domingo, 30 de septiembre de 2012

Joaquín el músico


Hola otro domingo más:
Hace unos días, alguien importante me dijo que en mis cuentos apenas aparecía la música como tema. Me hizo pensar y fue un acicate para el que hoy tenía que escribir. Vamos, que he sentido la necesidad de hacerle caso.
Espero os guste. Pretende ser mi pequeño homenaje a todos esos músicos ciegos y a la música que tan importante resulta como compañía en tantos momentos.
Buena semana ya de octubre.
Cuidaos.

Joaquín era consciente de que cuando dejara de ver ya tan solo le quedaría la música. Sí, igual que a aquel otro tocayo suyo que hizo de Aranjuez su patria y de la guitarra su guía.
Se dejaría acunar por melodías de panderetas, laúdes y gaitas que le mecieran y evitar, así,  que la amargura se apoderara de su oscuridad.
Recordaría cuando, de joven, rondaba a las zagaletas con canciones de amor y recia voz. Cuando éstas se escondían tras las rejas y visillos en su pueblo, lanzándole miradas de fuego sin brasas. ¿Cómo habría podido él imaginar que un día solo le quedarían recuerdos en su retina mientras ésta se opacaba inevitablemente?
 Él, adalid de la juerga y el requiebro. Él, campeón de la tradición y la juglaría que cantaba historias de jinetes heroicos enamorados. Él, eterno soñador mientras pastoreaba el ganado de sus mayores en apriscos y pastizales.
Los tiempos habían cambiado. El progreso imperó en su universo. Las mozas marcharon, las ovejas fueron estabuladas en nuevas granjas, su vista fue nublándose inmisericorde. Él tambiénpartió, fue obligado al exilio de sus paisajes familiares, de sus peñas y miradores. ¿Qué y a quién miraría ahora que su vista le abandonaba?
  Melodías con sones de volero, pasacalles y copla eran sus himnos entonces. Luego llegarían sonatas, requiens y sinfonías. Acordes, notas, sostenidos y bemoles: luz, su única luz.
Sí, claro. Se adaptó, salió adelante, que no se dijera que los hombres de su tierra novencían, si triunfaron en lejanos horizontes de allende los mares, cómo no iba a triunfar él, cómo no iba él a saber salir de su laberinto oscuro. Aprendería a conducir, no a ovejas como antes, sino a bastones blancos, sabría del valor del orden y cultivaría, no plantas o frutales, sino la memoria de voces, olores y pisadas.
Mudó silbidos de campo por lecciones de clarinete. Se hizo un hueco en los ambientes musicales de la ciudad. Alcanzó fama, interpretó conciertos solo o en compañía, fue admirado, incluso.Eso sí, las rondas de antaño nunca las olvidó.
Y haora ya es demasiado mayor para tornar a su pueblo, ya el fuelle de su garganta se ha quedado vacío, ya nada le resta si no esperar la muerte.
Es santa Tecla, patrona de su grey. Le han invitado a que se reúna con colegas para tocar, pero él no ha querido. Él querría tocar otras teclas con nombre de Elena, Nuria, Pepa, Aurora, Juana, Antonia, Felisa, Susana… aquéllas que él rondó y que no se fijaron en su figura.
Mejor será que dé su paseo de siempre hasta el banco de siempre en la plaza de siempre y aguarde a que pasen las horas como siempre.
Ha comenzado el otoño, las hojas secas parecen querer bailar zarandeadas por el viento del cierzo y el tintineo de laescarcha que otro año más aparece por allí.
¿Por allí? Si en esa ciudad, su ciudad,  ni el cierzo ni la escarcha son conocidos, si acaso la tramontana o el salitre. La Plaza del Pino es el lugar, su lugar.
Cierra los ojos, bueno ni siquiera eso necesita para evocar almendreras, manzanos, tomillos y cantuesos.
Otra tarde más lo único que sale a su encuentro son los sueños y el sueño, antes que él era siempre el último que se dormía y ahora no hace más que dormir.
¿Qué se oye? ¿Serán fantasías suyas? ¡Es una ronda! ¡Es la Ronda! Otra vez vandurrias, gaitas, matracas, cascabeles, tamboriles. Avanza por las calles angostas próximas. Sus pies reviven, su alma resucita, su corazón brinca.
Unas manos finas le toman del brazo esquelético, le invitan.
-¿Quién eres?
Apenas si ha podido balbucir la pregunta.
Un coro de nombres se superpone:
-Soy la Elena, la Nuria, la Pepa, la Aurora, la Juana, la Antonia, la Felisa, la Susana 
 -¡Sois todas! ¡Estáis aquí! ¿Habéis venido por mí?
Joaquín, como antes, como ya nunca lo pensó, vuelve a sentirse feliz.
¿Qué le importa ya que la muerte sea en realidad la que ha venido por él si ha aparecido con rostro de sus amadas y con llamada de sus tonadas de ronda?
Joaquín no ha muerto. Joaquín vive en la música de un disco que hoy suena en mi casa mientras esto escribo. Joaquín vive porque la música es vida y él fue un maestro en ese arte y su arte es luz para mí.





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viernes, 28 de septiembre de 2012

Se nos había olvidado la lluvia


Se nos había olvidado la lluvia y, de repente, nos ahogamos.
Tantos meses deseando que el cielo se limpiara de humos y gases, y hoy parece que vaya a caerse de tan limpio. ¿Querrá, gracias a ella,  enjuagar la tristeza de tanto derrotismo a base, no de sollozos, sino de lágrimas convulsas sin fin?
Llueve, llueve y llueve como en aquel Singapur de mi amigo Paco, sí, el  de su “Día que fuimos dioses”.
Y yo sin paraguas. Y yo zambullendo mis pies en esos charcos que son lagunas. Y yo recibiendo el baño que me lanzan autobuses y coches mientras espero a que el semáforo se ponga verde para mí, aunque para mí siempre sea invisible su color.
Claro, llevar con la mano derecha el bastón y con la izquierda el paraguas. ¿Con qué mano tomaré entonces el brazo de esa guapa chica que saldrá a mi encuentro para regalarme la promesa de una cita soñada? No, no, mejor me mojo y aguardo a que surja la invitación, por si acaso. ¿Que no surje? Ah, te… refrescas de calores y calenturas calenturientas. Bueno, que el gorro impermeable hace también lo suyo, no vayan a creer.
Pero, qué afortunado soy: no necesito salir de casa esta tarde de viernes, dispongo de un hogar en el que guarecerme, no viajaré por esas carreteras que hoy están cortadas a causa de tanta lluvia, no me salvaré, por los pelos que no tengo, de morir aplastado por ese puente que se hunde en cierta autopista.
Claro, se nos había olvidado la lluvia. Los sumideros de las calles no pueden bebérsela tapados como están tras siglos sin tragarla; se escucha el lamento de todo el mundo porque ya se sabe: nunca llueve a gusto de todos.
Se nos había olvidado cómo suena la lluvia, mientras rebota contra el voladizo que la maestría de mi padre supo dejar en el ventanal del salón de mi casa; del ritmo monocorde de su goteo constante; o del ruido al ser salpicada por el tráfico en las calles de este Madrid.
Y yo, mientras recupero su memoria, fantaseo con románticos encuentros acompañados de su música o excursiones en pos de suculentas setas que luego se cocinarán al calor del cariño de la madre. Claro que, un ciego cogiendo setas…  no sé yo. Y, si encima son de cardo… uuuummm.
Se nos había olvidado la lluvia.


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martes, 25 de septiembre de 2012

Cuando fui campanero


Justo hace hoy un mes en que participé de una de esas experiencias inolvidables, para mí, que me hacen sentir bien y que muestran mi carácter aventurero además de que demuestran que es posible ir más allá aun siendo discapacitado.
Podrá pareceros algo banal, pero para mí fue muy emocionante. Se trató de tocar las campanas en el pueblo de Trévago, vecino al mío. ¿Qué queréis que os diga, tanto haber escuchado su son como referente, no solo para los actos religiosos o festivos sino por sus reminiscencias legendarias, era algo que me ilusionaba particularmente.
Ese sábado agosteño, por la tarde, se había organizado un concierto de toques de campana con motivo de su restauración y para allí que me fui junto con mi madre para, de paso, dar un paseo.
Le había comentado a Alejandro, guía y cómplice de mi verano,  mi sueño de tocarlas, digo tocarlas en sentido táctil y el de tañerlas. En un principio, se mostró reticente pero luego dijo que si me empeñaba, él me ayudaría. Y es que había que subir por una escalera de caracol, luego por otra de mano y sortear un hueco en vacío hasta alcanzarlas. Yo le dije que tranquilo, que me gustaría intentarlo y que si, al final, me veía inseguro que lo dejaríamos.
Acabado el recital de toques (arrebato, ángelus, difuntos, fiesta) con las consiguientes explicaciones por parte de don Alfonso, el sacerdote del pueblo, llegó mi turno.
Cogido del brazo de Alejandro acometimos la primera escalera, no resultó tan difícil comparada con otras ascensiones como las de la Torre de Belén en Lisboa o la de Londres. Luego, la de mano: metálica y con peldaños muy estrechos. ¿Qué hacer? Muy fácil, poner el pie en paralelo. Y por último, lo más difícil, pasar de la escalera de mano a la plataforma de las campanas. Con paciencia y cuidado lo logramos. Ya las tenía al alcance de mis manos. Qué pasada.
Claro, quienes siempre las han visto, no le darán importancia, pero yo era la primera vez que las veía. Son dos, con nombre de santa Bárbara y santa María. Sentí su aleación, me imbuí de su alma y cogí el badajo para hacerlas sonar. Me pareció que no pesaban tanto como pudiera parecer ¿y el sonido? ¡Vaya ruido! Me impresionó vivamente su fragor.
Me habría quedado más tiempo junto a ellas en aquel atardecer, me sentía bien, orgulloso, feliz. Sabía que muchos estaban admirados (se va a caer, ¿qué hace allí? ¿Cómo se las ha arreglado para llegar?...).
Mi imaginación se tiñó de imágenes: Fermín de Pas en el campanario de la catedral de Oviedo, los héroes anónimos que tantas veces anunciaran la llegada de enemigos sin par para salvar a su pueblo, como el soldado de Cracovia o los genios de la Costa da Morte avisando contra las rocas en medio del temporal… Me sentí uno de ellos.
Pero sentí también la altura, el vacío del horizonte, la espectación de los de abajo.
  Había que descender, claro. Siempre es más difícil la bajada que la subida, pero bueno. Con no poco susto de algunos de los que por allí, andaban, dimos el paso y… jejejej, paso a paso descendimos de las cimas campaneras a la realidad de los suelos terrenales. Genial.
¿Y todo gracias a quién? Sí, a Alejandro. Gracias por haber confiado en que podía lograrlo, gracias por dejarme su brazo y sus ojos para marcarme un nuevo logro, una nueva batallita que contar a esos nietos que nunca tendré, pero que los sustituyo por vosotras y vosotros, haciéndoos partícipes de ello.
Os adjunto una bonita foto que deja constancia de la historia.
 Ah, y ya se sabe: tolón tolón tolón.

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domingo, 23 de septiembre de 2012

La búsqueda de Rubén


¿Será verdad que las mayores historias son las que tenemos más cerca? ¿Tenrá razón la protagonista de mi cuento de hoy?
Feliz domingo y que el otoño no os traiga tristezas de hojas caídas sino de colores nuevos.
Con cariño y mis mejores deseos, como siempre.

Ya está.El periodismo es mi profesión. Ahora solo me falta dar con la noticia que me lance a la fama. Dicen que es muy difícil, tanto como toparse con el duende bueno de los robledales, sobre todo cuando tanto se están quemando. Poco me importa a mí lo que afirmen los otros, yo buscaré y buscaré hasta dar con mi filón particular. Soy Rubén, soy joven y soy testarudo _otros dirían, tenaz_.
Ana se resigna a caer en el desánimo del olvido. Ella que tanto cree poder contar y se da cuenta de que nada cuenta. ¿Que es vieja? Sí, lo sabe. ¿Que fue ella quien eligió apartarse de todos y de todo? Claro, ¿qué otra cosa podía haber hecho? La antigua casona de sus antepasados era el único refugio seguro al que podía acudir cuando decidió   escapar del fragor de sucotidianeidad.
¿Y Paqui? Eterna enamorada de Rubén, hormiguita trabajadora y constante, cuya ceguera no le ha impedido acabar la licenciatura aunque fuera a trancas y barrancas, y con no pocas decepciones hijas de la desconfianza de muchos y las constantes barreras con nombre de PDFs ilegibles, ejercicios imposibles o páginas web inaccesibles.
La que, una vez fue joven también, huiría de la ciudad, con sus conspiraciones de elegante cocktelería, sus relaciones interesadas con escritores y cantantes, incluso con algún político y sus lujos de espía enigmática. Muchos indagarán después para cobrarle los favores o vengarse por lo que no supieron callar entre sábanas y volutas de humo. No la hallarán y el tiempo borrará deseos de desquite y odios derrotados.
Paqui nunca dio importancia a los misterios de su abuela. Había estudiado Ciencias de la Información para sacar a la luz los testimonios de seres ignorados pero merecedores de atenciones y protagonismo. Eso no significaba que no la quisiera pero cada vez se mostraba más huraña y sentía que sus mundos eran opuestos. Su padre, el hijo de la abuela, se había emparejado con su madrastra y casi nunca la visitaban ya.
Rubén telefoneó a su amiga:
-Paqui, necesito verte.
-Yo también lo necesitaría, así dejaría de ser ciega.
-Déjate de chorradas y atiéndeme. Me encuentro inmerso en una gran crisis y ahora soy yo el que requiere tu ayuda. No es que tengas que leerme ni nada por el estilo. Más bien, escuchar es lo que te pido porque a ti eso se te da muy bien.
-Venga, quedamos en un par de  horas en El Gorrión Cantarín. ¿Te parece bien el sitio?
-Sí, es un pub chulo. Me gustan su música y sus zumos. Y tiene unos sillones la mar de cómodos con esas mesitas de madera. Nos vemos allí. Y no me digas que como no sea yo el que te vea… que ya te lo tengo muy oído.
-De acuerdo, chico. No te pongas tontorrón que a mí, el que me gusta, es el Rubén optimista y luchador, simpático y bromista. Hasta luego, adiós adiós.
Qué prisas, esta mujer. Cinco años desde que acabamos, ella feliz con sus habitantes de corte de los milagros y yo, desgraciado con mi rutina de cronista parlamentario. ¿En qué quedó mi búsqueda del gran titular? Me cansa tanta banalidad de sus señorías, siempre encastilladas en pequeños reinos. Qué harto me tienen sus disputas de salón y vodevil. Menos mal que la Paqui sigue ahí, qué pena que mi corazón no lata por ella.
-Chico, qué bien te veo, igual que siempre, claro.
-Toma, como que nunca me has visto, así que igual que siempre, cómo no. ¿Te apetece un combinado de papaya, piña y sandía? Anda, sorpréndeme.
-Un café.
-Ooooooh. Tú siempre tan innovadora. Hágase un café para ti y un mojito para mí.
-Soy toda oídos, Rubén. Que tu voz sea de miel y no de hiel.
-Pues, amiga. Que no me encuentro bien, que cada vez llevo peor mi trabajo aun siendo consciente de que otros muchos y muchas para sí lo querrían. Que me juré encontrar la gran historia de los anales del periodismo  y que todavía sigo buscándola sin haberla encontrado. Que no sé ya dónde mirar.
-Igual es que no has mirado bien.
-Ya no sé qué más hacer. Soy consciente de que me quedan muchas rotativas que recorrer y explorar nuevos medios. 
-Las mayores historias se encuentran donde más cerca se vive.
-Qué fácil lo ves todo tú. Cómo se nota que no ves.
Paqui, duda. ¿Se lo dice? No lo ve claro. ¿Y si su abuela se mosquea? ¿Y si le echa en cara que solo va a visitarla por interés? Pero es que tiene tanto que agradecerle a ese chico… sigue queriéndole. Menos mal que las gafas oscuras protegen su mirada de los ojos de Rubén. De no ser así, seguro que él la vería como en esos momentos se siente en realidad: triste, nostálgica de lo felices que podrían ser si vivieran juntos.
  -Yo puedo guiarte a la persona que te podría proporcionar aquello que buscas.
-¡Qué me dices! ¿Es verdad eso? ¿Lo harías por mí? Qué callado te lo tenías.
-Te repito que las historias mayores son las que uno tiene más cerca. ¿Te apuntas a una excursión a las montañas sorianas?
-Cómo no, si allí se encuentra lo quepersigo sin fin.
-No te prometo nada, pero puede que sí.
Rubén conduce por una estrecha carretera llena de curvas entre chopos y pinares. Sabe que están cerca. Intuye que alguien le aguarda con sus secretos y sus ganas denarrarlos.
-Ay, cariño. ¿Por qué no vienes más a menudo? ¿Tú también quieres abandonarme? Tantos lo hicieron antes que debería estar acostumbrada, pero tú siempre fuiste mi niña de luz pese a tu ceguera. ¿Y este joven? ¿Es tu  novio?
-Abuela, que no. Es un compañero que necesita tu pasado. Mientras, mi futuro dependería de ´él siquisiese regalármelo.
-Ojalá pudiese, Paqui. Señora, buenos días. Encantado de conocerla. ¿Empezamos?
Conforme Ana desgrana los hilos de su memoria, Rubén se entusiasma con lo que va conociendo de una mujer heroica aunque, eso sí, con sus sombras: Una guerra que ayudó a ganar cuando debería haber hecho lo contrario, un negocio que contribuyó a arruinar porque así se lo impusieron, un noviazgo que se fraguó para derrotar al amor inconveniente, ciego siempre, éste sentimiento sí que sí, no como su nieta y tantas otras miserias con piel de deber cumplido.
-Guau. No una gran historia es lo que me ha proporcionado, son muchas y sensacionales por demás. Muchas gracias.
-¿Escribirás un libro con todo ello? ¿Harás por mí lo que tantos debieron afrontar y no se atrevieron?
-¿No tendrá miedo de que le suceda algo por lo que pueda desvelarse en él?
-Qué más da. Es hora de que el pasado levante el telón de la verdad y saque a escena a quienes, con su silencio y cobardía, se disfrazaron de caballeros andantes.
Sí, Rubén, pocos meses después, después de incontables horas de redacción, cumplirá su promesa, rescatará a la abuela Ana y algo más hará: encontrará lo que, sin él querer saberlo, siempre buscó. ¿Qué si no? Qué ha de ser, la verdadera gran historia, la del amor de y con Paqui. Porque sí, cumplido su sueño, descubrió a su corazón gritando un nombre, el de su amiga, por supuesto.
Y no importará que la vieja Ana muera sin ruido una madrugada otoñal mientras las hojas caen. No importará porque su historia y su niña de luz salieron adelante de la mano de un muchacho testarudo y ambicioso que no renunció a los sueños de ir tras la quimera de lo imposible.

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viernes, 21 de septiembre de 2012

"Memorias del alzheimer" de Pedro Simón: un libro que pellizca el alma

Si ayer hablaba de un libro protagonizado por los libros y una joven que encontraba en ellos luz, hoy quiero hablaros de otro con la mente puesta en una familia muy querida para mí y afectada por este mal.
Con cariño para ellos y para todos quienes tienen la desgracia de relacionarse con este mal del siglo XXI.

El periodista Pedro Simón publica 'Memorias del Alzheimer'
Rafael J. Álvarez | Madrid
Pedro Simón (Madrid, 1971) es el telediario de los desheredados, la noticia que ellos nunca son. Ha hecho mil cosas en la vida, pero hay una que resume su certidumbre: los que sufren. Por eso en EL MUNDO ha desarrollado un periodismo de denuncia y de calor en el que zumba a los de arriba colocándose con los de abajo. Si será así la cosa que es del Aleti. Periodista sin twitter, es un lector hambriento, un bebedor en compañía de otros y un humorista sin sueldo. "Manolo -le dijo muy serio un día a un becario que hoy triunfa en Andalucía-, ¿tú te tocas?".
Su tercer libro es un viaje permitido al Alzheimer ajeno, un impresionante manojo de historias que sólo olvidarán sus protagonistas. Maragall, Chillida, Suárez, Mercero... Todos cuentan sin contar sus recientes vidas inéditas en un libro con litros de jugo y ni un gramo de morbo sobre una enfermedad que no hace distinciones, 800.000 españoles que son sin saberlo. 'Memorias del Alzheimer' (La Esfera de los Libros) es un recuerdo de nuestro futuro. O, si hay suerte, no. En cualquier caso, se lee a calzón quitado, entre el susto y el humor que son la propia vida. Como la que a él parece haberle cambiado esta aventura de tinta imborrable.
Pregunta.- ¿Qué sabe el Alzheimer de usted?
Respuesta.- Espero que absolutamente nada, espero que pase de largo cuando salga a desfilar... Sentir el aliento de la enfermedad debe de ser devastador. Saber que vas a empezar a olvidar lo que recuerdas y que vas a recordar lo que olvidas. Ese día en que te dicen: "Usted tiene Alzheimer".
P.- ¿Por qué eligió una enfermedad tan desventurada y desconcertante para escribir un libro?
R.- Porque hay 800.000 personas con el mal diagnosticado. Porque cada mes más que se logra aumentar la esperanza de vida, suben los casos exponencialmente. Porque hay gente a la que le cuesta salir del 'almario'. Y porque quizás, sólo quizás, a los cuidadores les ayude saber que un tal Mercero, un tal Suárez, un tal Maragall o un tal Chillida también andan flotando en el líquido amniótico de la desmemoria y no por ello son menos dignos.
P.- ¿Con qué historia de las que narra usted ya no volverá a ser el mismo?
R.- Todas te muerden por dentro. Me quedo con Solé Tura llamando a su hijo 'chaval' porque no recordaba su nombre. Con Chillida confundiendo a su enfermera con Dulcinea y recitándole de memoria poemas de San Juan de la Cruz. Con Maragall metiendo una bolsa de hielos en el lavavajillas en vez de en el congelador... Con tantos y tantos silencios.
P.- ¿Cuál fue la peor noche de tantos días?
R.- Con la historia de una mujer no famosa que culmina el libro: el relato de un matrimonio de agricultores de clase media en un pueblo de Guadalajara. Octogenarios casi. Gonzalo se desnudaba para meterse con su mujer en la bañera y así poder bañarla. Lo hacía con una sonrisa. Enamorado. A diario. Conmovedor.
P.- ¿Cómo es el último Maragall a un metro de distancia?
R.- Su mujer, Diana, fue muy generosa conmigo y me permitió charlar con Maragall durante un rato. Maragall es un hombre afortunado. Mantiene relativamente los niveles cognitivos y tiene una vida muy plena. Sale con amigos, disfruta de la familia... Es cierto que ya ni lee ni escribe, pero es un enfermo ejemplar. Se apuntó incluso a un ensayo clínico que no salió bien. La labor de su fundación está siendo mayúscula.
P.- ¿Qué le habría dicho a Suárez?
R.- Nada. Probablemente le habría acariciado la mano. Eso le aprovecha mucho más al enfermo.
P.- ¿A usted también le quiere Mercero aunque ya no sepa quién es?
R.- La anécdota es real. Me la contó el gran José Luis Garci, que era uno de los amigos que estuvieron yendo a verle durante un tiempo. Iban con él, se lo bajaban al bar y hablaban de cine, fútbol, gastronomía, literatura... Para entretenerlo un rato. Un día, el bueno de Mercero se les quedó mirando y les dijo: "No sé quiénes sois, pero sé que os quiero".
P.- ¿En qué se parecen y en qué se diferencian los elegidos de su libro?
R.- Se parecen en que el Alzheimer es una escalera de caracol que siempre va para abajo, en el proceso de deconstrucción del sujeto, en que todos acaban como niños inermes.
P.- ¿Cómo se cuida a un cuidador?
R.- Ésa es la clave. Y por eso nació este libro. Espero que sea útil en este sentido. El 75% de los cuidadores acaba con problemas de estrés, ansiedad, depresión... Por eso es fundamental que el cuidador tenga momentos de respiro, ratos de ocio. Porque si no es así, lo más probable es que no tengamos un enfermo, sino dos. Hay que ser prácticos: para ser un buen cuidador, tienes que estar muy bien física y mentalmente. Un mal cuidador es el que nunca se separa del enfermo.
P.- ¿Qué familia le impresionó?
R.- Todas. Todas responden a la frase de Chillida: "Un hombre tiene que mantener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo".
P.- En el libro hay mucho humor, todo un ejercicio de valentía por su parte. Atrévase aquí y echemos unas risas...
R.- Transcribo la frase con la que arranca el libro. No es mía, ojo: "En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. En algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con el pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven". No sé si la frase es para reír o para llorar.
P.- Es una risa llena de tristeza. Como periodista, ¿hasta dónde le incordió su conciencia por el derecho de los enfermos a la intimidad?
R.- El libro es de guante blanco. Sólo se cuenta lo que los familiares han querido que se cuente. Curiosamente, a todos les está gustando. Porque, sin que ellos me lo pidieran, he omitido detalles duros que no aportaban nada.
P.- El prólogo de Ángel Antonio Herrera es una terapia de poesía en medio del Alzheimer. ¿Qué tiene de belleza este mal tan masivo?
R.- Bueno, yo no sólo citaría el prólogo. El epílogo también es maravilloso... No creo que el Alzheimer tenga nada de bello. Como no creo que lo tengan ni el dolor ni la desesperanza. Sólo que sí es cierto que el olvido, la mente, el embudo de la razón, como materia prima literaria, son un auténtico regalo.
P.- ¿Es mejor la muerte que el Alzheimer?
R.- Casi nadie se muere del Alzheimer, sino con Alzheimer. Ahora bien, yo digo lo que el enorme Miguel Gila: "En cualquier caso, si se puede, lo mejor es no morirse".
P.- ¿Cómo verá el futuro quien lea su libro?
R.- Espero que con alivio. El tamaño de la letra es grande. La sabiduría de la gente que habla también. Si este libro no es útil no tendrá ningún sentido.
P.- Y usted, ¿de qué se ha olvidado?
R.- De lo mismo que casi todos: que vivir y morir son las únicas certezas.

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jueves, 20 de septiembre de 2012

La bibliotecaria de Auswitz o de cómo los libros son luz


Cuando en agosto pasado buscaba sugerencias de nuevos libros para la revista Punto y Coma, que elaboro mensualmente y que trata de acercar la lectura a las personas ciegas, descubrí en las secciones de Próximamente de varias librerías la novela “La bibliotecaria de Auswitz” de Antonio G. Iturbe y editada por Planeta.
Inmediatamente me llamó la atención. Cómo no, siendo bibliotecario yo y habiendo llegado pocos días antes de visitar ese campo de muerte y horror, aún con el alma estremecida.
¿Podía ser posible que hubiese existido una bibliotecaria en aquel infierno? ¿Dónde iba a encontrarse la biblioteca? ¿En qué barracón?
Este lunes se ha puesto a la venta y los periódicos han recogido su tema y origen.
Un veterano periodista que lee un texto de Alberto Manguel sobre bibliotecas curiosas, una historia que le atrae, una investigación que le conduce hasta Jerusalén.
Y allí, en la capital hebrea, una mujer octogenaria: Dita Kraus, la protagonista.
En 1943 había sido deportada del gheto checo al campo de exterminio. Allí sobrevivirá gracias a la lectura de 8libros. ¿Libros de cuentos? ¿Novelas juveniles? No, no, obras como “Las aventuras del valiente soldado Svej”, un tratado de Geometría u otro de Psicoanálisis.
A sus 14 años sabrá burlar la oscuridad del horror nazi y encontrará luz en esos libros tan poco apropiados para su edad pero que se convertirán en su tesoro más preciado.
Si muchas veces me habéis escuchado hablar sobre la importancia de la lectura, esta novela con fondo real ratifica mi opinión. Como su autor dice: “A falta de pan, la literatura es el hueso de jamón que echamos al caldo de la vida para que sea más sabrosa”.
Y dice también Antonio Iturbe lo mucho que le impresionó conocerla, con su sentido del humor y su lucidez aún hoy día. Qué maravilla.
Ya estoy deseando leerla. Seguro que me va a emocionar. Recordaré la visita que hice a Auswitz y los restos que quedan de aquello: la doble alhambrada, el poste y celdas de castigo, las instalaciones, el vagón de ganado, el vacío del holocausto.
Si la leéis antes de que yo pueda hacerlo, una vez me la adapten en audio, me contáis ¿vale?


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