domingo, 15 de abril de 2012

La gran broma del destino


Supongo que influido por el aniversario del hundimiento del titánic sale este cuento de hoy. Un iceberg acababa, hace 100 años, con el barco mejor del mundo demostrando la naturaleza su poder sobre la soberbia humana.

Bueno, que estéis bien y, otra vez más, ¡feliz semana!

Con cariño, como siempre.

Ahora recuerdo cómo aquéllos aparentaron tanta holganza y riquezas. ¿En qué quedaron? De nada les valieron sus grandilocuentes verdades, sus afanes de vana apariencia. Eran grandes, orgullosos, soberbios. Y hoy lo que veo son ruinas, nabos que hunden sus raíces en lo que resultaban ser sus supuestas invencibles murallas de castillos y palacios.

Todo, a mi alrededor, está exánime, aniquilado, muerto. Las pocas hierbas que crecen en este lugar lo hacen de manera lánguida, tenue, balbuciente.

Yo no era ninguno de ellos, me despreciaron y marginaron. Y, sin embargo, aquí estoy. Nadie de ellos quedó, yo sí. Se reían de mí por no querer ser como ellos, por ser diferente, por no ser de los suyos. Pero he sobrevivido y ellos murieron todos.

Cuánto daño me hicieron, cómo me dolían sus olvidos, sus no querer que fuese junto a ellos, ¿y ahora? Ahora, ellos son pasto de la nada, del olvido y yo estoy aquí.

Aquella mañana radiante de abril marcharon todos en pos de la gloria, de la inmortalidad, de las conquistas y hazañas. A mí me dejaron atrás, se fueron con sigilo para que yo no les siguiese. Cuando desperté nadie quedaba. ¡Estaba solo! ¿Qué haría yo entonces? ¿Lamerme mis heridas? ¿Llorar por ser marginado? ¡No, maldita sea! Sobreviviría, yo vencería a mi manera, demostraría que también yo era capaz de triunfar, de ser bueno.

Me fui, claro. Otra cosa no podía hacer. No importaba donde fuera pero el caso es que debía hacerlo, tenía que partir.

Unos gitanos chamarileros pasaban con sus míseros carros y mulas. Me uní a ellos. No les importó que lo hiciera, me admitieron como a uno más. Total, ellos también eran gentes errantes.

Por las noches, cuando parábamos a descansar en cualquier paraje tranquilo, yo hacía lo único que sabía, por lo que era conocido. Cantaba antiguas epopeyas y romances. Y supe que les gustaba oírme.

Y, al fin, llegamos al lugar donde nuestros destinos se separaban.

Me veo entrar en una casa nueva, pintada de colores, un patio arbolado con su fuente en el centro, una galería porticada y salas pobladas con cuadros y maquetas de barcos. Es el Museo Naval. ¿Qué voy a hacer allí?

Hablo solo, triste, nostálgico. Declamo las hazañas del capitán Joao de la Mina y sus travesías por lejanos mares. Alguien me escucha.

-¿Quién es usted que tan bien sabe esa historia?

-Soy un caminante perdido, varado sin remedio. Soy Nadie.

-Pues, para ser Nadie; es mucho. Ha pellizcado mi alma y sé que a mi padre le puede provocar esa misma emoción. ¿Me acompañaría hasta su lecho? Son pocos los días que le restan y oyéndole a usted, gozaría de nuevo. Sabrá más historias de marinos y navegantes, ¿verdad?

-Ah, historias sé muchas. Naufragios, barcos desaparecidos, piratas malditos, acantilados asesinos, sirenas que encantan y pescadores locos que vieron en la mar tesoros imaginarios.

Para allá que me voy. Qué más me da si no tengo adonde ir. Y además quien me ha llamado es una mujer, que sí, que ya no es joven, pero aún parece guapa, al menos, así la imagino.

Me conduce hasta una casa llena de aparejos navieros, una rueda de timón carcomida, velas rotas, cabos deshilachados.

-Padre, este hombre sabrá alegrar tu descanso. Sé que te va a ayudar.

-¿Ayudar a mí, hija? ¿A este viejo? Pero si está ciego. ¿Qué me va a contar a mí? ¿Qué puede hacer por mí?

Alza su mano callosa hacia la mía, seguramente con intención de alejarse de mí. Comienzo mi narración. El hombre calla, la mujer calla, todos escuchan. Me crezco, sabedor de que atienden mi cuento. Acabo al fin.

Solo una palabra sale de los labios exangües de aquel viejo:

-Gracias.

Desde ese primer encuentro, vendrán otros y otros. Siempre al atardecer querrá que le narre proezas del mar. Un mes después morirá pero no, sin que antes, oh sorpresa, haga un encargo a su hija: que vayamos a la sede de un gran banco y que pregunte por el señor director y que le pida abrir la caja de seguridad que hay guardada en él y que comparta lo que en ella se encuentra depositado conmigo. ¿Lo hará? Sí, es más, me pedirá que siga a su lado, que me case con ella.

Y sí, hoy, cuarenta años después de que me dejasen abandonado, seguramente esperando que fuese aniquilado, vuelvo a donde nací, a aquel pueblo. ¿Y saben qué? Que estoy orgulloso por ser el único vencedor. Porque sí, triunfé al ganar el amor de una mujer especial y al dedicarme al teatro, a alegrar a los espectadores.

Supe que a los pocos meses de que se fueran en busca de la gloria, abandonándome a mí, una tempestad mortífera acabó con todos ellos engulléndolos sin piedad. Nadie sobrevivió, yo sí. ¿Y por qué? Porque quisieron que yo muriese. Qué gran burla del destino, qué gran paradoja.

¡A vosotros! ¡Sí, a vosotros que os fuisteis sin querer que fuera con vosotros! ¿A vosotros os digo! Yo soy el único que venció! Jajajajjajajajajajjaja.

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sábado, 14 de abril de 2012

Guipúzcoa, ¿eh? Bai

(foto de Alberto Gil)
Mientras que hace hoy una semana muchos disfrutábais de un sábado de gloria con la sana resaca espiritual de las procesiones o la compañía de familiares y entornos conocidos, yo lo hacía descubriendo nuevos territorios, zascandileando, alimentándome con otra de mis grandes pasiones, ya lo sabéis: la de viajar.

Y es que junto a otros casi 60 ciegos y ciegas (con 8 perros guía) y guiados de unos monitores que nos hicieron fácil el estar, con su cariño y profesionalidad, conocí la Guipúzcoa oriental, con su San Sebastián, Idiazábal, Oyarzun, Fuenterrabía y San Juan de Luz.Todo un cúmulo de experiencias y sensaciones variadas y enriquecedoras:

Pisar la Historia en la capital donostiarra o al cruzar Hendaya, evocando batallas en La Brecha, la Belle Èpoque o el encuentro ferroviario entre Hitlery Franco.

Pasear por las playas escuchando un mar embravecido que te hace imaginar hazañas marineras y aventuras plagadas de peligros y héroes.

Conocer oficios con sabor a trabajo duro, esfuerzo sin medida y constancia: la pesca atunera de bajura, la minería tradicional y la fabricación de quesos.

Y experimentar la sensación increíble del poder de la naturaleza en El peine de los vientos en medio de la lluvia con sus sonidos intensos.

Ah, y eso sí, delitando el paladar con una gastronomía increíble a base de su exquisito pescado, sus legumbres, sus postres y sus caldos: alubias de Tolosa, marmitaco, merluza rellena de marisco o pantxineta, sidra y chacolí.

Fueron cuatro días intensos en los que, en un ambiente de compañerismo, de amistad sincera y humor, me enriquecí otra vez más con aprendizajes cultural, tradicional y emocional.

El capítulo de las anécdotas que fijan el viaje se llenó con ese paseo nocturno en busca del mar que da como resultado el que al preguntarles a unas chicas les dijera: “es que buscamos ver el reflejo de la luna sobre las olas” y las risas que ello provocó (un ciego que dice que quiere ver eso, vaya chalao), el que te emociones tocando maquetas de barcos o la de la iglesia de San Vicente y el cristo que en ella se exibe (imbuyéndote por un instante de recogimiento espiritual y agradecimiento a ese Jesús que con su pasión te ha redimido), el que sonrías imaginando las peripecias del ratón Izal en su museo del queso o que te atrevas a moverte por un barco al que, luego, para bajar de él, tengas que hacer toda una maniobra por aquello del movimiento marino con la bajamar.

¿Qué deciros? Uno se emociona otra vez más, estando allí, recorriendo parajes y paisajes, tocando lo que uno puede para hacerlo suyo, verlo, aprendiendo, estando, haciendo más que viendo.

Que sí, que ir tanta gente tiene sus handicaps, que prefiero viajar más tranquilo, escuchar mejor, hacerlo incluso por mí mismo sin tanta planificación pero bueno, ahí estuvimos.

Te quedan ganas de volver, de hacerlo con mayor tranquilidad e intimidad. Haber podido pisar la arena de ese mar tempestuoso, recorrer las calles de Fuenterrabía en silencio, sintiendo mejor, enterándote mejor, deteniéndote en rincones que te hagan percibir mejor.

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jueves, 12 de abril de 2012

Otra vez la ceguera se hace visible

Si ya el pasado 3 de marzo, os hablaba de la pasión que, para mí, supone el hacer visible la ceguera, ayer tuve ocasión de disfrutar otra vez más de este sano esfuerzo de dar a conocer la realidad de las personas ciegas, algo que sigue siendo muy necesario aún hoy día.
Esta vez, además, se trataba de un evento especial: participar en el marco del proyecto que anualmente desarrolla la Oficina de Voluntarios de BBVA, según el cual, realizan etapas del Camino de Santiago con reclusos de Alcalá Meco, una acción de gran importancia por lo que, de superación y esfuerzo, supone atreverse a afrontar la Ruta Jacobea, metáfora de la vida.
La idea surgió en noviembre pasado cuando asistí a la jornada de reforestación en la Casa de Campo con ellos y la posibilidad de hacerlo era todo un reto, algo muy emotivo que, de la mano de Joaquín, su responsable, pudimos ver cumplido ayer.
Como siempre, junto con Elena Rodrigo, nos dispusimos a preparar la actividad, con gran ilusión y cierta preocupación por nuestro deseo de que los mensajes que pudiéramos transmitir llegasen a un colectivo tan especial como es el de los presos.
Tuvimos claro, desde el principio, Elena y yo, que nuestra disertación debería ser un testimonio de confianza en el futuro, de cercanía, de que todo requiere un esfuerzo (nada es gratis) y de ejemplo de vida: “merece la pena, hay futuro; si yo puedo, tú también, si alguien hace cosas, yo también puedo hacerlas”.
Redactamos un texto para ser leído en braille en el que repasábamos la vida de Louis Braille, su inventor, y hablábamos de nuestras peripecias del día a día, de nuestros miedos y sueños, de nuestra necesidad de ir siempre adelante, de ser personas antes que ciegos. Sin embargo, luego pensamos que sería mejor expresarnos de viva voz, mirándoles a los ojos, intuyendo que a través de ello, daríamos luz a su cotidianeidad y creo que así la charla resultó más dinámica, fresca y distendida, al par que cumplimos el objetivo.
Incidimos en conceptos como la importancia de la formación para poder llevar una vida integrada, de que los eufemismos deben desterrarse para llamar a las cosas por su nombre, y de que el sentido del humor es esencial, de que hay que mirar siempre hacia adelante, de estar (aun no viendo).
Elena contó cómo, pudiendo elegir entre la comodidad de la protección familiar o el empeño por lograr una vida autónoma, optó por la segunda alternativa pese al esfuerzo que ello supone, cómo se empeñó en obtener una titulación universitaria ya trabajando, y cómo superó una oposición de ascenso afrontando las dificultades y reticencias del propio departamento de Recursos Humanos del Banco.
Yo recalqué la importancia de la lectura para que una persona ciega pueda ver, ser libre, de cómo vivo solo en una gran ciudad y lo que me costó habituarme a ella viniendo de Teruel y, de a través de anécdotas y sucedidos más o menos graciosos, mostrar las capacidades de un discapacitado visual.
Finalmente, las preguntas de algunos de los asistentes, dieron colofón y necesario complemento a lo dicho. Preguntas que mostraron curiosidad por cómo preparamos la comida, cómo vemos los colores, cómo nos imaginamos las cosas, qué puede hacer BBVA por facilitar la vida a una persona ciega en su relación con ella o lo que nos produce emoción. ¿Respondimos adecuadamente? ¿Satisficimos sus dudas? Esperamos que sí.
El mayor premio a todo ello, fue escuchar que uno de los internos dijera que le habíamos hecho querer que cuando saliera de la cárcel no volviera a recaer en el mundo de la droga, que lo iba a intentar, o que otro afirmase que se había visto reflejado en nuestra charla, que se había sentido bien al escucharnos.
Pero también fue un premio para nosotros, sabernos tratados con tanto cariño y naturalidad, que compartiéramos cena con personas que, en su trabajo, desempeñan altas responsabilidades bancarias, y que sin embargo allí estaban junto a nosotros, de tú a tú.
¿Cómo no compartir todo esto contigo?
Estoy seguro, además, de que este texto va a llegar a quienes participaron, en torno a 50 personas entre reclusos, funcionarios de prisiones y trabajadores / voluntarios de BBVA, y que leyéndolo aprenderán a ver a una persona ciega de otra manera, de una manera más próxima y real sabiendo, eso sí, que como individuos que somos, no debe caerse en la generalización de pensar que todos los ciegos son como nosotros.
Una vez más, gracias a Voluntarios de BBVA por confiar en nosotros, por dejarnos estar.
Y ya se sabe... ¡Adelante, siempre adelante!

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martes, 10 de abril de 2012

Tiflohomero: entrada número 1000

Pues sí, así es. Con ésta, Tiflohomero alcanza su entrada número 1000. Creo que es momento de hacer balance y reflejar las grandes satisfacciones, ya lo he dicho más veces, que he obtenido con él y gracias a él.

Tiflohomero nace el 28 de septiembre de 2007 fruto de mi deseo por utilizar y aprovechar las ventajas que las tecnologías ofrecen especialmente a las personas ciegas, además de superar, en su día, por mi parte, un nuevo reto: el de su creación sin ver y sin conocimientos informáticos.

Sus objetivos, al proyectarlo, fueron el mostrar, y demostrar, las capacidades de una persona discapacitada, servir de escaparate a mis inquietudes culturales, especialmente la escritura pero también los viajes,, la lectura, las curiosidades, etc. Y reflexionar en torno a cuestiones y valores por los que apuesto, valores que hablan de generosidad, esfuerzo, tenacidad, anhelo de ayudar, animar con una sonrisa...

Tuve claro, desde el principio, que debería ser un blog atractivo visualmente y, con la ayuda, de algunas buenas amistades, creo que he ido lográndolo. Habría imágenes, música y novedades.

Pues bien, hasta aquí han llegado personas que han terminado siendo amigas y que, de otra forma, no habría conocido, consultas sobre ceguera y muestras de admiración enormemente alentadoras.

Si las estadísticas no fallan, desde sunacimiento, ha sido visitado en 82.238 ocasiones y 2.866 personas han dejado su huella en este camino.

¿Me permitís que pegue la primera entrada que escribí? Esta fue:

“Un cariñoso saludo para todos y especialmente para todas.

Por fin veo cumplido un sueño con la creación de este blog.

Es la primera vez que hago una cosa de éstas, así que espero sepáis disculpar los errores que pueda haber y con el tiempo iré mejorando la presentación

y demás.

Bueno, os cuento:

Me llamo Jesús Alberto Gil. Nací en un pueblecito de la provincia de Soria (España). Por cierto, quienes deseéis saber más de él, podréis encontrar información

completa y atractiva en

http://www.fuentestrun.com/

Tengo 41 años y actualmente resido en Madrid con la satisfacción y el orgullo de hacerlo de forma autónoma, pues no os he dicho que padezco ceguera.

Estudié con el apohyo de mi familia Geografía e Historia y actualmente trabajo como técnico de biblioteca en la Organización Nacional de Ciegos de España.

Mis aficiones son las relacionadas con la cultura en general. La lectura, que tanto me ayuda a conocer un mundo que de otra forma no podría ni siquiera

imaginar; los viajes, que nos abren la mente y nos hacen ver que no somos el ombligo del mundo; el hacer amigos, a través de tertulias, como forma de no

sentirme solo en esta sociedad tan individualista; y, en fin, todo aquello relacionado con el saber, la Ciencia, la Historia, el Arte, el Cine....

Con este blog, en el que tanta ilusión tengo puesta, me gustaría dar a conocer a quien queráis leerme artículos sobre mis temas favoritos, anécdotas y

personajes que me han impactado, reflexiones partiendo de citas o refranes y dar a conocer, compartiéndolo con todos vosotros, lo que para mí significa

la ceguera y cómo voy desenvolviéndome en la vida cotidiana. Ah, y os dejaré algo que me gusta mucho: la creación literaria a través de cuentos.

Ojalá me ayudéis a sentirme más integrado y apoyado en mi lucha diaria por superarme y aportar cosas. Si así es, muchas gracias.

Espero vuestros comentarios, preguntas, sugerencias y, cualquier otra cuestión.”

Creo que Tiflohomero y vuestras atenciones, sobre todo hoy, bien merecen el mayor de los brindis. Por él y por vosotros/as… ¡LARGA VIDA!

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lunes, 9 de abril de 2012

La familia Tiempo

Con el deseo de que hayáis disfrutado de unos días de Semana Santa en los que algo nuevo se haya cruzado en vuestras vidas, preludio de emociones para el recuerdo, certezas de un presente de luz y augurio de un futuro ilusionante, vaya aquí mi cuento semanal.

Que estéis bien.

Como siempre, con cariño y de corazón.

Esta fue, es, será, la historia de la familia Tiempo. Una familia integrada por el matrimonio don Reloj y doña Clepsidra, y sus vástagos: Mañanita, Futurito y Porvenir.

A los cinco les encanta eso de correr. Siempre van deprisa, muy deprisa. Aunque, a veces, algunos crean que aminoran su marcha y se detienen. No, no; nada de eso. Ellos nunca se paran. ¿O sí?

Cuando esta narradora, otra de tantas veces en que lo ha hecho, se encuentra con ellos, galopan a toda máquina. Tanto, que casi no puede alcanzarles por muy avispada que se muestre en su intento de charla.

-¿Dónde van tan apresurados?

No le responden, siguen su loco caminar hacia un horizonte sin fin, lejos lejos lejos.

Recuerdo entonces, pensativa, perpleja, mientras contemplo cómo se alejan, la primera ocasión en que tuve noticia de esta inefable estirpe.

Me encontraba en una discreta tienda de antigüedades de una estrecha calleja de la zona vieja de Atenas. Había ido en busca de Clío, la musa de la Historia. ¿Que por qué? Pues ni más ni menos, porque soñaba con el reconocimiento a mi labor de descubridora de glorias pasadas, quería tener su bendición con el patronazgo del gran Tucídides.

Fui allí porque alguien, qué importa quién, me aseguró que ése era mi lugar, mi puerto al que arribar.

El dueño, un hombrecillo, oscuro, seco, apergaminado, quiso entretenerme, distraerme con zalamerías y cuentos de cifras, fechas, datos. Mientras yo me resistía a su cháchara, buscaba y buscaba, miraba en mi derredor y entonces, entonces les vi.

Estaban juntos. ¿Qué pintaban allí? Sí, claro. Historia y tiempo, años, siglos, eras del pasado.

Y luego me los encuentro de cuerpo presente, cuando acudo a cierta antigua catedral polaca. Allí están, al lado de una escultura de un tal Copérnico. ¿Qué hago allí? Tratar de encontrar al mago de las estrellas, a aquél que me enseñe a detectar las que simbolizan sueños por cumplir para abrazarlas y hacerlas mías.

Ah, y cuando la echadora de cartas, a la que visitaré, después de ese viaje copernicano, me muestre el naipe en el que aparecerán. Son mi destino, me dice. Estoy condenada a vagar a su lado, inmortal, intemporal.

Vuelo tras ellos, en su persecución. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Extiendo mis alas de mariposa y vuelo, vuelo. Ya les diviso, allí están cerca del estanque, al lado del parque en el que suena la música de tic tac, cucu cucu, dong dong dong.

Un tiovivo da vueltas y vueltas.

Don Reloj aparece subido en la barquilla de las agujas pintada con números.

Clepsidra, por su parte, se zambulle en un baño acuoso sin fin, burbujeante, lleno de gotas que se reflejan en sus ojos.

Y los niños juegan al corro, tomados de sus manecillas, unidos a Aurora, Esperanza e Ilusión.

Ah, ¿Que cómo me llamo yo? Mi nombre es Imaginación, ¿lo habían adivinado?

Oh, ¿qué sucede? ¡Todo Está quieto! ¿Qué hacen?

Yo también me uno a su contemplación. Una pareja está abrazada, tan unida como si sólo fueran uno. Y tan apretados están que parecen no querer respirar, como si no les importara.

Pero sí, un soplo, una brizna de viento se interpone entre ellos y todo comienza de nuevo: música, giros, zambullidos, tiempo, tiempo, tiempo. La familia toma, de nuevo, las riendas de ese universo.

¿Y yo? Yo me he colado entre ese abrazo y les he soplado a sus orejas, fino fino: “seguid queriéndoos. Ellos nunca podrán con vuestro amor.”

¿Veis? Ya se van. Dejadles que sigan atropellados, mareantes. Vuestro abrazo es más fuerte. Es eterno.

¿Queréis que me quede con vosotros? Ay, ojalá pudiera. Adiós adiós adiós. Se me llevan, me arrastran, me absorven.

-Querida, ¿escuchaste?

-Sí, cari. Comprendí. Démosnos las manos. Hagámosle caso, venzamos al tiempo.

-Hagámoslo como dices, como ella dijo. ¿Qué importancia tiene un instante o un siglo si estamos unidos?

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domingo, 1 de abril de 2012

El monstruo


Buenas noches, días seguramente cuando leáis mi cuento semanal.

Que estéis bien y con buenas perspectivas de Semana santa.

A cuenta de la noticia de los incendios que últimamente se están produciendo, acostumbrados como estábamos a que esas tragedias se oyesen en verano, me surge la historieta de hoy.

Que os guste y que ojalá no tuvieran lugar nunca o que hubiese una pareja que las evitase, como sucede en ella.

El monstruo sabía que, irremisiblemente, el plazo estaba cumplido otra vez, que debería actuar de nuevo, devorarlo todo, engullir cuanto se le pusiera por delante. Sus fauces se tornarían colmillos ardientes y sus plumas se teñirían con el rojizo amarillento de siempre que ejercía como germen virulento de pesadillas, que la música que entonaría se compondría de tonadas a base de estrepitoso fragor.

Era su destino ser verdugo mas no era él el culpable si no quienes lo empujaban a la devastación insaciable y ésos, ésos tenían nombre de persona.

Él no quería hacerlo. Le dolía quemar. Sentía, tenía alma, aunque nadie lo creyera. Con lo feliz que era cuando sabía que ayudaba dando calor en las noches invernales, siendo transmisor de magia y misterio o cocinando ricos manjares.

Lo haría, claro que sí. Otro bosque mudaría sus árboles frondosos en espesas cenizas. El cobijo que aquéllos ofrecían se vería derribado para no volver a ser levantado en años y éstas serían manto frío de muerte y ruina.

Y mientras él se desperezaba y ponía en marcha, dos extraños personajes se reunieron. Extraños no porque lo fueran realmente, si no porque se salían del patrón de moda imperante en aquel país. Seres habitualmente distantes uno del otro: una ciega y un pintor. ¿Cómo se iban a entender? ¿Cómo iba a ser así? ¿Una ciega que contemplase las pinturas del pintor? ¿Un pintor cuyo mundo estuviera constituido por la negra oscuridad?

Y, no obstante hasta allí habían acudido. Se habían dado cita, sin ellos pretenderlo, en la alta planicie desde la que habitualmente se contemplaba lo mejor del horizonte, un mirador al que gustaban de subir paseantes, parejas de enamorados y curiosos observadores.

Ella, Victoria, escuchó pasos de alguien; supo que no estaba sola. Él, Triunfo, se fijó en la hermosura de la aparecida; ¿la tomaría como modelo para su próxima obra maestra? Sí, sí; quién mejor que ella.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

-Mi nombre es Triunfo. He venido hasta aquí porque unas sospechas alertaron mi habitual rutina. ¿Y tú?

-Yo soy Victoria. También a mí me guían las sospechas. ¿Serán las mismas que las tuyas? ¿Serán hermanas las unas de las otras?

-He visto en mi mente a Fuego en pleno cénit de su poder.

-He visto en mi mente a Fuego en el cénit de su poderío.

Los dos han pronunciado al unísono su visión, su certeza, su motivo de arribada.

-¿Qué haremos? –inquiere Triunfo?

-¿Qué si no? Dirigirnos a su guarida, conquistarle, vencerle.

-¿Vencerle? ¿Conquistarle? ¿Cómo habremos de hacer eso un humilde pintor y…

-Sí, ya sé; dilo: una inútil ciega.

-Bueno…

-Anda, deja que tome tu brazo y condúceme a donde yo te diga. Por cierto, ¿portas tu corona de laurel? ¿O la has dejado olvidada en tu morada? Si así fuera, deberíamos ir por ella. Yo, a mi vez, recogeré antes la antorcha que alguien dejó en un rincón ignoto.

Qué pareja: en medio del ocaso, una hermosa joven ciega que porta una antorcha y un fibroso entrado en años coronado avanzan firmes en dirección a la linde del gran pinar, orgullo de lugareños y estudiosos de la flora mundial.

Sí, allí está. Medio escondido alguien prepara una fogata. Se nota que su intención no es noble, sus gestos son furtivos.

El ambiente es silencioso, espectante. Sólo crujido de hojas pisadas y ritmos de augurios nefastos se perciben.

Ya fuego se ha despertado, avanza, corre, galopa, brinca, vuela.

Victoria empuja a Triunfo. Le exhorta a que no tenga miedo. ¿Su intención? Abrazar a Fuego en su seno, hacerlo suyo a través de unos ojos deslumbrados, hacer que su antorcha rebose de él, una antorcha que es luz y sabiduría, icono de Atenea.

Triunfo, mientras tanto, deshoja su corona. Cada pétalo de ella es boca que sella gemidos de Fuego con pasión de enamorado.

Ha anochecido. Estrellas y luna se asoman felices a aquel paraje singular porque esa vez el monstruo Fuego ha sido aplacado, seducido, conquistado, vencido.

¿Y a la mañana siguiente? Una sinfonía de colores y trinos despiertan a los habitantes que, ignorantes de la hazaña épica acaecida tan cerca de sus hogares, se disponen a iniciar sus cotidianas rutinas. Aunque sí, hay alguien que no comprende nada de ese despliegue de arco iris.

Y otro tanto sucede a otras dos personas que permanecen aún abrazadas, plenas de ilusión, sin que nunca hubieran podido creer que aquello les llegaría a pasar. Son dos seres que se han transformado, que piensan ya en un nuevo futuro, un futuro de claras visiones y Arte.

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