresca, jejeje.
En fin, destellos de accesibilidad por los detalles de Angeles, la guía o las esculturas y braille, pero complicaciones para movernos; cariño por la amabilidad de las gentes con que nos cruzamos y, sobre todo, de Joserra y Ana; y aventura al ir solos, los tres, a la playa (menos mal que dos simpáticas voluntarias de la Cruz Roja están al quite para que no se nos trague ningún tiburón o se pierdan los cieguecillos).  
  
    

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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Volver... Y contar


Hace ya tres semanas escribía mi último correo veraniego.Sí, parece mentira pero ya han pasado y aquí estoy ya de vuelta. De vuelta y con ganas de contar, contar aventuras, emociones ysorpresas. Tres semanas de encuentros, paseos, agasajos y experiencias, en fin.
Y es que para todo eso ha dado mi estancia en Fuentestrún, mi pueblo.
Las fiestas con su pregón y sus buenos deseos de alegría, aunque la música y el calor no me dejasen dormir. La tarde de libros y lectura que, por primera vez, se organizaba y que tuvo como protagonista a Huellas de Luz, un acto cargado de emotividad y evocaciones machadianas. Los paseos en pos de miradores y peñas con aires de leyendas y castros prerromanos. El turismo a Fitero y Tarazona, donde además de disfrutar viajando, ejercí de ciego reivindicativo al encontrarme, cómo no, con una estupenda vitrina cubriendo la maqueta de un monasterio. Y sentirme, por un instante, como aquel campanero de la copla al tañer la santa Bárbara y su hermana tras suspense por si el ciego se descalabraría o no subiendo a la torre.
 La espera de la familia y amigos para recibirme haciéndome sentir importante, con sus felicitaciones por Huellas de Luz. El apoyo de Alejandro como guía y conversador. La generosidad de Angel para implicarse en esa mesa redonda en la que la literatura sería el puente hacia los sentimientos. Mi hermano y cuñada Emilia volcándose para que las cosas saliesen y saliesen bien. Vicente queriendo que predicara con el ejemplo animándome, alentándome. Pablo, con su serena sabiduría enseñándome que el mal necesita hacer ruido para destacar frente al bien, que no hace ruido porque ni hasta eso quiere, haciendo cercanos a quienes partieron al país de los sueños. Y tantos y tantas más.
Con Alejandro, al atardecer, recorría caminos en pos de lugares nunca pisados por mí, mientras él me hacía de brújula marcándome puntos cardinales y pintándome paisajes agostados, anunciando un otoño anticipado.
  Con Ángel me emocioné al comparar versos de aquel poeta sevillano que descubrió el amor en la Soria de olmos y barbacanas con los relatos que son mi primer libro. Un éxito al que no pude resistir que Louis Braille y su código tuviesen presencia, leyendo uno de mis relatos en mi pueblo y entregando al Alcalde un volumen de Huellas. Sé que el maestro francés estuvo allí, en el lugar donde hace 40 años yo aprendía letras y cifras.
Y cómo no, todos esos brazos que fueron mi apoyo para sentirme bien, saberme persona mientras me conducían al bar para tomar una cerveza o a la sombra del parque arbolado que antes fueran eras de trilla.
Fue hermoso, sentir el calor del bronce de la campana, recibir sus vibraciones después de haber escuchado sus sones.
Fue curioso asomarme al mirador en San Felices desde donde se divisa el horizonte de sierras y vegas recordando mi infancia de niño ingenuo cuando mi padre me decía que cierto albañil había colocado un gran pedrusco y cómo yo le creía, figurándome que aquél sería un gigante.
Fue sobrecogedor enfrentarme al viento del norte, al cierzo, por los parajes mientras mi padre y yo avanzábamos firmes cuesta arriba, él con sus 83 años recién estrenados y yo con mi ceguera intrépida.
Y, en definitiva, fue inolvidable esos platos deliciosos, con sabor a auténtico, con tacto de madre maestra y oído de sartenes y perolas repletas de manjares con nombres de migas con uvas y chorizo, ciervo estofado o tarta de queso fresco y mermelada.
Este fue mi verano soriano, el verano en que hubo quienes, a mis 46 años, me descubrían por fin. Y digo yo, ¿no era hora ya, acaso?


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jueves, 16 de agosto de 2012

Vacaciones, ¡al fin!


Sí, vacaciones ¡Al fin! Después de un curso lleno de acontecimientos y éxitos, mañana me marcho de vacaciones hasta el 10 de septiembre. En este tiempo, digeriré tanto como he conseguido, en muy buena medida, gracias a ti. Pasearé junto con mis padres por tierras sorianas y saborearé el cariño de los míos, ingrediente fundamental de las ricas viandas cocinadas por mi madre.
Pensaré también, cómo no, en nuevos retos para el futuro. Seguramente no serán tan altos como los conseguidos en el pasado, pero constituirán nuevos caminos a recorrer tras las metas alcanzadas.
Y claro, espero disfrutar de buenas lecturas y anécdotas con las que luego hacer crónicas y relatos para compartir contigo.
Llegaré mañana y Fuentestrún empezará sus fiestas patronales, en honor a san Pedro, días de júbilo y encuentros, de perolo (sangría con melocotón), aperitivos y comidas de hermandad.
Se anuncia una tarde de libros y lectura, la primera vez que mi pueblo ve algo así, a la sombra de mis Huellas de Luz. Espero salga bien y sea una actividad  que sorprenda. Será otro de los regalos de nuestro libro de relatos.
Y así irán transcurriendo mis días: saludos y encuentros, naturaleza, familia, descanso.
Recordaré, claro, eventos grabados en mi memoria como la puesta de largo de Huellas de Luz, mi contribución a hacer visible la ceguera, los encuentros (quiero destacar el que gocé el pasado lunes cuando conocí personalmente a Amelche, amiga bloguera de años, qué ilusión y qué bien me sentí) y esos viajes de aprendizaje y enriquecimiento.
Como te decía anteayer, deseo que disfrutes de este período veraniego y que, a mi vuelta, sigas ahí, regalándome tus atenciones y afecto porque eres esencial para mí.
A la vuelta seguiremos contándonos y compartiendo.
Quiero finalmente, agradecer a las nuevas personas que estos meses han aparecido en mi vida, dejándome su huella,  por querer hacerlo y seguir ahí al lado. Han sido unas cuantas y esto me da mucha energía. Espero ser digno de ellas y hacer que sigan interesadas en mis batallitas.
Nunca me cansaré de decir y sentir que soy tremendamente privilegiado por tenerte y por poder contarte mis pequeños triunfos porque, haciéndolo, se transforman en grandes.
Me tomaré a tu salud un buen vaso de ese perolo que endulza el paladar y calienta el alma.
Siempre adelante y hasta mi nuevoescritejo.
Un apretado abrazote lleno de luz y fuerza.
  Va por ti.

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